La superestrella de los mares, Ronan, demuestra que el ritmo no es solo cosa de humanos en un estudio que deja boquiabiertos a los científicos.
La biomusicalidad es un campo emergente en el que la biología y la psicología se dan la mano para estudiar si los animales son capaces de procesar y responder a la música, especialmente al ritmo y al compás. Hasta hace poco se creía que solo los humanos (y algunas aves que imitan sonidos) podían sincronizar movimientos con el ritmo musical. Pero una leona marina ha demostrado que los mamíferos también pueden tener alma de percusionista.
En Santa Cruz, California, Ronan, la leona marina entrenada que en 2013 sorprendió al mundo por su capacidad para moverse al ritmo de la música, ha vuelto a protagonizar un estudio que pone en duda muchas teorías sobre la percepción musical en animales. Según la nueva investigación publicada en la revista Scientific Reports, Ronan no solo sigue siendo capaz de mantener el ritmo con una precisión envidiable, sino que lo hace tan bien—o mejor—que los humanos.
El estudio, liderado por Peter Cook, investigador del Instituto de Ciencias Marinas de la Universidad de California en Santa Cruz y neurocientífico comparativo del New College of Florida, analizó la precisión de Ronan al seguir el compás de un metrónomo. Se compararon sus resultados con los de diez estudiantes universitarios que, en lugar de mover la cabeza como ella, utilizaban el brazo en un movimiento fluido hacia arriba y hacia abajo. Se usaron tres velocidades distintas: 112, 120 y 128 pulsaciones por minuto (bpm). Curiosamente, Ronan no había sido expuesta previamente a las velocidades de 112 y 128 bpm.
A 120 bpm, que es su tempo más entrenado, Ronan clavaba el ritmo con una variación promedio de solo 15 milisegundos. Para ponerlo en contexto, un parpadeo humano dura unos 150 milisegundos. “Es increíblemente precisa, con una variabilidad de apenas una décima de un parpadeo de ojo de un ciclo a otro”, explicó Cook. A veces se adelantaba cinco milisegundos, otras se retrasaba diez, pero casi siempre daba en el clavo.
Una parte fundamental del experimento es que Ronan participa de forma voluntaria. No se le priva de comida ni se la castiga si decide no participar. De hecho, es ella quien comienza cada sesión subiendo a una rampa especial y señalando cuándo está lista. Si en cualquier momento se aburre, puede volver a su piscina sin consecuencias. Para Ronan, esto no es un examen, es un juego que conoce bien y que, además, recompensa con sabrosos peces.
Ronan nació en 2008 en libertad, pero tras varios episodios de desnutrición que la dejaron varada en la costa y, finalmente, caminando por la autopista, las autoridades decidieron que no era apta para volver al océano. Fue adoptada por la Universidad de California en 2010 y desde entonces vive en el Laboratorio Marino Long, donde ha participado en múltiples estudios sobre memoria, fisiología del buceo y percepción sensorial. Pero su especialidad, sin duda, es el ritmo.
Talento natural para seguir el ritmo
A lo largo de los últimos doce años, ha realizado unas 2.000 sesiones de entrenamiento rítmico, cada una de apenas 10 a 15 segundos. No ha habido sobreentrenamiento, insiste Cook. “Si sumas el tiempo total de exposición rítmica que ha tenido Ronan, probablemente sea menor que lo que escucha un niño de un año”.
La primera vez que Ronan llamó la atención de la ciencia fue gracias al trabajo del investigador Ani Patel y su estudio sobre un cacatúa llamado Snowball, famoso por “bailar” al ritmo de los Backstreet Boys. Snowball, como muchos loros, es un imitador vocal, y eso llevó a formular la teoría de que la capacidad de seguir el ritmo musical dependía de la habilidad para aprender sonidos nuevos. Sin embargo, los leones marinos no imitan vocalizaciones, por lo que el caso de Ronan en 2013 puso esa teoría en jaque.
No todos en la comunidad científica quedaron convencidos en ese momento. Algunos argumentaron que su rendimiento no era tan preciso como el humano, y que quizá no utilizaba los mismos mecanismos cerebrales para sincronizarse. Esto motivó a Cook y su equipo a repetir el experimento una década después, comparando directamente su desempeño con el de humanos, usando exactamente los mismos sonidos.
El resultado fue rotundo: Ronan fue más precisa y constante a todos los tempos. De hecho, en comparación con un modelo estadístico basado en 10.000 humanos hipotéticos, ella se posicionó en el percentil 99 de fiabilidad rítmica.
Hoy, con 16 años y 77 kilos de peso, Ronan está en la flor de la vida para una leona marina bajo cuidado humano. Su equipo la conoce bien: es lista, vivaz y le encanta superarse. Su progreso demuestra algo muy humano: con madurez y práctica, se mejora. “Uno de los hallazgos clave del estudio es que la experiencia y la madurez importan”, dice Colleen Reichmuth, directora del laboratorio. “No es solo una prueba de ritmo. Refleja su capacidad cognitiva y su habilidad para recordar y perfeccionar lo aprendido”.
Ronan, además, quiere hacerlo bien. No es una obligación. Ella elige cuándo participar. “Está motivada. Para ella, es un juego que sabe ganar”, dice Reichmuth. “Y le gusta el premio en forma de pescado”.
El impacto de Ronan va mucho más allá de un solo experimento. Su caso ha impulsado estudios en otras especies como elefantes, primates, aves y, por supuesto, humanos. Además, plantea preguntas más amplias sobre la evolución de la cognición y la percepción de patrones en el reino animal.
Y si te estás preguntando por qué tu perro no baila, Cook tiene una respuesta: ¿has intentado enseñarle a bailar de verdad? “Me sorprendería que no se pudiera entrenar a un border collie para hacer lo que hace Ronan, si se le da suficiente tiempo y retroalimentación precisa”, asegura.
Porque, en el fondo, este no es un truco de circo. Es una ventana a la mente de los animales. Y Ronan, con cada cabeceo al compás, nos invita a escuchar con otros oídos.
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