¿Comes siempre las mismas verduras? Podrías estar poniendo en peligro el planeta
Un informe internacional en PNAS alerta de que la agricultura industrial ha reducido drásticamente la variedad de verduras que cultivamos y comemos, y de que una cuarta parte de los parientes silvestres de estas plantas está en riesgo de extinción. Recuperar esa diversidad mejoraría la salud y la resistencia de los cultivos al cambio climático.
El pasillo de verduras del supermercado parece un festín de abundancia, con sus pilas ordenadas de tomates, lechugas y cebollas. Detrás de esa estampa, sin embargo, se esconde un empobrecimiento silencioso: el menú vegetal del planeta se está reduciendo a un puñado de especies, mientras cientos de verduras nutritivas quedan arrinconadas o directamente desaparecen. Un amplio informe científico advierte de que esa pérdida de diversidad pasa factura tanto a nuestra salud como a la capacidad de la agricultura para afrontar el cambio climático.
Mucha verdura, pocas clases
El trabajo, publicado en la revista PNAS por un equipo internacional de expertos en nutrición, agricultura y botánica dirigido por Maarten van Zonneveld, del World Vegetable Center, parte de un doble problema. Por un lado, la mayoría de la población mundial consume alrededor de un 40% menos verduras de las recomendadas, y ese déficit figura entre los cinco principales factores de riesgo alimentarios de la salud global. Por otro, y esto es lo novedoso, cada vez cultivamos menos clases distintas de verdura. El propio van Zonneveld lo resume así: la meta es cultivar más variedades diferentes, además de más cantidad. Unas pocas especies, como la lechuga, la cebolla y el tomate, se han convertido en cultivos globales presentes en casi cualquier plato, mientras que cientos de verduras regionales, a menudo más ricas en micronutrientes, apenas aparecen en las políticas alimentarias a gran escala.
De 4.000 patatas a media docena
Para entender el alcance del empobrecimiento basta un ejemplo. Existen más de 4.000 variedades de patata, y sin embargo en Estados Unidos se usan de forma habitual solo entre cinco y ocho. Antes de que la agricultura se industrializara, se cultivaba una diversidad de plantas comestibles mucho mayor. La selección artificial, los monocultivos pensados para la producción masiva y unas cadenas de suministro globales han ido limando esa variedad hasta dejar en nuestras mesas un catálogo estrecho. A ello se suma que muchos agricultores ven las verduras como un cultivo económicamente más arriesgado que otros, por lo rápido que se estropean y su corta vida en el estante.
Perder variedades es perder nutrientes y resiliencia
El coste de esta homogeneización va más allá de la monotonía en el plato. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que el 24% de los parientes silvestres de las verduras evaluadas está en riesgo de extinción. Esos parientes silvestres y esas variedades tradicionales son un tesoro genético, porque al perderlos se esfuman también sus nutrientes y, sobre todo, la materia prima con la que mejorar los cultivos y adaptarlos a un clima cambiante. Los bancos de germoplasma, donde se conservan semillas para el futuro, presentan grandes lagunas en sus colecciones, lo que limita el desarrollo de variedades más resistentes y productivas.
Cuatro verduras olvidadas con futuro
Frente a ese panorama, el informe propone mirar hacia especies infravaloradas que podrían diversificar la dieta de cada región, y destaca cuatro como punto de partida. La primera es una hortaliza de hoja verde oscuro cultivada en África, resistente al cambio climático y muy nutritiva. La segunda, una col muy popular en el Pacífico con potencial para mejorar la alimentación de mujeres y niños. La tercera es el melón amargo, común en Asia y el Caribe, que cuenta con numerosos parientes silvestres útiles para mejorar los cultivos tropicales. La cuarta es la conocida calabaza, capaz de tolerar la sequía y el calor y rica en betacaroteno, cuyos recursos genéticos siguen estando, según los autores, mal conservados. Son solo cuatro ejemplos entre las más de 1.480 especies de verdura que existen, muchas de ellas en peligro justo cuando el sistema alimentario mundial más necesita diversificarse. La propuesta de fondo del equipo es coordinar una iniciativa global que conserve esa biodiversidad y la ponga a trabajar.
La buena noticia es que recuperar diversidad no es tarea exclusiva de los gobiernos, ya que cualquiera puede aportar su grano de arena. Quien tenga un huerto o unas macetas puede buscar variedades tradicionales y locales en lugar de las comerciales de siempre, y guardar las semillas de sus propias verduras para replantarlas al año siguiente, un gesto que mantiene viva esa herencia. Comprar en mercados de agricultores y en tiendas independientes también amplía el repertorio que llega a la cocina. Ensanchar de nuevo el menú vegetal, antes de que más variedades desaparezcan para siempre, es una de esas raras apuestas que benefician a la vez a la salud, al bolsillo del pequeño productor y al futuro del planeta.
REFERENCIA
Vegetable biodiversity for healthy diets and resilient food systems (van Zonneveld et al., Proceedings of the National Academy of Sciences, 2026. DOI: 10.1073/pnas.2532063123)
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