Un fósil hallado en Montana guarda un detalle macabro: un diente de tiranosaurio incrustado, roto, en el cráneo de su presa, una escena quedó congelada hace 66 millones de años.

Los fósiles no solo enseñan esqueletos, a veces también conservan las conductas de los animales que dejaron esas huellas. En paleontología, las marcas de mordisco en huesos aparecen con relativa frecuencia y ayudan a reconstruir quién comía a quién, pero casi siempre falta la pieza clave: el “arma” se fue con el depredador. Por eso los dientes incrustados resultan tan valiosos, porque actúan como una firma. En yacimientos como la formación Hell Creek, en el este de Montana, los investigadores llevan décadas discutiendo cómo cazaban y cómo se alimentaban los grandes carnívoros del Cretácico tardío, en especial Tyrannosaurus Rex, el depredador estrella de ese ecosistema.

La historia empieza en 2005, cuando un equipo de paleontólogos encontró un cráneo casi completo de Edmontosaurus, un gran herbívoro de “pico de pato”, en la formación Hell Creek. Años después, ya con el fósil expuesto en el Museum of the Rockies, en Bozeman (Montana, EE.UU.), una nueva revisión del cráneo detectó un detalle que no encajaba con un simple desgaste del tiempo: un diente de tiranosaurio seguía clavado en la cabeza del animal. Los autores describen el hallazgo en un estudio publicado en la revista PeerJ.

El diente de tiranosaurio y la historia de un mordisco

“Aunque las marcas de mordisco en huesos son relativamente comunes, encontrar un diente incrustado es extremadamente raro”, explicó en un comunicado Taia Wyenberg-Henzler, coautora del estudio y doctoranda en la Universidad de Alberta. “Lo bueno de un diente incrustado, sobre todo en un cráneo, es que te da la identidad no solo de quién recibió el mordisco, sino también de quién lo dio. Esto nos permitió dibujar una imagen de lo que le pasó a este Edmontosaurus, un poco como investigadores de una escena del crimen del Cretácico”.

El equipo comparó el diente atrapado con los de los animales conocidos de Hell Creek y concluyó que encajaba con los de Tyrannosaurus. Después, usaron escáneres de tomografía computarizada, la famosa CT, para mirar el interior del hueso sin dañarlo y entender mejor la herida. Esa mirada por dentro importa, porque el hueso puede delatar si el animal sobrevivió un tiempo tras el ataque.

“Aunque este fósil ya es emocionante, lo es aún más porque captura un comportamiento: un tiranosaurio mordiendo la cabeza de este ‘cara de pato’”, añadió John Scannella, coautor y conservador de paleontología del museo. “El cráneo no muestra señales de cicatrización alrededor del diente del tiranosaurio, así que puede que ya estuviera muerto cuando lo mordió, o puede que esté muerto porque lo mordió”. La ausencia de curación deja abiertas dos posibilidades incómodas: un ataque letal o un mordisco de carroñeo justo al final.

Aun así, el lugar exacto del diente y cómo quedó encajado inclinan el relato hacia un encuentro frontal. Según los autores, la forma en que el diente se incrustó en la zona nasal sugiere que el tiranosaurio se colocó cara a cara con el Edmontosaurus, algo típico cuando un depredador intenta controlar y derribar a su presa. Y hay un detalle más, nada tranquilizador: partir un diente y dejarlo enterrado en hueso exige una fuerza enorme. “La cantidad de fuerza necesaria para que un diente se rompiera dentro del hueso también apunta al uso de fuerza letal”, dijo Wyenberg-Henzler. “Para mí, esto dibuja una imagen aterradora de los últimos momentos de este Edmontosaurus”.

REFERENCIA

Behavioral implications of an embedded tyrannosaurid tooth and associated tooth marks on an articulated skull of Edmontosaurus from the Hell Creek Formation, Montana

Imagen: «The Bite» (La mordedura), de la paleoartista Jenn Hall. Jenn Hall/ Universidad Estatal de Montana/ Museo de las Rocosas.