Las células sanguíneas y las neuronas de los cerebros de jóvenes con depresión producen más energía de lo normal en reposo, pero son incapaces de aumentar su producción cuando la demanda sube
La depresión mayor se ha explicado durante décadas principalmente como un desequilibrio en los neurotransmisores: poca serotonina, poco dopamina, circuitos de recompensa que no responden. Ese modelo ha dado forma a la mayoría de los fármacos antidepresivos disponibles y, sin embargo, más de un tercio de los pacientes no responde de forma suficiente a esos tratamientos. Un estudio publicado en marzo de 2026 en Translational Psychiatry aporta evidencia de que hay otra capa de la biología de la depresión que ese modelo no captura: un problema de energía celular que precede o acompaña al trastorno y que se manifiesta de forma simultánea en el cerebro y en la sangre.
La medición: espectroscopía de fósforo a 7 Tesla y células sanguíneas estresadas
El equipo liderado por la psiquiatra Kathryn Cullen (Universidad de Minnesota) junto con Susannah Tye (Queensland Brain Institute) reclutó a 18 adultos jóvenes de entre 18 y 25 años diagnosticados con trastorno depresivo mayor (TDM) y los comparó con controles sanos emparejados. La ventana de edad fue deliberada: se quería estudiar la enfermedad en sus etapas más tempranas, antes de que los efectos acumulativos de la cronicidad o el tratamiento prolongado oscurecieran la señal biológica.
Para medir la producción de ATP en el cerebro, el equipo utilizó espectroscopía de resonancia magnética de fósforo-31 con transferencia de magnetización (31P MRSI-MT) a 7 Tesla, una técnica desarrollada específicamente para este contexto por los profesores Xiao-Hong Zhu y Wei Chen. Permite cuantificar tanto la concentración de ATP como la velocidad a la que las células cerebrales lo producen en tiempo real, algo que no era posible con tecnología convencional. En el mismo día, se extrajeron muestras de sangre para aislar células inmunitarias del torrente sanguíneo y someterlas a una prueba de estrés metabólico en laboratorio: una forma de «test de esfuerzo» celular que mide cuánto ATP pueden generar las mitocondrias cuando se les fuerza a trabajar al máximo.
El hallazgo paradójico: más energía en reposo, menos capacidad bajo demanda
Lo que el equipo esperaba encontrar era células con menor producción de ATP en los participantes con depresión. Lo que encontraron fue lo contrario en la corteza visual: los jóvenes con depresión producían ATP en esa región a una tasa más alta que los controles sanos en condiciones de reposo. En las células sanguíneas, el patrón se repitió: niveles basales de ATP más elevados de lo normal.
La explicación que los investigadores proponen es la del motor sobreexigido. Las mitocondrias de los participantes con depresión funcionan a un ritmo elevado incluso cuando el cerebro está en reposo, como si intentaran compensar de forma crónica un déficit funcional. Pero esa sobreexigencia tiene un coste: cuando la demanda energética aumenta (ante un esfuerzo cognitivo, una situación de estrés o cualquier actividad que requiera más recursos), esas mismas mitocondrias no pueden aumentar su producción. Ya están operando cerca de su límite. El resultado es un sistema que trabaja mucho pero que no tiene reserva, y que se colapsa precisamente cuando más se le necesita.
«Sugiere que en las etapas tempranas de la depresión, las mitocondrias del cerebro y el cuerpo tienen una capacidad reducida para afrontar una mayor demanda energética, lo que puede contribuir al estado de ánimo bajo, la reducción de la motivación y la función cognitiva más lenta», explicó la profesora Tye.
Por qué aparece en la sangre: la puerta a un diagnóstico más accesible
El hallazgo más estratégicamente relevante del estudio es que el mismo patrón de disfunción energética mitocondrial apareció tanto en el cerebro como en las células sanguíneas. Esa correspondencia no era obvia: las neuronas y las células inmunitarias son tipos celulares muy distintos con funciones completamente diferentes. Que ambas muestren el mismo patrón de sobreexigencia basal e incapacidad de respuesta bajo demanda apunta a que el problema es sistémico, no confinado al tejido neuronal.
La implicación práctica es importante. Acceder a tejido cerebral para medir ATP en vivo requiere un escáner de resonancia magnética de 7 Tesla y una técnica especializada que no está disponible en la práctica clínica ordinaria. Acceder a células sanguíneas requiere una extracción de sangre rutinaria. Si la disfunción mitocondrial medible en células sanguíneas refleja de forma fiable lo que ocurre en el cerebro, podría ser la base de un biomarcador sanguíneo que permitiera detectar la depresión de forma más temprana, objetiva y accesible. «Es la primera vez que se detectan estos patrones de moléculas relacionadas con la fatiga tanto en el cerebro como en el torrente sanguíneo de jóvenes con trastorno depresivo mayor», señaló Tye.
Una advertencia necesaria sobre el tamaño de la muestra
El propio diseño del estudio requiere que sus resultados se interpreten con la cautela correspondiente a un estudio piloto. Con 18 participantes con depresión, la muestra es pequeña y los hallazgos, aunque estadísticamente significativos en el contexto del estudio, necesitan replicación en cohortes más amplias y diversas antes de que puedan considerarse establecidos. El estudio tampoco permite afirmar que la disfunción mitocondrial cause la depresión: podría ser una consecuencia de la enfermedad, un marcador concurrente o parte de un proceso causal más complejo que incluya otros factores.
Lo que sí establece con solidez es una prueba de concepto doble. Primero, que la bioenergética mitocondrial es medible de forma simultánea en cerebro y sangre con las técnicas disponibles. Segundo, que los jóvenes con depresión mayor muestran un patrón energético celular distinto del de los controles sanos, un patrón que tiene una lógica funcional directa con los síntomas más resistentes al tratamiento: la fatiga, la lentitud de pensamiento y la pérdida de motivación. «No toda la depresión es igual», resumió el doctor Varela. «Cada paciente tiene una biología diferente.» El objetivo no formulado de esa frase es claro: encontrar biomarcadores que permitan, algún día, tratar a cada paciente según lo que su biología muestra, no según el diagnóstico categórico que recibió.