Carmen de Castro, psicóloga: "El calor afecta al bienestar emocional, la clave está en qué hacemos para gestionarlo"
Cuando el termómetro se dispara, el cerebro paga la factura: la atención, la memoria y el estado de ánimo se resienten, y los estudios más recientes empiezan a cuantificar hasta qué punto
Parece que el calor es un problema exclusivamente físico: golpes de calor, deshidratación, agotamiento. Pero la evidencia científica acumulada en los últimos años apunta a que sus efectos llegan mucho más lejos, y que afectan a nuestra salud mental.
Un estudio con datos del Adolescent Brain Cognitive Development, uno de los mayores proyectos de seguimiento infantil de Estados Unidos, encontró que la exposición a calor extremo se asocia con un rendimiento cognitivo más bajo en niños de 9 y 10 años, un efecto que se mantiene incluso al ajustar por nivel socioeconómico y otros factores demográficos. Una evidencia que no ha llegado a oídos de las Consejerías de Educación en muchas Comunidades Autónomas de España.
En adultos jóvenes, un ensayo observacional realizado durante una ola de calor en Boston mostró que quienes vivían en edificios sin aire acondicionado tardaban más en resolver tareas de atención y control ejecutivo que quienes sí disponían de climatización, una diferencia medible en pruebas como el test de Stroop.
El impacto no se limita al rendimiento cognitivo puntual: también alcanza a la salud mental en un sentido más amplio. Una revisión sistemática y metaanálisis que cruzó cinco bases de datos científicas concluyó que cada grado adicional de temperatura se traduce en un aumento medible de la mortalidad y la morbilidad relacionadas con la salud mental.
En la misma línea, un estudio publicado en JAMA Psychiatry con una década de datos de urgencias en Estados Unidos encontró que los días de calor extremo se asocian a un aumento de las visitas a urgencias por motivos psiquiátricos, y otro trabajo centrado en California detectó que un incremento de temperatura de 5,6 grados en verano elevaba el riesgo de acudir a urgencias por trastornos mentales y autolesiones. Para entender los mecanismos que hay detrás de estos datos, y qué podemos hacer al respecto, hemos hablado con Carmen de Castro Esgueva, Psicóloga General Sanitaria, docente del grado de Psicología en UNIE Universidad y cofundadora de Emovere Psicología Madrid.
Darío Pescador: ¿Cuál es la relación entre la temperatura elevada y las funciones cognitivas? ¿Cuáles son los mecanismos? ¿Cuáles son los síntomas más habituales?
Carmen de Castro: Aunque solemos asociar el calor principalmente al malestar físico, también tiene un impacto significativo sobre el resto de nuestro organismo a todos los niveles. Cuando las temperaturas son elevadas, el cuerpo debe realizar un esfuerzo adicional para mantener estable la temperatura corporal. Este proceso consume recursos fisiológicos que, de forma indirecta, pueden afectar a capacidades cognitivas básicas como la atención y la memoria, y por consecuencia a la toma de decisiones.
Uno de los síntomas más importantes es la deshidratación. Incluso pérdidas leves de líquidos pueden repercutir en la concentración, la memoria de trabajo y la velocidad con la que procesamos la información. Además, el calor suele generar una sensación de fatiga física y mental que dificulta mantener el foco en tareas complejas o prolongadas en el tiempo.
A ello se suma un factor frecuentemente infravalorado: el sueño. Las noches calurosas suelen asociarse a un descanso de peor calidad, con más despertares y menor recuperación. Sabemos que el sueño es fundamental para consolidar la memoria, regular las emociones y mantener un buen rendimiento cognitivo, por lo que los efectos del calor pueden acumularse durante varios días.
Las personas suelen describir una sensación de "mente más lenta" o de menor claridad mental. Los síntomas más frecuentes son la dificultad para concentrarse, el aumento de los despistes y errores en tareas más automáticas, la sensación de fatiga mental, la irritabilidad y una menor capacidad para resolver problemas. Cuando la exposición al calor es prolongada, especialmente si existe deshidratación, pueden aparecer síntomas más preocupantes relacionados con los estados de conciencia, tales como sensación de extrañeza, confusión, desorientación, despersonalización y desrealización.
Desde la psicología, es importante entender que no se trata únicamente de una sensación subjetiva de incomodidad. El calor puede afectar de forma real y medible al rendimiento cognitivo y al bienestar emocional. La clave está en qué hacemos a la hora de gestionar esto, a nivel de autocuidado personal, tanto en lo físico como en lo emocional.
DP :¿Qué personas pueden ser más vulnerables al calor? ¿Qué efecto tiene en los niños y en las personas mayores?
CC: Aunque todos podemos notar los efectos del calor en nuestro rendimiento mental, existen grupos especialmente vulnerables.
Los niños constituyen uno de ellos. Su sistema de regulación térmica todavía está madurando y, además, no siempre identifican correctamente las señales de sed, cansancio o sobrecalentamiento. En contextos educativos, las altas temperaturas pueden traducirse en una disminución de la atención sostenida, una mayor distracción y una reducción de la capacidad de aprendizaje. Algunos estudios sugieren incluso que las olas de calor pueden afectar al rendimiento académico cuando coinciden con periodos lectivos o de evaluación.
Las personas mayores también presentan una vulnerabilidad especial. Con la edad disminuye la eficacia de los mecanismos fisiológicos que regulan la temperatura corporal y es frecuente que la sensación de sed sea menos intensa. A ello se añade que muchas personas mayores conviven con enfermedades crónicas o toman medicación que puede aumentar la sensibilidad al calor. Desde el punto de vista cognitivo, esto puede manifestarse en forma de mayor fatiga mental, dificultades de atención, problemas de memoria y, en situaciones extremas, episodios de confusión o desorientación.
También debemos prestar atención a las personas con trastornos neurológicos o de salud mental, a quienes viven solos, a quienes tienen dificultades económicas para climatizar sus viviendas y a quienes trabajan o realizan actividad física al aire libre durante las horas de más calor. La vulnerabilidad no depende únicamente de factores biológicos, sino también de factores sociales, económicos y ambientales.
DP: ¿Es posible mejorar el rendimiento intelectual manteniendo una temperatura adecuada?
CC: La evidencia científica indica que sí. El cerebro funciona mejor cuando el organismo se encuentra en una situación de confort térmico. Cuando no tenemos que dedicar energía a combatir el calor excesivo, disponemos de más recursos para mantener la atención, procesar información, aprender y tomar decisiones.
Por supuesto, no existe una temperatura ideal universal, ya que influyen factores como la edad, la actividad que se realiza o las características individuales. Sin embargo, sabemos que los extremos térmicos, especialmente el calor intenso, tienden a perjudicar el rendimiento cognitivo.
Más allá de la climatización, existen medidas sencillas que pueden marcar la diferencia: mantener una adecuada hidratación, ventilar los espacios, evitar las horas centrales del día para las tareas más exigentes, realizar pausas frecuentes y procurar un descanso nocturno de calidad. En entornos educativos y laborales, adaptar horarios y condiciones ambientales durante las olas de calor puede contribuir significativamente a preservar tanto el rendimiento como el bienestar psicológico.
Desde una perspectiva de salud pública, cada vez es más importante comprender que el calor no afecta únicamente al cuerpo. También influye en cómo pensamos, aprendemos, regulamos nuestras emociones, trabajamos y nos relacionamos con los demás. En un contexto de aumento de las temperaturas extremas, proteger la salud cognitiva y emocional de la población será un desafío creciente que requerirá medidas tanto individuales como colectivas.
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