Un nuevo estudio confirma que la pérdida del gran tiburón blanco en Sudáfrica, el mayor depredador marino, ha desencadenado un efecto dominó en la cadena alimentaria oceánica.
Los grandes tiburones blancos (Carcharodon carcharias), conocidos por su habilidad de saltar fuera del agua en busca de presas, son superdepredadores, es decir, se encuentran en la cima de la cadena alimentaria marina. Su función principal es mantener el equilibrio del ecosistema regulando las poblaciones de otras especies. La desaparición de estos depredadores puede causar un fenómeno conocido como cascada trófica, en el que se altera todo el sistema alimentario desde arriba hacia abajo. En este caso, su ausencia ha permitido que aumenten especies que antes eran reguladas por ellos, como los tiburones de siete branquias y los lobos marinos del Cabo, con impactos negativos sobre otras poblaciones marinas.
Durante más de dos décadas, un equipo de investigadores de la Escuela Rosenstiel de Ciencias Marinas, Atmosféricas y de la Tierra de la Universidad de Miami ha estudiado los efectos ecológicos de la desaparición del gran tiburón blanco en la bahía de False, en Sudáfrica. El resultado de su trabajo, publicado recientemente en la revista Frontiers in Marine Science, ofrece una prueba contundente de cómo la pérdida de un depredador tope puede provocar un desequilibrio profundo en todo un ecosistema marino.
Cuando los tiburones blancos se marchan
Tradicionalmente abundantes en esta bahía sudafricana, los grandes tiburones blancos han desaparecido de manera casi total. Entre las causas probables de esta desaparición se encuentran décadas de capturas insostenibles en redes colocadas para proteger a los bañistas y, más recientemente, ataques de orcas que depredan a estos tiburones.
Con los grandes blancos fuera del escenario, otras especies han ocupado su lugar. Se ha registrado un aumento considerable en las poblaciones de lobos marinos del Cabo (Arctocephalus pusillus) y de tiburones de siete branquias (Notorynchus cepedianus). Esto ha generado un efecto en cadena: los lobos marinos, sin la amenaza de los grandes tiburones, han incrementado su consumo de peces, provocando la disminución de estas especies. Por otro lado, los tiburones de siete branquias, que también han prosperado, están reduciendo las poblaciones de tiburones más pequeños, alterando aún más la red trófica.
“El aumento de lobos marinos del Cabo y tiburones de siete branquias coincide con una disminución de las especies que dependen de ellos para alimentarse”, explica Neil Hammerschlag, autor principal del estudio, quien realizó la investigación mientras trabajaba en el Programa de Investigación y Conservación de Tiburones de la Universidad de Miami. “Estos cambios concuerdan con teorías ecológicas bien establecidas, que predicen que eliminar a un depredador tope provoca efectos en cascada sobre la red alimentaria marina”.
El equipo de investigación utilizó una combinación de métodos para documentar estos cambios. Realizaron encuestas a bordo de barcos durante años para registrar avistamientos de tiburones, analizaron observaciones de ciudadanos científicos sobre lobos marinos y llevaron a cabo estudios de video submarino con cámaras cebadas, conocidas como BRUVS. Gracias a estos vídeos, grabados con más de una década de diferencia, los investigadores pudieron comparar la situación del ecosistema antes y después de la desaparición de los grandes blancos.
Yakira Herskowitz, coautora del estudio y exalumna de posgrado de la Escuela Rosenstiel, destaca el valor de estos vídeos: “El número de individuos de cada especie que aparece en los vídeos no solo nos da información sobre su abundancia, sino también sobre su comportamiento. Las especies bajo presión de depredadores suelen volverse más evasivas y, por lo tanto, menos visibles para nuestras cámaras”.
Este tipo de evidencia empírica es crucial porque confirma en la práctica lo que hasta ahora se conocía mayormente a partir de experimentos de laboratorio o modelos teóricos. “Sin estos depredadores tope para regular las poblaciones, estamos observando cambios medibles que podrían tener consecuencias a largo plazo en la salud del océano”, advierte Hammerschlag.
La conclusión del estudio es clara: la conservación de tiburones a nivel global es esencial no solo para proteger a estas especies carismáticas, sino para asegurar el buen funcionamiento de los ecosistemas marinos. Dado que los océanos saludables son fundamentales para la alimentación humana, el ocio y otros servicios ecosistémicos, proteger a los grandes tiburones es, en última instancia, proteger nuestro propio futuro.
REFERENCIA
Imagen: Un tiburón blanco sale a la superficie en busca de su presa en False Bay, Sudáfrica.
Fotografía: Chris Fallows, Apex Shark Expeditions