Un estudio reciente explica por qué se nos pone la piel de gallina al escuchar una melodía, leer un poema o ver un cuadro: los genes pueden tener la respuesta

¿Alguna vez has sentido un escalofrío recorriendo tu espalda mientras escuchas una sinfonía conmovedora o contemplas una pintura que parece hablarte directamente? Este fenómeno, conocido como «escalofrío estético» o frisson, fue descrito por Charles Darwin y Vladimir Nabokov como una respuesta fisiológica intensa ante la belleza. Mientras algunos lo viven con frecuencia, otros lo experimentan raramente.

Un estudio reciente liderado por Giacomo Bignardi y publicado en PLOS Genetics revela que experimentar estos escalofríos puede tener una base genética, pero  ¿hasta qué punto influyen los gustos que hemos adquirido a lo largo de nuestra vida por nuestro entorno?

Los investigadores analizaron datos genómicos de más de 15.000 individuos de la cohorte Lifelinesen Países Bajos. Mediante autoinformes, midieron la frecuencia de escalofríos que se producían estímulos musicales, artes visuales y literatura. Usando GWAS (siglas de estudios de asociación genómica amplia, que estudian los cambios en los genes de las poblaciones), identificaron que el 24-29% de la variabilidad en la experiencia de estos escalofríos se debe a herencia genética, asociado a genes como el DRD2 (dopamina) y HTR2A (serotonina). Esto explicaría que exista un «umbral innato», un nivel base que cambia según la persona para que pueda experimentar reacciones emocionales intensas.

Por qué se nos pone la piel de gallina: ¿genes o costumbres?

El estudio defiende la genética como una predisposición biológica, es decir, las variantes en los genes hacen que se activen recompensas neuronales. Esto hace que algunas personas vibren ante un crescendo, un aumento progresivo y gradual de la intensidad del sonido en una pieza musical.

Sin embargo, surge la duda: ¿dictan los genes nuestra capacidad de sentir esos escalofríos, o las determina la experiencia cultural? Los autores reconocen que nuestro entorno modula todo: las exposiciones repetidas, la educación y el contexto social refuerzan los gustos, superando la influencia de los umbrales innatos.

Nuestra propensión a sentir escalofríos depende, en gran medida, de un índice poligénico (PGI, que depende de varios genes) vinculado a un rasgo de la personalidad llamado «apertura a la experiencia», la disposición a hacer y experimentar cosas nuevas. Esta herencia genética explica por qué, incluso antes de hablar, los bebés ya reaccionan a ritmos universales: su biología está «sintonizada» para detectar y disfrutar la estructura del sonido y el arte.

En cuanto a los gustos adquiridos, aunque la biología pone la base, la cultura es la que esculpe nuestros gustos. El estudio señala que una parte importante de nuestras reacciones depende de factores ambientales únicos y vivencias personales. Es lo que explica que alguien pueda «aprender» a amar la ópera tras asistir repetidamente a representaciones.

Las experiencias moldean nuestras preferencias más allá del ADN. De hecho, estudios con gemelos demuestran que, a pesar de compartir genes, sus caminos estéticos suelen bifurcarse debido a las influencias del entorno que cada uno vive por separado.

La conclusión del estudio sugiere que la genética nos da el «instrumento» (nuestra sensibilidad básica), pero es la cultura la que decide qué melodía se toca.

El impacto artístico en nuestra sensibilidad

Existen obras que logran ponernos la piel de gallina a casi todos por igual. Obras maestras como el Guernica de Picasso o la Novena Sinfonía de Beethoven no solo son geniales por sí mismas, sino que su impacto se ha implantado en nuestra memoria colectiva a través de décadas de apariciones en museos, prensa y libros de historia. Cuando la cultura difunde repetidamente un mensaje, nuestra biología «aprende» a reaccionar, convirtiendo un estímulo cultural en un escalofrío universal que trasciende fronteras.

En el otro extremo, hay arte que parece reservado para unos pocos, como la poesía de Paul Celan o los sonidos abstractos de Radiohead en su etapa más experimental. Aquí es donde entra en juego nuestra arquitectura genética individual. El estudio sugiere que los genes actúan como un «vector de variación biológica» que determina cuán sensible es nuestro sistema a ciertos estímulos. Aquellos que experimentan un impacto intenso con estas obras suelen tener un índice poligénico (PGI) más alto para la «apertura a la experiencia», es decir, es más probable que les gusten obras artísticas más raras.

REFERENCIA

Genetics underprintings of chilss from art and music