La amnesia térmica hace que el cerebro olvide las olas de calor, a pesar de que pueden resultar letales

El pasado julio, Europa vivió una de sus semanas más letales: más de 2.300 muertes en solo diez días, atribuidas a temperaturas que rozaron los 40°C. En Madrid, el 90% de esas muertes fueron directamente vinculadas al cambio climático. Un estudio del Imperial College de Londres reveló que sin el calentamiento global causado por el ser humano, esas muertes no hubieran ocurrido. Sin embargo, hoy, apenas semanas después, esa ola de calor ya se desdibuja en nuestra memoria colectiva. Mientras tanto, cualquier español recuerda vívidamente la borrasca Filomena de enero de 2021, que cubrió Madrid bajo 50 cm de nieve . ¿Por qué nuestro cerebro, y nuestra sociedad, olvidan lo que debería servirnos de advertencia?

Los datos son incuestionables. Enero de 2025 se convirtió en el enero más caluroso jamás registrado, con 1,75°C por encima de los niveles preindustriales, superando el límite del Acuerdo de París . Este récord no es una anomalía aislada: fue el decimoctavo mes de los últimos diecinueve en superar en más de 1,5°C la era preindustrial. Según la Organización Meteorológica Mundial, este calentamiento se debe «principalmente a la quema de combustibles fósiles» , un fenómeno que ha transformado las olas de calor de eventos excepcionales en veranos crónicamente peligrosos.

Los mecanismos fisiológicos detrás de estas muertes son tan silenciosos como letales. Cuando el cuerpo humano se expone a calor extremo, especialmente durante períodos prolongados sin alivio nocturno, su sistema termorregulador colapsa. Esto desencadena una cascada de fallos orgánicos: el corazón trabaja bajo estrés extremo para redistribuir sangre, los riñones filtran toxinas en condiciones de deshidratación crítica, y el cerebro sufre alteraciones en su química neuronal. Como resume una revisión sistemática de estudios publicada en la Revista Española de Salud Pública, el calor agrava enfermedades cardiovasculares, respiratorias y renales, aumentando la mortalidad por infartos hasta en un 20% durante estos episodios . El fenómeno es particularmente despiadado con los mayores de 65 años, que representaron el 88% de las muertes en la última ola europea .

Amnesia del calor: cuando el cerebro borra el recuerdo del peligro inminente

¿Cómo explicar que eventos tan traumáticos como las 61.672 muertes por calor en Europa durante el verano de 2022 no dejen huellas profundas en nuestra conciencia colectiva? La respuesta está en la arquitectura misma de nuestro cerebro. Los mecanismos neuronales de la memoria privilegian eventos con narrativas claras, impactos visuales inmediatos y desenlaces abruptos. Una nevada histórica como Filomena cumple todos estos requisitos: transformó paisajes en horas, atrapó coches en autopistas, derrumbó techos bajo el peso de la nieve, y dibujó postales inéditas de la Puerta del Alba cubierta de blanco. El cerebro codifica estos eventos como «episodios» claramente delimitados.

En contraste, las olas de calor operan como asesinos silenciosos. Sus víctimas mueren en la soledad de habitaciones sobrecalentadas, en camas de hospital ya saturadas, o en silencio mientras trabajan al aire libre. No hay imágenes espectaculares de ciudades sumergidas en llamas térmicas; solo termómetros que rompen marcas y cuerpos que colapsan discretamente. Nuestro sistema límbico, diseñado para responder a amenazas inmediatas y visibles, no activa las mismas alarmas ante peligros graduales y menos fotogénicos.

Esta «amnesia térmica» se ve reforzada por sesgos cognitivos bien documentados. El sesgo de disponibilidad nos hace subestimar riesgos cuyos recuerdos no están vívidamente accesibles. El sesgo de normalización transforma lo excepcional en habitual con velocidad alarmante: cuando las temperaturas de 40°C se repiten verano tras verano, el cerebro las reclasifica como «normales», borrando la memoria de cuando 35°C parecían insoportables. Como señala Ben Clarke, investigador del Imperial College de Londres, los impactos del calor «son mayormente invisibles, pero silenciosamente devastadores» .

El poder de nombrar para no olvidar

La borrasca Filomena ofrece un contrapunto revelador. Su nombre, elegido siguiendo el protocolo del Grupo Suroeste Europeo (AEMET, MétéoFrance e IPMA) simplemente por ser la sexta borrasca de la temporada 2020-2021 , se grabó a fuego en la psique española. La nevada histórica paralizó Madrid, colapsó aeropuertos, y dejó pérdidas económicas estimadas en 1.398 millones de euros solo en la capital. Pero más allá de los números, Filomena demostró el poder psicológico y social de nombrar fenómenos meteorológicos extremos.

Al asignarle un nombre propio se transformó un evento climático complejo en una entidad reconocible, casi personal. El nombre permitió articular narrativas mediáticas coherentes («Filomena azota Madrid»), facilitó las alertas de protección civil («atención por Filomena»), y creó un marco compartido para la experiencia colectiva («¿dónde estabas durante Filomena?»). Este proceso de nominación activa mecanismos cerebrales de codificación episódica: el hipocampo almacena eventos «nombrados» con mayor eficiencia que fenómenos anónimos. Como resultado, cuatro años después, cualquier español asocia «Filomena» con caos nevado y respuesta institucional, mientras las olas de calor mortales de 2022, 2023 y 2025 se diluyen en un verano indiferenciado.

Si aplicáramos la lección de Filomena al calor extremo, crearíamos un sistema de nominación estandarizado para olas de calor. Esta medida, aparentemente simbólica, tendría efectos concretos profundos. Al bautizar una ola de calor como «Ola Zoe» o «Ola León», transformamos una amenaza abstracta en un evento delimitado con principio y fin, facilitando su registro en la memoria colectiva. Las alertas públicas ganarían precisión («Ola León alcanzará nivel rojo mañana»), las medidas de protección se asociarían a un nombre reconocible («protocolo activado por Ola León»), y la posterior rendición de cuentas sería más clara («investigan fallos durante Ola León»).

Pero nombrar es solo el primer paso. Para contrarrestar nuestra amnesia térmica necesitamos narrativas en los medios que cuenten no solo las temperaturas récord, sino historias de víctimas identificables, servicios hospitalarios desbordados, y trabajadores esenciales en riesgo. Las neuronas espejo se activan más ante relatos humanos que ante estadísticas abstractas.

Las alertas también deben atender a esta dimensión humana.  Los mensajes que no solo deben informar de grados Celsius, sino activar señales de alarma cerebrales mediante lenguaje que comunique urgencia real, como «esta temperatura mató a X personas el verano pasado», usando formatos audiovisuales que estimulen la amígdala y el hipocampo simultáneamente.

Las olas de calor son los asesinos climáticos más sigilosos y más letales. Matan más que huracanes, inundaciones o nevadas, pero su violencia se ejerce en la intimidad de cuerpos que colapsan, órganos que fallan, y cerebros que desconectan para siempre. Nuestra amnesia térmica no es un fallo casual de la neurobiología, es un mecanismo peligrosamente adaptado a un mundo que ya no existe.