Empresas y falsos expertos pagados por la industria tabaquera sembraron dudas sobre los daños del tabaco y después los negacionistas del cambio climático aplicaron la misma estrategia
Desde mediados del siglo XX, los estudios relacionaron el tabaco con el cáncer y las enfermedades cardiovasculares. Aun así, las grandes tabacaleras financiaron campañas de confusión que presentaban como “debate” lo que la evidencia ya había inclinado. Ese patrón, descrito por Naomi Oreskes y Erik Conway en el libro Merchants of Doubt, saltó después a la industria del petróleo y el gas. Cuando la ciencia atribuyó el calentamiento a las emisiones humanas, aparecieron los mismos nombres, estrategias y mensajes, ahora reciclados para negar la crisis climática.
En 1998 salieron a la luz decenas de millones de páginas de documentos confidenciales de cuatro tabacaleras. No solo confirmaban que sus directivos conocían los daños, también detallaban su plan para desacreditar la ciencia que los señalaba. Entre sus maniobras, inundaron de fondos investigaciones básicas sin relación directa con el tabaco, amplificaron estudios que apuntaban a “otras causas” del cáncer y presionaron a los medios para que, en nombre de la equidad, dieran el mismo espacio a la evidencia y a la duda. En un memorando de 1969 un ejecutivo lo escribió sin rodeos: “La duda es nuestro producto”.
Los negacionistas del cambio climático aprendieron a sembrar la duda
A esa operación se sumó un elenco de científicos de prestigio, con cargos relevantes y gran capacidad de influir en la prensa. Muchos, como Frederick Seitz, tenían autoridad ganada en física o en instituciones de primer nivel, pero no publicaban investigación original en biomedicina. Su aura bastaba para sembrar la idea de “controversia legítima”, aunque los datos no la avalaran. La estrategia funcionó durante décadas y costó millones de vidas.
El éxito de esa alianza llevó a otras industrias a copiarla. La petroquímica fichó a los mismos expertos que habían defendido al tabaco para negar el calentamiento antropogénico. De la noche a la mañana, los viejos “expertos en tabaco” se convirtieron en “expertos en clima”. Utilizaron su reputación en campos ajenos para relativizar la evidencia climática sin aportar trabajos propios, y repitieron el guion: exageración, incertidumbre y exigencia de “dos voces” en los medios, como si la ciencia se decidiera por votación.
Conviene recordar qué significa consenso científico. Más del 90% de quienes investigan el sistema terrestre y el clima coincide en que el planeta se calienta y que el principal motor es humano. Un análisis de decenas de miles de artículos publicados entre 2012 y 2020 elevó ese apoyo al 99,9%. No hablamos de recuentos de manos, sino de convergencia de líneas independientes de evidencia, desde series de temperatura hasta balance energético, glaciares, océanos o patrones de circulación. Cada equipo estudia un indicador distinto y, con métodos propios, llega a señales que apuntan en la misma dirección.
Ante todo, negar la evidencia
Además, sabemos que las petroleras no solo conocían el problema, también lo cuantificaron con precisión. Exxon y ExxonMobil elaboraron proyecciones internas entre 1977 y 2003 que anticiparon el ritmo de calentamiento observado después. La paradoja salta a la vista: mientras sus informes internos acertaban, su comunicación pública minimizaba los riesgos y promovía la duda. Ese doble discurso retrasó medidas, alimentó litigios retóricos sin base y nos robó tiempo para actuar.
La ciencia no avanza con memorandos, sino con datos que se acumulan, se contrastan y se replican. Por eso, cuando alguien con bata pero sin investigación en el campo pide “otra década” para estar seguros, conviene preguntar a quién sirve esa prudencia. La duda crítica construye conocimiento. La duda fabricada lo aplaza.
REFERENCIA