Una sola dosis de LSD reduce el estrés y agiliza la mente, pero no inmediatamente
Un ensayo suizo con 45 voluntarios sanos administró una dosis clínica de LSD y midió los efectos días más tarde, cuando ya no había ni rastro del fármaco en el cuerpo
Casi toda la investigación sobre psicodélicos se ha centrado en lo que ocurre durante el viaje: las visiones, la intensidad emocional, la sensación de revelación mientras la sustancia hace efecto. Un equipo de la Universidad de Friburgo, en Suiza, le dio la vuelta a esa mirada y decidió observar lo que pasa cuando el LSD ya se ha marchado del organismo. Sus resultados sugieren que los cambios más interesantes quizá se produzcan en los días posteriores, y no durante la experiencia.
Mirar después del viaje, no durante
El diseño del estudio, publicado en la revista Neuropsychopharmacology, es especialmente limpio. Participaron 45 adultos sanos que recibieron, en un ensayo cruzado y doble ciego, tanto una dosis clínica completa de LSD (100 microgramos) como un placebo, en dos sesiones separadas por al menos cuatro semanas. Al hacer que cada persona fuera su propio control, la comparación entre lo que ocurría con la droga y sin ella resulta mucho más fiable. En lugar de exprimir lo que sentían durante la sesión, los investigadores los enviaron a casa y los citaron después, al día siguiente y una semana más tarde, para medir su cerebro y su conducta con el tóxico ya eliminado.
Aprender mejor al día siguiente
El primer hallazgo llegó 24 horas después de la dosis, con una prueba de aprendizaje motor. Los participantes practicaron una secuencia de nueve dígitos tecleada con la mano no dominante, en varias tandas separadas por periodos de descanso. Lo llamativo aparece en esos descansos: el grupo que había tomado LSD el día anterior mejoró su velocidad durante el reposo alrededor de un 33% más que el grupo placebo. Ese fenómeno, la llamada consolidación offline, consiste en que el cerebro sigue afinando una habilidad recién aprendida mientras descansamos, sin practicar. Que ocurriera con el fármaco ya fuera del cuerpo sugiere que el cerebro seguía reorganizándose la mañana siguiente. Se trata, además, de una medida objetiva, no de una impresión subjetiva.
Menos estrés y más flexibilidad, siete días después
El resultado que da título a la noticia apareció una semana más tarde. Mediante cuestionarios validados, los participantes declararon un estrés percibido significativamente menor tras la sesión con LSD que tras la de placebo, y puntuaron más alto en flexibilidad cognitiva, la capacidad de encontrar soluciones alternativas cuando el primer intento fracasa. Conviene no despachar esta última como una cualidad menor, ya que la flexibilidad cognitiva es una función ejecutiva de primer orden: la rigidez mental se asocia a la depresión y la ansiedad, mientras que una mente flexible se adapta mejor a los contratiempos. Los registros de actividad cerebral reforzaron la idea de un efecto duradero, pues una de las respuestas eléctricas medidas seguía alterada siete días después de la única dosis.
Por qué conviene la prudencia
Toca frenar el entusiasmo, y los propios autores son los primeros en hacerlo. Los datos de estrés y flexibilidad proceden de cuestionarios que el participante rellena sobre sí mismo, vulnerables al efecto de las expectativas. Con una dosis de 100 microgramos, casi cualquiera nota si le ha tocado la droga o el placebo, de modo que la ilusión de haber recibido algo poderoso pudo influir en cómo describieron su ánimo. El equipo intentó medir directamente cambios en la plasticidad del cerebro, pero las técnicas empleadas no dieron los resultados esperados ni siquiera en el grupo placebo, así que no pudieron confirmar que hubiera un cambio físico de fondo. Un marcador de plasticidad llamado BDNF tampoco se movió. La muestra es pequeña, apenas 43 personas analizadas, y todas sanas y sin trastornos psiquiátricos, justo la población menos relevante para un uso terapéutico. La investigadora principal, Abigail Calder, lo resume con humor pidiendo que nadie se tome un LSD antes de ponerse a estudiar o de apuntarse a clases de esquí, y recuerda que lo primero es replicar estos resultados en otros grupos. Conviene añadir que el LSD es una sustancia controlada e ilegal en España y en la mayoría de países, y que este trabajo se realizó bajo autorización de investigación y supervisión médica, muy lejos de cualquier experimento casero.
Con todas esas cautelas por delante, el valor del estudio está en el giro que propone. El modelo dominante daba por hecho que el efecto terapéutico de los psicodélicos residía en la experiencia intensa del viaje, en esa sacudida de la percepción y las emociones.
Este trabajo aporta una señal medible, en personas sanas y dentro de un ensayo controlado, de que algo sigue cambiando en el cerebro cuando la sustancia ya se ha ido, en la línea de lo visto antes con la psilocibina y el MDMA. Queda muchísimo por confirmar, empezando por si el efecto se sostiene y si aparece también en pacientes con depresión o ansiedad. La lección provisional es sugerente: puede que, en el caso de los psicodélicos, el verdadero trabajo empiece cuando el viaje termina.
REFERENCIA
- Acute and post-acute neurobehavioral responses to lysergic acid diethylamide in healthy subjects: a randomized controlled study (Calder, Diehl, Lietz et al., Neuropsychopharmacology 51:1577-1587, 2026. DOI: 10.1038/s41386-026-02454-7)
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