Hace 25 años, los científicos predijeron el futuro de las costas rocosas. Hoy confirman algunos aciertos, reconocen errores… y descubren nuevas amenazas emergentes.

Las costas, especialmente las formadas por rocas, son entornos clave para estudiar los cambios en los océanos debido a su sensibilidad a la contaminación, el cambio climático y las actividades humanas. A principios del año 2000, un equipo de destacados científicos se propuso anticipar las amenazas más relevantes que enfrentarían las costas rocosas del mundo en los siguientes 25 años. En 2002, publicaron un conjunto de predicciones en las que se incluía la esperanza de una reducción en los derrames de petróleo, el aumento de especies invasoras, posibles efectos negativos de organismos genéticamente modificados sobre los ecosistemas marinos y el impacto creciente del cambio climático global.

Hoy, en 2025, esos mismos expertos (acompañados ahora por una red internacional aún más amplia de especialistas en disciplinas como cambio climático, biología marina, contaminación plástica, y contaminación lumínica y acústica) han vuelto a analizar aquellas previsiones. Los resultados, publicados en la revista Marine Pollution Bulletin, revelan una mezcla de aciertos, errores y sorpresas imprevistas.

El trabajo fue liderado por el profesor Stephen Hawkins, investigador en la Marine Biological Association y profesor emérito de la Universidad de Southampton, junto con el profesor Richard Thompson, experto en biología marina en la Universidad de Plymouth y recientemente nombrado por la revista TIME como una de las 100 personas más influyentes del mundo.

Según Hawkins: “Nuestras costas son centinelas del océano global y, para muchas personas, su ventana hacia lo que ocurre en los mares. Proteger su salud es fundamental, pero enfrentan amenazas constantes desde la tierra, el mar y los cambios ambientales. Lo que hemos aprendido en estos 25 años es que sí se pueden prever ciertos desafíos futuros, aunque siempre existirán sorpresas. El equilibrio será siempre clave para reducir nuestro impacto sobre el planeta”.

Thompson añade: “El mundo es ahora más consciente de las amenazas ambientales. La cuestión clave ha sido cómo enfrentarlas. La ciencia marina ha demostrado que la combinación de acciones locales y globales puede producir resultados positivos. Un ejemplo es la prohibición exitosa del tributilestaño (TBT) por parte de la Organización Marítima Internacional en 2003”.

En su análisis, los científicos clasifican sus predicciones de 2002 en cuatro grupos: lo que acertaron, lo que acertaron parcialmente, lo que se equivocaron y lo que simplemente no vieron venir.

Entre los aciertos destaca la reducción en los derrames de petróleo, el aumento en la recolección de alimentos en las costas, tanto de manera recreativa como comercial, la redistribución global de especies no autóctonas por el cambio climático, y el aumento de sedimentos costeros debido a la intensificación agrícola y la urbanización.

También hubo medias verdades. Subestimaron, por ejemplo, el impacto positivo de la regulación sobre compuestos químicos como el TBT. Reconocieron la influencia de las fluctuaciones climáticas, pero no anticiparon la variedad de efectos sobre especies y ecosistemas. Asimismo, no supieron prever adecuadamente la importancia de los eventos meteorológicos extremos. Predijeron correctamente el aumento de infraestructuras de defensa costera, pero no imaginaron su impacto ecológico más amplio. Curiosamente, aunque pensaban que el uso recreativo de las costas sería negativo, descubrieron que ha servido para que la gente valore más estos entornos.

En cuanto a los errores, preveían una mayor amenaza por acuicultura intensiva y organismos modificados genéticamente, algo que no ha sucedido. También fallaron al pensar que las instalaciones de energías renovables offshore dañarían hábitats costeros, algo que no se ha materializado. Y subestimaron el efecto de la radiación ultravioleta sobre las especies costeras.

Pero lo más revelador del estudio es lo que simplemente no previeron. En 2002, no anticiparon el auge de la minería costera, la acidificación del océano, la contaminación lumínica o sonora, ni la magnitud de las inundaciones y sequías extremas. Tampoco imaginaron el alcance del problema de los plásticos, la contaminación farmacéutica, ni cómo se combinan varias amenazas y compuestos para generar impactos complejos sobre el medio marino.

El estudio sirve como recordatorio de que, aunque la ciencia puede prever muchos aspectos del cambio ambiental, siempre existirán sorpresas. En palabras de Hawkins: “Habrá cosas que nunca podremos prever, y cosas que no suceden como esperábamos. La clave estará siempre en encontrar un equilibrio que minimice nuestro impacto en el planeta”.

Los investigadores enfatizan que el futuro de las costas dependerá de acciones coordinadas a nivel local y global, y de la capacidad para adaptarse ante nuevas amenazas emergentes. A medida que se discuten acuerdos como un Tratado Global sobre Plásticos o nuevas formas de frenar el calentamiento global, reconocer los logros del pasado (y aprender de los errores) será fundamental para proteger nuestros océanos en las próximas décadas.

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