El desequilibrio en las bacterias intestinales altera neurotransmisores clave y podría estar detrás de síntomas como la repetición de conductas o el aislamiento durante la infancia
El eje intestino-cerebro es una compleja red de comunicación bidireccional entre el sistema digestivo y el cerebro. En él interviene el microbioma intestinal —la comunidad de microorganismos que vive en nuestros intestinos—, así como neurotransmisores como la serotonina, implicados en emociones y comportamiento. Uno de los protagonistas en este sistema es el triptófano, un aminoácido esencial que, al ser procesado por bacterias del intestino, da lugar a compuestos con efectos neurológicos. Esto explica cómo las alteraciones intestinales podrían estar detrás de algunos de los síntomas del autismo.
Un nuevo estudio de la Universidad del Sur de California (USC), publicado en Nature Communications, sugiere que los desequilibrios en el microbioma intestinal de los niños con autismo podrían alterar la producción de neurotransmisores clave como la serotonina. Este hallazgo no solo refuerza la teoría del eje intestino-cerebro como un componente importante en los trastornos del neurodesarrollo, sino que también abre la puerta a posibles tratamientos dirigidos al intestino como vía para mejorar los síntomas del autismo.
“Demostramos que los metabolitos intestinales impactan el cerebro, y que el cerebro, a su vez, afecta el comportamiento. Básicamente, el cerebro actúa como intermediario entre la salud intestinal y los comportamientos relacionados con el autismo”, explicó Lisa Aziz-Zadeh, autora principal del estudio y profesora del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la USC. “Estudios previos ya habían destacado diferencias tanto en los microbiomas intestinales como en la estructura cerebral de personas con autismo, pero nuestra investigación conecta los puntos”.
El cerebro y los antibióticos
Puede sonar sorprendente, pero el vínculo entre intestino y cerebro tiene raíces evolutivas profundas. De hecho, según explica Aziz-Zadeh, el intestino podría considerarse el primer “cerebro” en términos evolutivos. En la actualidad, el intestino contiene más neuronas que la médula espinal y el 90% de las señales nerviosas entre intestino y cerebro viajan desde el primero hacia el segundo. Esta comunicación constante explica por qué expresiones como “instinto visceral” o “sentirlo en las tripas” no son simples metáforas: muchas emociones se procesan a través de mecanismos intestinales, un fenómeno conocido como interocepción.
Para el estudio, los investigadores recogieron datos de comportamiento, imágenes cerebrales y muestras fecales de 43 niños con autismo y 41 niños neurotípicos, todos entre 8 y 17 años. A partir de las heces, analizaron metabolitos producidos por bacterias intestinales que descomponen los alimentos. Luego, compararon estos metabolitos con las diferencias cerebrales observadas en los niños con autismo y sus características conductuales.
Uno de los focos principales fue la llamada “vía del triptófano”, un proceso mediante el cual este aminoácido —presente en alimentos como el pavo, los huevos o los lácteos— se convierte en diversos metabolitos, entre ellos la serotonina. La serotonina es esencial para funciones cerebrales como el procesamiento emocional, la interacción social y el aprendizaje. Como gran parte de la serotonina del cuerpo se produce en el intestino, los cambios en la salud intestinal pueden afectar significativamente su producción.
“Sabemos que los niños con autismo presentan diferencias cerebrales —ciertas zonas del cerebro son menos activas o más activas que en los niños neurotípicos—”, señala Aziz-Zadeh. “También sabemos que suelen experimentar problemas gastrointestinales, como estreñimiento, dolores de estómago y otras molestias digestivas. Además, el autismo se asocia con síntomas como conductas repetitivas y dificultades sociales.”
Para Sofronia Ringold, estudiante de doctorado en el Instituto del Cerebro y la Creatividad y coautora del estudio, los hallazgos abren una perspectiva esperanzadora: “Es emocionante pensar en posibles intervenciones que se enfoquen en el intestino y que puedan influir en la actividad neuronal y el comportamiento, al mismo tiempo que alivian algunos de los síntomas más incómodos para ellos”.
Aquí pueden entrar en juego los antibióticos. Aunque son fundamentales para combatir infecciones bacterianas graves, pueden alterar significativamente la microbiota intestinal de los niños al eliminar no solo las bacterias dañinas, sino también muchas de las beneficiosas que habitan en el intestino. Esta pérdida de diversidad microbiana puede afectar funciones esenciales como la digestión, la producción de vitaminas y la regulación del sistema inmunológico, además de influir en el eje intestino-cerebro, lo que podría impactar en el estado de ánimo, el comportamiento y el desarrollo neurológico. En edades tempranas, cuando la microbiota aún se está formando, estas alteraciones pueden tener efectos más duraderos.
Este trabajo se suma a un creciente cuerpo de evidencia científica que apunta a que la salud intestinal desempeña un papel crucial en el desarrollo neurológico. Aunque aún queda mucho por investigar, los resultados de este estudio refuerzan la importancia de considerar el cuerpo como un sistema interconectado, donde el equilibrio de unas diminutas bacterias en el intestino puede tener consecuencias de gran alcance en cómo sentimos, pensamos y actuamos.
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