El premio Nobel de química, la homoquiralidad y el desastre de la talidomida
Henri Kagan y Kenso Soai ganan el Nobel de Química 2026 por aprender a fabricar solo la forma útil de las moléculas y explicar cómo la vida eligió su propia simetría.
En la década de 1950, los médicos recetaron talidomida a miles de mujeres embarazadas para combatir las náuseas del embarazo. La molécula funcionaba como sedante, pero tenía una hermana gemela idéntica en composición y pero sus átomos en el espacio se ordenaban como reflejados en un espejo, o como una mano derecha y una izquierda. Esa variante causaba malformaciones graves en los fetos. El desastre de la talidomida marcó un antes y un después en la farmacología y dejó sin respuesta una pregunta urgente: ¿es posible fabricar solo la versión útil de una molécula? El 8 de octubre de 2026, la Real Academia de Ciencias de Suecia reconoció a quienes mejor respondieron a esa pregunta.
Dos moléculas iguales, efectos opuestos
La quiralidad es la propiedad de los objetos que no son superponibles sobre su imagen especular. Las manos humanas son el ejemplo más intuitivo: tienen los mismos dedos, la misma estructura, pero la mano derecha no puede ocupar el lugar de la izquierda. Muchas moléculas orgánicas poseen esa misma asimetría y, cuando interactúan con los receptores del cuerpo humano (que también son quirales), una versión puede encajar perfectamente mientras la otra no encaja en absoluto o provoca efectos indeseados.
Henri Kagan, químico francés que desarrolló su carrera en la Universidad de París-Sur, y Kenso Soai, de la Universidad Tecnológica de Tokio, comparten el Premio Nobel de Química 2026 por dominar ese fenómeno. El presidente del comité Nobel describió su contribución como la resolución de «un misterio químico con más de un siglo de antigüedad»: cómo puede emerger la homoquiralidad, es decir, la predominancia de una sola forma molecular, de manera espontánea. El premio lleva aparejados doce millones de coronas suecas (alrededor de 904.000 libras esterlinas).
Cómo Kagan aprendió a elegir un lado
Henri Kagan descubrió en los años ochenta algo que contrariaba la intuición de los químicos de la época. Hasta entonces se asumía que si un catalizador tenía, por ejemplo, un 50% de exceso enantiomérico (es decir, un 50% más de una variante que de la otra), el producto tendría también un 50%. Kagan demostró que la relación podía ser no proporcional: catalizadores con exceso enantiomérico modesto producían productos con pureza muy superior. Esos efectos no lineales en la síntesis asimétrica abrieron la puerta a fabricar moléculas quirales con mayor eficiencia de lo que parecía posible.
La aplicación práctica fue inmediata. Controlar qué enantiómero se produce no es solo una cuestión de eficacia terapéutica. Robert Mokaya, presidente de la Royal Society of Chemistry, lo expresó sin ambages: «Diferentes isómeros pueden tener efectos biológicos y físicos completamente distintos, por lo que son cruciales para encontrar medicamentos eficaces», afirmó. La legislación exige hoy en la mayoría de los países que los fármacos quirales se comercialicen en forma enantiopura. Sin los avances de Kagan, cumplir esa exigencia a escala industrial habría sido mucho más difícil.
La reacción que se copió a sí misma
Kenso Soai fue más lejos. En 1995 publicó en la revista Nature algo que los químicos tardaron tiempo en creer: una reacción en la que el producto quiral catalizaba su propia formación, amplificando cualquier desequilibrio inicial hasta alcanzar una pureza enantiomérica superior al 99,5%. El mecanismo implicaba la adición de diisopropilzinc a un aldehído de pirimidina. El producto resultante actuaba como catalizador de la siguiente ronda de la misma reacción y así sucesivamente, en un proceso autocatalítico que crecía exponencialmente a favor de una sola variante.
Los datos que el equipo de Soai presentó en trabajos posteriores son difíciles de creer a primera vista. Partiendo de un exceso enantiomérico inicial de apenas el 0,00005% (una diferencia de unos pocos millones de moléculas entre dos variantes entre miles de millones), tras tres ciclos de autocatálisis se obtenía un producto con más del 99,5% de pureza de una sola forma. El enantiómero mayoritario se multiplicaba unas 630.000 veces más que el minoritario. «La quiralidad es esencial, es un requisito previo para el origen de la vida», afirmó Soai al conocer el fallo de la Academia Sueca.
El enigma del origen de la vida
La reacción de Soai tiene una implicación que trasciende la química de laboratorio. Toda la bioquímica terrestre está construida sobre una elección arbitraria: los aminoácidos de las proteínas son todos de la variante L (levógira) y los azúcares del ADN son todos de la variante D (dextrógira). ¿Por qué? ¿Cómo pudo la vida elegir una sola mano entre dos posibilidades igualmente probables? La reacción de Soai ofrece una respuesta experimental: una pequeña asimetría inicial, por minúscula que sea, puede amplificarse de forma espontánea hasta producir homoquiralidad completa. Esa asimetría original pudo llegar de la luz polarizada circularmente emitida por estrellas de neutrones, de los cristales de cuarzo (que también son quirales) o de las moléculas orgánicas halladas en meteoritos, que en algunos casos presentan un ligero exceso de aminoácidos en la variante L.
El Nobel de Kagan y Soai cierra así un ciclo que arranca en la farmacia y llega hasta el origen mismo de la vida. El comité Nobel tardó décadas en reconocerlo. La química de la simetría y la asimetría, sin embargo, lleva escribiendo las instrucciones de todo lo vivo desde mucho antes de que existiera alguien para leerlas.
REFERENCIA
- Asymmetric autocatalysis and amplification of enantiomeric excess of a chiral molecule. Soai K, Shibata T, Morioka H, Choji K. Nature, 14 diciembre 1995.
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