Tu preferencia por madrugar o trasnochar tiene mucho de biología y poco de fuerza de voluntad, lo importante no es la hora del despertador, sino si vives en tu cronotipo
¿Te conviene madrugar o trasnochar? Muchos influencers en redes sociales están exaltando las virtudes de levantarse a las cinco de la madrugada como clave del éxito, pero esto no es para todo el mundo. El problema aparece cuando tu jornada va por un lado y tu cuerpo por otro.
Lo primero que conviene sacar de la ecuación es la culpa. Una nueva investigación citada recuerda que el cronotipo, esa tendencia a dormirse y despertarse antes o después, está en gran parte marcada por la genética. Un gran estudio de asociación del genoma, con casi 700.000 participantes, identificó 351 factores genéticos relacionados con esa inclinación hacia la mañana o hacia la tarde. Son muchas señales biológicas empujando en la misma dirección.
Ese análisis se apoyó en datos de dos bases enormes, UK Biobank y 23andMe. Los investigadores cruzaron lo que la gente decía sobre sus preferencias con registros más objetivos, a partir de monitores de actividad usados por decenas de miles de participantes. Además de la hora a la que te entra sueño, miraron mecanismos que podrían estar detrás. En la lista aparecían genes ligados al control del ritmo circadiano, la sensibilidad a la luz en la retina y rutas relacionadas con la señalización de la insulina.
Madrugar o trasnochar, todo está en tus genes
Los resultados dibujan diferencias pequeñas en minutos, pero constantes en el tiempo. Quienes acumulaban más variantes asociadas a “mañanear” tendían a dormirse unos 25 minutos antes que quienes tenían menos. Esa separación, repetida día tras día, acaba siendo una forma estable de organizar el descanso. También encontraron expresión de esos genes en regiones del cerebro implicadas en hormonas, percepción de la luz y el ciclo de 24 horas.
El texto también recoge otro punto incómodo para la cultura del “club de las cinco de la mañana”. Un estudio del Imperial College London observó que los noctámbulos rendían mejor en pruebas cognitivas, con medidas como memoria, atención y velocidad de procesamiento. Las personas con un cronotipo intermedio también salían bien paradas frente a los más madrugadores. No convierte a nadie en más listo por acostarse tarde, pero sí rompe la idea de que madrugar te hace automáticamente más eficiente.
Aún así, el marco de “búhos contra alondras” se queda corto. Un trabajo de 2026 liderado por McGill University y publicado en Nature Communications propone cinco subtipos biológicos dentro de esas categorías clásicas. Algunos perfiles nocturnos mostraban mejor rendimiento cognitivo y regulación emocional, y otros se asociaban a más riesgo de problemas cardiovasculares o depresión. La moraleja es clara: el riesgo no depende solo de dormir tarde, sino de qué patrón concreto tienes y de cómo vives con él.
Además, el cronotipo cambia con la edad. Los niños tienden a madrugar. En la adolescencia se produce un desplazamiento hacia horarios más tardíos, relacionado con cambios hormonales y con la melatonina. En la edad adulta suele estabilizarse, y en la vejez vuelve a adelantarse con la caída de la producción de melatonina. Eso ayuda a entender por qué a muchos adolescentes les cuesta arrancar con horarios escolares tempranos.
La pieza cierra con el concepto más útil en la práctica: el “jet lag social”, la desalineación crónica entre tu reloj interno y tus obligaciones. Esa fricción se asocia a más riesgo de obesidad, depresión, enfermedad cardiovascular y diabetes tipo 2. La recomendación que repite el especialista citado es la consistencia: acostarse y levantarse a horas parecidas estabiliza el sistema, aunque no sea el horario perfecto. La pregunta, al final, no es si madrugas o trasnochas, sino cuánto te cuesta sostenerlo.
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