El sistema inmunitario de las abejas que venden en tu herbolario
Las colmenas funcionan como un sistema inmunitario con varias capas de defensa que incluye la miel, cera, propóleo y polen
Decenas de miles de individuos apretados en un espacio cerrado, cálido y húmedo, compartiendo comida y tocándose constantemente. Si alguien diseñara el caldo de cultivo perfecto para una epidemia, se parecería mucho a una colmena. Aun así, las abejas melíferas llevan millones de años prosperando en esas condiciones. Un estudio de la Universidad de Sídney publicado en la revista ISME Communications ayuda a entender cómo lo consiguen. La propia colmena se comporta como un sistema inmunitario, con defensas químicas organizadas por capas que protegen el corazón de la colonia.
Los biólogos llaman inmunidad social a este conjunto de estrategias colectivas. Cada abeja tiene sus propias defensas, igual que nosotros, pero la colonia añade otras que solo funcionan a escala de grupo. Algunas son conductas, como limpiar las celdas o retirar a las crías enfermas. Otras son químicas y están literalmente incorporadas a la arquitectura de la colmena. "Las colmenas son el hogar de las abejas, pero también funcionan como su lugar de trabajo, su restaurante y su hospital", resume la microbióloga Kenya Fernandes, autora principal del trabajo.
Del exterior al corazón de la colmena
El equipo tomó muestras de 24 colonias de abeja europea (Apis mellifera) repartidas en cinco colmenares de Nueva Gales del Sur, en Australia. Analizaron la miel, el propóleo (la resina que las abejas recogen de los árboles y usan para sellar grietas), la cera, el polen almacenado y hasta las secreciones y los tejidos de las propias abejas. Después enfrentaron cada material a varios microbios para medir su poder antimicrobiano y secuenciaron las bacterias y hongos presentes en distintas zonas de la colmena.
Las propiedades antimicrobianas de la miel y el propóleo ya se conocían. La miel contiene peróxido de hidrógeno (el agua oxigenada de los botiquines) y el propóleo es rico en flavonoides, compuestos vegetales con acción antibacteriana. "Lo que nos sorprendió fue cómo estaban colocados estos materiales dentro de la colmena", explica Fernandes.
Las defensas seguían un patrón por capas, como las murallas concéntricas de un castillo. En las zonas más expuestas, como la entrada y el propóleo que recubre las paredes, la actividad antimicrobiana era amplia y poco selectiva, una especie de primera barrera contra todo lo que llega de fuera. "A medida que nos acercamos al centro de la colmena, las defensas antimicrobianas se vuelven más específicas", señala la investigadora. La cera de los panales, el polen almacenado y el cuerpo de las abejas actuaban como filtros que frenaban a los microbios dañinos y favorecían a los beneficiosos. Las comunidades de bacterias también cambiaban de una capa a otra, lo que sugiere que la colmena decide activamente qué microbios se instalan en cada sitio.
Un escudo contra la loque americana
Las defensas eran especialmente eficaces contra las bacterias. La protección más fuerte se dirigía contra Paenibacillus larvae, la causante de la loque americana, una de las enfermedades más temidas por los apicultores porque mata a las larvas y puede acabar con colmenas enteras. Contra los hongos, en cambio, el sistema era mucho más débil y desordenado. Los autores creen que tiene sentido, porque muchos hongos son inofensivos o incluso beneficiosos para las abejas, mientras que las grandes amenazas para la cría son bacterianas.
El estado de cada colonia también se reflejaba en sus defensas. Las colmenas sometidas a estrés, por ejemplo por plagas como el pequeño escarabajo de la colmena, tenían una organización microbiana menos ordenada.
Flores sanas, colmenas sanas
El hallazgo con más consecuencias prácticas tiene que ver con el paisaje. El colmenar donde estaba cada colonia explicaba alrededor de un tercio de las diferencias en su capacidad antimicrobiana, más que su estado de salud. Las colmenas rodeadas de bosque nativo y las situadas junto a tierras de cultivo tenían defensas químicas distintas. Tiene lógica, ya que la miel, el polen y el propóleo se fabrican con lo que las abejas encuentran en las flores y los árboles de los alrededores. Buena parte de los microbios de la colmena llega, de hecho, con el néctar.
"El desbroce de terrenos y la agricultura intensiva podrían estar erosionando en silencio las defensas naturales de las abejas", advierte Elizabeth Frost, especialista en abejas del Departamento de Industrias Primarias de Nueva Gales del Sur y coautora del estudio. "Los paisajes con plantas diversas pueden aumentar las posibilidades de que las abejas resistan las enfermedades", añade.
El mensaje resuena con fuerza en España, el país de la Unión Europea con más colmenas, donde los apicultores llevan años lidiando con pérdidas de colonias por enfermedades, parásitos y pesticidas. Los monocultivos extensos ofrecen a las abejas un menú muy pobre durante gran parte del año. Si la despensa empobrece, la farmacia de la colmena también. El equipo de Fernandes quiere comprobar ahora si otros insectos sociales, como las abejas sin aguijón australianas, las hormigas o las termitas, han desarrollado sistemas de defensa parecidos.
REFERENCIA
- Spatially organized chemical defences shape microbial communities in honey bee colonies. Fernandes KE, Frost E, et al. ISME Communications, octubre de 2026.
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