Un estudio sugiere que los gatos eligen plantas con microespinas que actúan como desatascadores, atrapando pelo en el estómago y ayudando a expulsar las temidas bolas.

De todos los comportamientos felinos, comer hierba parece el más desconcertante. Los gatos son carnívoros estrictos, la hierba no aporta calorías ni nutrientes, y a menudo termina en vómito. Aun así, los gatos insisten en mordisquearla como si supieran algo que a los humanos se nos escapa.

Durante años circularon hipótesis de todo tipo. La más repetida era que la hierba les ayuda a expulsar parásitos intestinales. Otra, que desencadena el vómito. Ninguna encajaba del todo con las observaciones, ni con el hecho de que muchos gatos sanos lo hacen sin signos de infección.

El nuevo trabajo apunta a una explicación más literal, y más pegajosa. Las plantas que los gatos suelen masticar presentan bordes serrados y tricomas que sobresalen como garfios. Esas microestructuras se enganchan al pelo acumulado en el intestino y podrían actuar como una especie de desatascador de desagües biológicos.

T. Michael Anderson, ecólogo de la Universidad de Wake Forest, destaca que los animales a veces usan plantas por funciones que no tienen que ver con alimentarse. Señala que podría ser otro ejemplo de ese ingenio evolutivo. Los gatos quizá aprovechan para sí rasgos que las plantas desarrollaron para defenderse.

Las bolas de pelo son parte del paquete felino. Un gato traga pelos al lamerse y más aún si su dieta incluye presas con pelaje. El cúmulo de pelo puede bloquear el tránsito digestivo. La salida habitual es expulsarlo por la boca, con el consabido desastre en la alfombra.

Aunque muchos científicos han defendido que la hierba ayuda a echar parásitos, otras personas sospechaban que el objetivo real era expulsar bolas de pelo. Faltaba una prueba que conectara ambas cosas de manera directa.

No son parásitos, son bolas de pelo

Nicole Hughes, botánica de High Point University, decidió mirar a las plantas, no a los gatos. Conoce bien la textura de la hierba. La define como espinosa, con facilidad para enganchar partículas. La investigadora acumulaba material de estudio en casa. Sus dos gatas, Mildred y Merle, habían proporcionado una colección de bolas de pelo domésticas durante años.

La ocasión llegó cuando se incorporó a su laboratorio la estudiante Kara Bensel. Juntas recortaron fragmentos de seis bolas de pelo, los cubrieron con oro y los observaron al microscopio electrónico. Esa fina capa metálica permite que el haz de electrones dibuje imágenes con gran detalle.

Las imágenes revelaron materia vegetal incrustada en los ovillos. Había bordes dentados y tricomas que sobresalían como púas. Según la especie, esas estructuras medían entre dos y veinte veces el grosor de un pelo de gato. Exactamente la escala adecuada para enganchar fibras.

Hughes cuenta que le recordaba a las “serpientes” de plástico dentado que se usan para sacar pelo de los desagües. La comparación no es gratuita. La geometría funciona de forma similar. Las púas se clavan en el material fibroso y lo arrastran en bloque.

Esa misma escala descarta la explicación parasitaria. Los gusanos redondos y las tenias son hasta sesenta veces más grandes que esas microestructuras. Resulta improbable que queden anclados por tricomas del tamaño observado. La hierba no sería un limpiaparásitos eficaz en ese rango.

La genetista Megan Rudock Bowman analizó la procedencia de los restos vegetales. Identificó gramíneas comunes de jardín y plantas domésticas como la cinta, muy habituales en casas y terrazas. Todas presentan superficies ásperas a escala microscópica. Da la impresión de que los gatos seleccionan plantas con ese tacto rugoso.

Benjamin Hart, veterinario conductista de la Universidad de California, Davis, ve plausible el mecanismo de enganche. Aun así, advierte que el estudio no prueba que ese sea el motivo por el que los gatos comen hierba. Recuerda que también la comen perros y otros animales que no sufren bolas de pelo con la misma frecuencia.

Hart propone otra lectura. Tal vez se trate de un legado evolutivo. Un ancestro pudo masticar plantas para expulsar parásitos, y el comportamiento quedó cableado en el cerebro. Los gatos de hoy repetirían el gesto aunque la función haya cambiado o se haya diluido.

Hughes no da el tema por cerrado. Mildred y Merle siguen colaborando, de buen o mal grado, según el día. La siguiente pregunta mira al otro extremo del tubo digestivo. Si la hierba espinosa ayuda a desalojar pelo hacia la boca, quizá también facilite el tránsito hacia la salida.

Para comprobarlo, la investigadora guarda muestras en el congelador. Espera la ocasión y la persona adecuada para estudiar si la geometría vegetal también asiste a la evacuación por el lado posterior del intestino. La ciencia avanza con ideas, con microscopios y, a veces, con mucha paciencia doméstica.

Este trabajo no zanja el debate, pero aporta un mecanismo plausible. Une la elección de plantas rugosas con un efecto físico medible sobre el pelo. Explica por qué tanta insistencia en masticar hierba sin convertirla en comida. Y abre la puerta a probar hipótesis en el laboratorio, con menos misterio y más datos.

REFERENCIA

Plant eating behavior in domestic cats: support for the hair evacuation hypothesis