Identificar las emociones está bien, pero repartir negatividad como si fueran caramelos puede volverse en tu contra
A menudo se cree que suprimir las emociones, especialmente las negativas, es dañino, mientras que «desahogarse» y expresarlas es terapéutico. Sin embargo, estudios recientes refutan esta idea, ya que el impacto de suprimir o expresar emociones varía según si son positivas o negativas.
Mientras que compartir alegría y gratitud fortalece nuestras relaciones y bienestar, volcar constantemente la negatividad en otras personas puede ser contraproducente, tanto para quien la expresa como para quien la recibe.
Imagínate que conoces al padre de tu pareja y resulta ser una persona alegre, amable y generosa, con una energía contagiosa. Esa misma noche, comentas con tu pareja lo bien que te han caído y cómo te alegras de haberlos conocido.
Ahora imagina que ese mismo encuentro hubiera sido diferente. Supón que el padre de tu pareja hubiera reprimido su entusiasmo y no hubiera expresado su gratitud. Aun siendo amable, su actitud habría resultado más fría y reservada. No habría nada “malo” en su comportamiento, pero probablemente la interacción habría sido simplemente funcional, sin un recuerdo cálido y memorable.
Si, en lugar de eso, hubiera comenzado a quejarse del tiempo, la política o de todos los errores de su vida, la experiencia habría sido incómoda y poco grata. Es muy posible que hubieras querido huir de la conversación cuanto antes.
¿Expresar o reprimir? Depende de la emoción
Durante años se nos ha dicho que reprimir emociones es una mala estrategia. La cultura popular nos ha enseñado que “guardarse” lo que uno siente provoca que las emociones se acumulen y acaben estallando. Por eso mucha gente recurre al desahogo: contar sus frustraciones a amigos, familiares o incluso a desconocidos en redes sociales.
Pero curiosamente, esto no siempre produce alivio. De hecho, a veces nos hace sentir peor. Y también hace sentir peor a los demás. Porque las emociones, tanto positivas como negativas, se contagian.
La mayoría de investigaciones anteriores sobre regulación emocional no distinguían entre los tipos de emoción suprimida. Se analizaban los efectos de “reprimir” o “expresar” sin importar si se trataba de rabia, tristeza o felicidad. Pero nuevos estudios están refinando esta distinción. Parece ser que reprimir emociones positivas, como alegría, gratitud o entusiasmo, sí disminuye nuestro bienestar. En cambio, reprimir las negativas no tiene necesariamente un efecto negativo. Incluso puede ser beneficioso en ciertos contextos sociales.
La lógica es sencilla: si estamos tristes, molestos o frustrados, necesitamos apoyo, pero eso no implica lanzar toda esa energía hacia cualquiera que esté cerca. Lo ideal es buscar ayuda profesional o compartir en espacios seguros con personas de confianza. Por otro lado, si nos sentimos bien, compartir esa positividad mejora nuestras conexiones humanas. La alegría nos hace más abiertos, conectados y receptivos. Cuando los demás ven nuestra energía positiva, tienden a acercarse.
La ciencia de reprimir las emociones negativas
Un estudio reciente encontró que las personas se sentían menos satisfechas con un evento emocional si reprimían emociones positivas, mientras que reprimir emociones negativas no alteraba esa satisfacción. Otro trabajo publicado en Clinical Psychology Review mostró que suprimir emociones positivas disminuye la “afectividad positiva” (es decir, nuestro nivel general de bienestar), mientras que suprimir las negativas puede aumentarla.
En un estudio reciente con más de 1.300 participantes, los investigadores evaluaron cómo afectaba al bienestar reprimir emociones según su tipo. La conclusión fue clara: reprimir emociones positivas está relacionado con un menor bienestar. En cambio, suprimir las negativas no mostraba una relación negativa, e incluso podría ser útil para mantener relaciones sanas.
¿Qué hacer entonces con lo que sentimos?
Lo primero es reconocer que todas las emociones, positivas o negativas, tienen un propósito. Las negativas nos advierten de problemas, injusticias o pérdidas, y pueden servirnos para aprender y crecer. Pero no siempre necesitan ser “descargadas” hacia fuera sin filtro. Desahogarse puede ser útil, pero mejor hacerlo de forma dirigida: con una persona de confianza o un terapeuta, no con cualquiera. Y siempre con cierta contención.
En cambio, las emociones positivas son un recurso social valioso. Si sientes aprecio, entusiasmo o gratitud, exprésalo. Díselo a tu pareja, tu amigo o tu compañero de trabajo. No solo te sentirás mejor tú, también ayudarás a fortalecer el vínculo con esa persona. Como dice el dicho: “la alegría compartida, se multiplica”.
La próxima vez que te entren ganas de soltarle a tu pareja todo lo que llevas acumulado, tal vez lo mejor sea respirar hondo, pensar en el momento y elegir bien las palabras. No se trata de reprimir hasta explotar, sino de regular con inteligencia. Así conservarás relaciones sanas… y tu propio equilibrio emocional.