Las setas másgicas o psicodélicas contienen psilocibina, un compuesto psicotrópico, que hasta ahora se pensaba que era una defensa contra los insectos, pero resulta que no
La psilocibina, el famoso compuesto psicodélico presente en algunas setas, saltó del bosque (y la fiesta) a la clínica por su potencial terapéutico para el tratamiento de la depresión y ansiedad. Pero, ¿para qué le sirve a los hongos tener psilocibina? La explicación clásica era que se trata de un compuesto desagradable para quien se las come. Como otras plantas y hongos, habría evolucionado para disuadir a insectos y mamíferos de morder los frutos del hongo.
Sin embargo, los trabajos de los últimos años no han podido demostrarlo. El gen que permite fabricar psilocibina aparece en linajes de hongos muy separados, lo cual sugiere presiones selectivas fuertes que hacen que los hongos «necesiten» fabricarlo. Pero, al mismo tiempo, se han observado larvas de mosca viviendo dentro de setas ricas en psilocibina, lo que indica que no es muy efectivo como insecticida. Esto plantea la cuestión de que quizá no entendíamos bien para qué sirve la psilocibina.
La psilocibina en las setas mágicas
La hipótesis del compuesto disuasorio parecía lógica. Si la psilocibina altera el sistema nervioso, también podría volver torpes o desorientados a los insectos que muerden las setas, y así el hongo ganaría tiempo para esparcir esporas. Pero los datos no cuadran del todo. En colecciones silvestres de hongos Psilocybe, los investigadores han detectado ADN y hasta expresión génica de dípteros, como ciertas moscas, y han criado adultos a partir de larvas encontradas en los propios cuerpos fructíferos del hongo. Esto quiere decir que algunas moscas comen, crecen y completan su ciclo dentro de setas “mágicas”. Si la psilocibina fuese una barrera infranqueable, eso no debería ocurrir.
Aquí entra en escena la evolución. Estudios genómicos han mostrado que la capacidad de fabricar psilocibina ha surgido más de una vez y que el conjunto de genes implicados incluso ha “saltado” entre hongos con estilos de vida parecidos. Cuando un rasgo aparece de forma independiente, solemos pensar que ofrece una ventaja clara. La pregunta es cuál. Si no espanta a todos los consumidores, quizá modula su comportamiento de otra manera o interactúa con su fisiología para beneficiar, al final, al hongo.
¿Un compuesto para manipular insectos?
Las alternativas empiezan a multiplicarse. Una posibilidad es que la psilocibina no bloquee por completo a los insectos, sino que cambie su actividad de forma que favorezca la dispersión de esporas. Los insectos podrían convertirse en transportistas involuntarios y, a pesar de la mordida, el balance final sería positivo para el hongo. Otra idea apunta a la microbiología. La psilocibina y su forma activa, la psilocina, participan en redes químicas donde actúan bacterias, otros hongos y el propio tejido de la seta. Esa química podría proteger frente a microbios oportunistas o modular el microambiente de la seta.
También han surgido pistas curiosas fuera del laboratorio. El característico color azulado que aparece al magullar estos hongos refleja reacciones de oxidación de compuestos relacionados con la psilocina. Algunos micólogos plantean que ese cambio rápido de color y textura forma parte de la defensa, un aviso visible o un sabor más amargo tras la lesión. De nuevo, nada de esto encaja con una receta única y universal para disuadir a todos los depredadores, y sí con otras estrategias que dependen del contexto ecológico.
Conviene recordar cómo actúa la molécula. La psilocibina es un profármaco, el organismo la transforma en psilocina, que se une a receptores de serotonina, una familia de proteínas presente en el sistema nervioso de los animales. Por eso no extraña que tenga efectos en insectos, aunque esos efectos podrían variar por especie, dosis y estadio vital. De hecho, que algunas larvas prosperen en setas psicoactivas no excluye que otras especies de insecto las eviten, ni que los mamíferos tengan una respuesta distinta. La naturaleza rara vez elige una sola solución.
La nueva propuesta no afirma que la psilocibina atraiga a los insectos, ni que siempre los manipule. En ciertos escenarios, podría coexistir con la masticación y, aun así, aumentar el éxito del hongo. En otros, podría frenar a un depredador concreto o limitar infecciones microbianas tras una herida. Esta visión encaja mejor con los datos de campo, las historias evolutivas paralelas y con el hecho de que los hongos “ajustan” su arsenal químico a nichos muy distintos.
Ahora es necesario comparar poblaciones de hongos con y sin producción de psilocibina en presencia de diferentes insectos y microbios, y medir algo tan básico como cuántas esporas llegan a colonizar nuevos sustratos. También necesitamos analizar comportamientos de insectos específicos con dosis realistas, no solo extractos concentrados. La historia de la psilocibina en la naturaleza probablemente no sea la de un simple escudo, sino la de un idioma químico entre las especies.
REFERENCIA
Wherefore the magic? The evolutionary role of psilocybin-producing fungi