Ser padre te reduce el tamaño del cerebro, luego lo cambia

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Un análisis con resonancia magnética a padres primerizos muestra que su materia gris se reduce nada más nacer el bebé y empieza a reconstruirse hacia la semana 12

Durante años, la ciencia ha contado con detalle cómo transforma el embarazo el cerebro de la madre y ha dejado casi en blanco lo que le ocurre al padre. Un equipo de investigadores alemanes ha empezado a rellenar ese hueco con resonancias magnéticas repetidas a 25 padres primerizos durante las 24 semanas siguientes al parto, y lo que han visto es que el cerebro paterno también cambia, de una forma medible y con un calendario bastante predecible.

Índice
  1. El cerebro del padre encoge nada más nacer el bebé
  2. Las redes que cambian de trabajo con la paternidad
  3. El permiso de paternidad español ya cubre esa ventana
  4. REFERENCIAS

El cerebro del padre encoge nada más nacer el bebé

Los investigadores, del instituto JARA de Jülich y la universidad RWTH de Aquisgrán, escanearon a los padres en seis momentos distintos: al nacer el bebé y a las 3, 6, 9, 12 y 24 semanas. En las primeras seis semanas detectaron reducciones de materia gris en varias regiones (corteza occipital, frontal, temporal y parietal de ambos hemisferios, la unión temporoparietal, la ínsula y el hipocampo), el cambio más intenso de todo el seguimiento. A partir de la semana 12, el patrón se invierte: aparecen aumentos locales de materia gris en zonas frontales y en el cerebelo, como si el cerebro reorganizara el espacio que había liberado antes.

Las redes que cambian de trabajo con la paternidad

El estudio no se queda en el volumen. Con resonancia funcional en reposo, el equipo observó una reorganización significativa de tres grandes redes cerebrales, con el pico de cambios concentrado en las primeras nueve semanas. La red de relevancia (la que decide qué estímulos merecen atención inmediata), la red neuronal por defecto (activa cuando la mente divaga o piensa en otras personas) y la red frontoparietal (implicada en la planificación y el control de impulsos) cambian su patrón de actividad conjunta.

Los propios autores lo describen como un giro desde el procesamiento sensorial hacia un procesamiento más cognitivo y afectivo, como si el cerebro dejara de estar tan pendiente de estímulos externos genéricos para volcarse en interpretar señales sociales y emocionales concretas.

En paralelo, aumenta la conectividad entre la amígdala y el cíngulo, y entre la amígdala y el hipocampo, durante las primeras 12 semanas, un patrón que los investigadores asocian al desarrollo del apego paterno: la amígdala procesa la relevancia emocional de un estímulo (el llanto de un bebé, por ejemplo), y esa mayor conexión con regiones de memoria y regulación podría explicar por qué esa señal concreta empieza a captar la atención de un padre primerizo de una forma distinta a como lo hacía antes.

La muestra es pequeña (25 hombres, todos alemanes) y no incluye un grupo de control de hombres sin hijos seguidos con el mismo diseño, así que conviene tomar estos resultados como una primera fotografía del fenómeno, no como la última palabra.

El permiso de paternidad español ya cubre esa ventana

En España, la prestación por nacimiento y cuidado de menor beneficiaba en el primer trimestre de 2026 a 61.120 padres y 53.987 madres, según los datos del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, con un permiso de 17 semanas durante el primer año (2 semanas adicionales hasta que el menor cumple 8 años, o 32 semanas en familias monoparentales).

Esas 17 semanas encajan casi con exactitud con la ventana de mayor cambio cerebral que describe el estudio alemán, las primeras 12 semanas tras el parto, y en España ya hay más padres que madres acogiéndose a esa prestación, justo cuando un año antes, en el primer trimestre de 2025, la diferencia era menor (59.906 padres frente a 53.685 madres, con un permiso entonces de 16 semanas). El propio crecimiento de esas cifras, semana tras semana, coincide con la ampliación progresiva del permiso en España en los últimos años.

Quizá el argumento más sólido para no acortar nunca ese permiso no sea solo laboral ni afectivo. Es que coincide, semana arriba, semana abajo, con el tiempo que tarda el cerebro de un padre en reorganizarse para la tarea que tiene por delante.

REFERENCIAS

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