Tanto quienes quieren conservar el sistema como quienes sueñan con derribarlo comparten algo: ideas antidemocráticas, según un estudio

La democracia se sostiene en pilares como elecciones libres, libertad de expresión e igualdad política. Pero en el cerebro de las personas está el germen de una idea que va en contra: la dominancia social, la creencia de que algunos grupos deben mandar y otros obedecer.

Un nuevo estudio, publicado en Annals of the New York Academy of Sciences y realizado con 824 adultos del Reino Unido, examinó si diversos mundos ideológicos, tanto los que justifican el sistema democrático como los que lo desafían, se relacionan con actitudes antidemocráticas.

El equipo comparó explicaciones que antes iban por carriles separados y evaluó, además, estilos de pensamiento como el razonamiento en blanco y negro y las percepciones sobre los adversarios políticos. Su pregunta central fue directa, ¿qué rasgos y creencias predicen el apoyo a ideas que vulneran la democracia?

Los autores partieron de dos formas de medir esas actitudes. Una medía el apoyo general a principios democráticos como el sufragio universal y la libertad de expresión. La otra los dividía en áreas más específicas, apoyo a elecciones libres y limpias, respaldo a la censura, disposición a la violencia política y voluntad de negar derechos a ciertos grupos. Esta distinción permitió ver qué factores pesan más en cada tipo de rechazo a la democracia y no quedarse en una media que lo disimula todo.

Quienes mostraban menos disposición a considerar puntos de vista contrarios se mostraron más reacios a las elecciones libres.

El estudio agrupó los marcos ideológicos en tres familias. La primera, justificadora del sistema, incluía tendencias como el autoritarismo y la dominancia social, es decir, preferir el statu quo y las jerarquías.

La segunda, desafiadora del sistema, se caracterizaba por creer que el sistema es corrupto o ilegítimo y merece ser derribado, con ingredientes como la necesidad de crear caos y la hostilidad hacia los ricos y poderosos.

La tercera no iba de defender o atacar el sistema, sino de formas de pensar, por ejemplo el razonamiento simplista, el pensamiento conspirativo y las percepciones equivocadas del oponente político.

Mentes más simples, menos democracia

El patrón fue claro:

  • Las personas con visiones justificadoras o desafiantes del sistema tendieron a apoyar más ideas antidemocráticas.
  • Quienes mostraban inclinaciones autoritarias apoyaban más la censura.
  • Quienes expresaban deseo de caos estaban más dispuestos a avalar la violencia política.

Estas asociaciones se mantuvieron al controlar otros rasgos psicológicos y variables demográficas, lo que sugiere que no se trata de simples correlaciones espurias por edad, nivel educativo u orientación partidista.

Quienes mostraban menos disposición a considerar puntos de vista contrarios y a revisar sus creencias ante la evidencia se mostraron más reacios a principios democráticos básicos, en especial a las elecciones libres.

Esta disposición resultó uno de los predictores más consistentes de actitudes antidemocráticas. En palabras del autor principal, “Una preocupación por actualizar creencias de manera racional a la luz de nueva información, el llamado ‘pensamiento activamente abierto’, es conocido por proteger contra la desinformación. En nuestro estudio, también predijo con fuerza niveles más bajos de actitudes antidemocráticas, particularmente en lo relativo a elecciones libres”.

Las percepciones erróneas sobre el adversario político también importaron. Quienes creían, de forma incorrecta, que sus rivales apoyaban acciones antidemocráticas, eran a su vez más proclives a respaldarlas. Este efecto fue distinto de la mera animadversión hacia el exogrupo político y pareció influir sobre todo en la actitud hacia la violencia. Si uno imagina que el otro ya ha cruzado líneas rojas, se vuelve más fácil cruzarlas también.

Dominancia social, los nuestros deben mandar

El apoyo a la discriminación se relacionó sobre todo con la dominancia social. El apoyo a la violencia política se asoció más con el deseo de caos y la hostilidad hacia las élites. El respaldo a la censura se vinculó con el autoritarismo y con la sumisión a la autoridad. La oposición a las elecciones democráticas apareció más ligada al razonamiento simplista y a la falta de pensamiento activamente abierto.

Otra pieza clave fue la percepción de ilegitimidad del sistema democrático. Quienes veían la democracia como un teatro vacío o como un país controlado en secreto por élites se mostraron más predispuestos a justificar violencia, censura o el socavamiento de elecciones. Esta sensación de ilegitimidad ayudó a explicar por qué tanto quienes defienden jerarquías como quienes desean derribarlas convergen en actitudes antidemocráticas.

El estudio, con todo, es transversal. No puede afirmar que ciertos rasgos causen actitudes antidemocráticas ni descartar lo contrario, que esas actitudes moldeen con el tiempo el marco ideológico. Los autores lo señalan sin rodeos, “Es demasiado pronto para sacar conclusiones sobre el impacto causal de los marcos ideológicos en las actitudes antidemocráticas. Hace falta más investigación para entender cómo evolucionan en el tiempo”.

También hay límites de contexto. El estudio se realizó en un solo país. El Reino Unido ofrece un entorno valioso, pero los patrones podrían verse distintos en democracias menos consolidadas o en climas de conflicto más intenso.

El equipo planea seguir a participantes durante un año y medio. Explorarán cómo interactúan actitudes antidemocráticas, marcos ideológicos, susceptibilidad a la desinformación, rasgos de personalidad y disposiciones cognitivas, además de acontecimientos vitales. El objetivo es afinar la comprensión de por qué algunas personas se sienten atraídas por ideas que erosionan la democracia y cuándo sucede.

La conclusión práctica es incómoda y útil. No hay una sola ideología que explique el rechazo a la democracia. Hay combinaciones de motivaciones, percepciones y estilos de pensar que, por rutas distintas, llegan al mismo lugar. Fortalecer el pensamiento activamente abierto y reducir las percepciones erróneas sobre el adversario parecen dos caminos prometedores para apuntalar los cimientos de la democracia.

REFERENCIA

The Dark Side of Ideology: Ideological Worldviews and Antidemocratic Attitudes