Sí, el móvil hace que los niños hablen peor, pero no es el suyo

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Un estudio noruego revela que cada hora extra que los padres usan el móvil ralentiza el vocabulario de sus hijos en 0,42 puntos al año.

Durante dos años, 747 niños noruegos de entre cinco y siete años completaron pruebas anuales de vocabulario y gramática mientras sus padres respondían cuestionarios sobre el tiempo que todos pasaban frente a las pantallas. Al analizar los datos, los investigadores de la Universidad de Oslo comprobaron que la única medida de pantalla asociada con un vocabulario que crecía más despacio era el tiempo que el cuidador principal dedicaba al móvil propio. El tiempo que los propios niños pasaban ante una pantalla no tuvo ese efecto.

Índice
  1. El único factor asociado al vocabulario era el móvil del adulto
  2. El teléfono reemplaza la conversación con el niño
  3. Tener móvil propio, peor vocabulario
  4. Lo que todavía no se puede responder
  5. REFERENCIA

El único factor asociado al vocabulario era el móvil del adulto

El trabajo, coordinado por Øistein Anmarkrud, del Departamento de Educación Especial de la Universidad de Oslo, reclutó a los participantes en 2023 a través de municipios de toda Noruega. Las evaluaciones anuales midieron el vocabulario receptivo y la gramática, esto es, la capacidad de los niños para comprender las palabras y las estructuras de las frases que oyen, no solo para producirlas.

Los padres informaron de cuánto tiempo pasaba el niño ante pantallas cada día, si el niño tenía un dispositivo propio (tablet o móvil), cuánto usaba cada progenitor las redes sociales y cuánto tiempo dedicaba el cuidador principal a su smartphone. Los análisis se ajustaron por nivel educativo de los padres e ingresos del hogar.

De todas las variables de pantalla examinadas, solo el tiempo de teléfono del cuidador principal resultó asociado al desarrollo del lenguaje. Cada hora diaria adicional de uso del móvil del adulto se relacionó con un vocabulario que crecía 0,42 puntos más despacio al año. El tiempo que los niños pasaban con sus propias pantallas no mostró esa relación, y tampoco el uso de redes sociales del segundo progenitor. Los resultados se publicaron el 17 de agosto de 2026 en JAMA Pediatrics.

El teléfono reemplaza la conversación con el niño

El estudio no registró qué hacían los padres con el teléfono durante ese tiempo, lo que impide saber si el efecto es igual al ver vídeos, al contestar mensajes de trabajo o al leer las noticias. La hipótesis más respaldada por la literatura señala que el teléfono del adulto interrumpe los momentos de intercambio que los niños necesitan para construir su vocabulario.

Estos intercambios, denominados por los especialistas "dar y tomar", son instantes en los que el niño señala un objeto, hace una pregunta o balbucea algo, y el adulto responde y amplía la conversación. Cuando el padre o la madre está mirando el teléfono, esos instantes se pierden. Un estudio publicado en 2024 en la misma revista, con muestra australiana, documentó que a mayor tiempo de pantallas en el hogar, menos palabras se dirigían a los niños y menos turnos de conversación se producían entre adultos e hijos.

Los investigadores del trabajo noruego apuntan que estas interrupciones podrían acumularse de forma especialmente significativa entre los cinco y los siete años, una etapa en la que el vocabulario crece de forma acelerada y depende en gran medida del entorno conversacional.

Tener móvil propio, peor vocabulario

El estudio también comparó a los niños que ya tenían un dispositivo propio (tablet o móvil) a los cuatro o cinco años con los que no lo tenían. Los primeros llegaron al inicio del seguimiento con una puntuación de vocabulario aproximadamente cinco puntos inferior y 4,6 puntos más baja en gramática. La diferencia existía desde el comienzo.

La brecha no se amplió con el paso del tiempo. Los niños con dispositivo propio no crecieron más despacio durante el seguimiento que los demás. Eso sugiere que el efecto asociado a la propiedad del dispositivo pudo haberse producido antes de los cinco años, o que refleja características del hogar que la sola variable de pantalla no captura. Los investigadores advirtieron que estas asociaciones son de punto de corte, no de trayectoria, y que no pueden interpretarse de forma causal.

Lo que todavía no se puede responder

El diseño del trabajo es observacional, es decir, mide asociaciones, no causas. Los padres informaron su propio uso de teléfono, lo que puede introducir errores de estimación, dado que la gente tiende a subestimar el tiempo que pasa mirando la pantalla. La muestra es noruega, un contexto con condiciones de crianza, jornadas laborales y sistemas de educación infantil que pueden diferir significativamente de los de otros países. El efecto medido por hora de uso es modesto, y el seguimiento duró apenas dos años, por lo que no se sabe si se acumula o desaparece con la edad.

El trabajo añade evidencia a un conjunto creciente que desplaza la preocupación sobre los niños y las pantallas desde lo que los menores consumen hasta lo que los adultos hacen en su presencia. La conversación que no ocurre porque un padre está mirando el teléfono puede dejar una huella más duradera de lo que la mirada habitual sobre el tiempo de pantalla ha dado a entender.

REFERENCIA

Screen Use and Children's Language Development From Ages 5 to 7 Years. Yang J et al. JAMA Pediatrics, 17 de agosto de 2026.

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