Un cuarto de los jóvenes de 18 a 29 años declara no haber tenido ningún contacto sexual con pareja en el último año, el doble que en 2010.
El relato cultural sobre la juventud occidental y el sexo siempre ha asumido que cada nueva generación es más permisiva, más activa y más desinhibida que la anterior. Los datos de la última década lo desmienten con una consistencia que ya no admite ser ignorada. La generación Z, la más conectada de la historia, la que creció con internet de alta velocidad y la primera en tener acceso desde la adolescencia a más pornografía y más contenido sexual de cualquier tipo que ninguna otra generación anterior, tiene menos sexo que todas ellas. Y la brecha respecto a las generaciones anteriores no deja de crecer.
Los números: una caída sostenida durante tres décadas
La fuente más rigurosa y longeva sobre comportamiento sexual en Estados Unidos es la Encuesta Social General (GSS), un estudio representativo que el NORC de la Universidad de Chicago lleva realizando desde 1972. El análisis de los datos de 2024 publicado por el Instituto para los Estudios de la Familia (IFS) en agosto de 2025 ofrece el cuadro más completo disponible.
La actividad sexual semanal entre adultos de 18 a 64 años cayó del 55% en 1990 al 37% en 2024, una reducción de 18 puntos porcentuales en poco más de tres décadas. El descenso no es uniforme por edades: en los menores de 30 años es especialmente marcado. En 2010, el 12% de los adultos de 18 a 29 años declaraba no haber tenido ningún contacto sexual con pareja en el último año. En 2025, ese porcentaje había subido al 24%, el doble en quince años. Aproximadamente uno de cada cuatro jóvenes adultos estadounidenses es sexualmente inactivo.
La tendencia precede a la vida adulta. La Encuesta sobre el Comportamiento de Riesgo en Jóvenes del CDC, que sigue a estudiantes de secundaria desde 1991, muestra una caída continua en la proporción de adolescentes sexualmente activos: del 54,1% en 1991 al 31,6% en 2023. Cada ola de la encuesta ha registrado una cifra menor que la anterior sin excepción.
No es una crisis económica: es un patrón generacional
Una primera explicación obvia sería que la actividad sexual disminuye en tiempos de recesión y recupera cuando mejora la economía. Los datos no respaldan esa lectura. El análisis de cohortes publicado en el Archives of Sexual Behavior por Jean Twenge y colegas, que examinó más de 26.000 respondentes de la GSS entre 1989 y 2014, mostró que el declive no era un efecto de época que afectara a todos por igual, sino un patrón incrustado en la cohorte de nacimiento. Las personas nacidas en la década de 1990 declaraban la frecuencia sexual más baja de cualquier grupo del conjunto de datos. Las nacidas en la de 1930, la más alta. La economía mejoraba y empeoraba a lo largo del período; la tendencia generacional bajaba de forma continua independientemente de eso.
El patrón tampoco es exclusivamente estadounidense. Estudios similares en Japón, Reino Unido, Alemania y Australia muestran descensos comparables en los mismos grupos de edad y en el mismo período temporal, lo que descarta explicaciones puramente culturales locales y apunta a factores comunes a las sociedades industrializadas de alta renta.
Las causas que los datos sí pueden trazar
El IFS identifica dos factores estructurales que los propios datos de la GSS permiten medir y que explican una parte significativa del declive. El primero es la caída en la convivencia en pareja: la proporción de adultos de 18 a 29 años que vivía con una pareja bajó del 42% en 2014 al 32% en 2024. Vivir solo o con compañeros de piso, no con una pareja, es el predictor más sólido de menor frecuencia sexual. El segundo es la reducción del tiempo social presencial: el tiempo semanal dedicado a interacciones sociales cara a cara cayó de 12,8 horas en 2010 a 6,5 horas en 2019 y a poco más de 5 horas en 2024. Menos tiempo social presencial significa menos oportunidades de encuentro y de formación de relaciones.
Detrás de ambos factores hay procesos más amplios: el encarecimiento de la vivienda que retrasa la emancipación y la convivencia, el desplazamiento del tiempo social hacia entornos digitales, la prolongación de la educación y la incorporación tardía al mercado laboral, y la creciente prevalencia de la ansiedad social entre los jóvenes. La brecha de género añade otra capa: entre adultos de 18 a 24 años, uno de cada tres hombres declara no haber tenido ningún contacto sexual con pareja, frente a una de cada cinco mujeres, según datos del Kinsey Institute. Los hombres jóvenes son el subgrupo más afectado, y también el que muestra los mayores índices de soledad crónica.
Lo que el descenso no significa
El fenómeno no equivale a un retorno al puritanismo ni a una crisis de identidad sexual. La generación Z es, al mismo tiempo, la más queer de la historia: casi una cuarta parte de los adultos jóvenes se identifica como LGBTQ+, una proporción que no tiene precedente en ninguna encuesta generacional anterior. Las actitudes hacia la sexualidad son más abiertas y menos normativas que en cualquier otra época registrada. Lo que ha cambiado no es la apertura mental sobre el sexo sino la frecuencia del comportamiento sexual con otra persona.
Los investigadores advierten también contra la asunción de que menos sexo equivale a peor bienestar. Parte del descenso podría reflejar un mayor ejercicio de la agencia individual: personas que esperan a tener relaciones que consideren satisfactorias en lugar de seguir guiones sociales que las presionaban a la actividad sexual independientemente de su deseo real. Lo que los datos sí documentan con claridad es que la soledad, la falta de convivencia en pareja y la reducción del tiempo social presencial son los correlatos más fuertes del descenso. Y esos tres factores tienen consecuencias sobre la salud mental y física que van mucho más allá de la actividad sexual.