Lo que antes se temía como la «maldición del faraón» podría salvar vidas gracias a un descubrimiento médico inesperado en un hongo letal.

La maldición del faraón es una leyenda popular que surgió tras el descubrimiento de la tumba del faraón Tutankamón en 1922 por el arqueólogo británico Howard Carter. Según esta creencia, quienes perturben las tumbas de los antiguos faraones egipcios sufrirán desgracias, enfermedades o incluso la muerte como castigo por haber profanado lugares sagrados. La leyenda ganó fuerza cuando varias personas vinculadas al hallazgo, incluido el patrocinador de la expedición, Lord Carnarvon, murieron en circunstancias consideradas misteriosas por la prensa sensacionalista de la época.

Sin embargo, desde una perspectiva científica, la mayoría de estas muertes han sido explicadas por causas naturales o coincidencias. Algunos investigadores han sugerido que ciertas enfermedades, como infecciones provocadas por bacterias u hongos, podrían haber afectado a los exploradores al inhalar esporas tras abrir cámaras selladas durante siglos. Aunque no existe evidencia científica sólida que respalde la existencia de una «maldición», esta narrativa ha perdurado en la cultura popular como uno de los mitos más fascinantes del Antiguo Egipto.

Un equipo de científicos de la Universidad de Pensilvania ha dado un giro radical a la oscura fama del Aspergillus flavus, un hongo asociado con muertes misteriosas de arqueólogos que trabajaron en la tumba de Tutankamón. Lejos de maldiciones antiguas, este microorganismo ahora se perfila como una fuente de esperanza para quienes luchan contra la leucemia.

Los investigadores extrajeron de este hongo una serie de compuestos llamados RiPPs, una clase especial de moléculas producidas en los ribosomas celulares y luego modificadas químicamente para adquirir funciones únicas. Modificando estos compuestos, consiguieron aumentar su potencia, logrando que detuvieran la proliferación de células cancerosas con una eficacia comparable a la de fármacos aprobados actualmente por la FDA.

“Los hongos nos dieron la penicilina”, recordó Sherry Gao, profesora asociada de Ingeniería Química y Bioingeniería en UPenn y autora principal del estudio. “Estos resultados demuestran que aún quedan muchos medicamentos por descubrir en la naturaleza”.

El Aspergillus flavus pertenece a un género amplio con más de 250 especies, y es común en suelos, heno, granos y vegetación en descomposición. Aunque su presencia puede causar desde alergias hasta infecciones pulmonares graves, su reputación más célebre proviene del mito que lo vincula con la “maldición del faraón”. Sin embargo, los científicos de UPenn prefirieron ignorar el pasado tenebroso del hongo y centrarse en su potencial futuro.

El equipo logró purificar cuatro RiPPs específicos, a los que bautizaron como asperigimicinas. Dos de ellos demostraron una notable capacidad para atacar células de leucemia. En sus pruebas, los investigadores descubrieron que un gen específico, llamado SLC46A3, actúa como una puerta de entrada que permite a estos compuestos penetrar con facilidad en las células cancerosas.

“Este gen funciona como una compuerta”, explicó Qiuyue Nie, investigadora postdoctoral y primera autora del estudio. “No solo ayuda a que las asperigimicinas entren en las células, también podría facilitar la entrada de otros péptidos cíclicos”.

El hongo asesino, contra el cáncer

Una vez dentro, las asperigimicinas actúan bloqueando la formación de microtúbulos, estructuras fundamentales para la división celular. Como las células cancerosas se caracterizan por dividirse sin control, esta interrupción puede frenar su crecimiento de manera efectiva.

“Estas moléculas impiden la formación de microtúbulos, esenciales para la mitosis”, afirmó Gao. “Es como quitar las vías de un tren en marcha”.

Curiosamente, este efecto solo se observó en células de leucemia, no en las de cáncer de mama, hígado o pulmón. Esta especificidad convierte a las asperigimicinas en candidatas ideales para desarrollar terapias dirigidas, más seguras y eficaces que los tratamientos actuales.

A pesar de que los RiPPs son abundantes en bacterias, son muy raros en hongos. Por eso, este hallazgo es doblemente emocionante: no solo se trata de una nueva arma contra el cáncer, sino también de una puerta de entrada a un territorio poco explorado de la biotecnología fúngica.

“Hasta ahora se han encontrado muy pocos RiPPs en hongos, pero casi todos tienen una bioactividad potente”, dijo Nie. “Estamos ante una región inexplorada con un potencial tremendo”.

El próximo paso del equipo será probar las asperigimicinas en modelos animales. Si los resultados son prometedores, se abrirá el camino hacia ensayos clínicos en humanos, aunque este proceso llevará tiempo.

“La naturaleza nos ha dado una farmacia increíble”, concluyó Gao. “Nuestro trabajo como ingenieros es descifrar sus secretos, aprender de ella y usar ese conocimiento para diseñar mejores soluciones”.

REFERENCIA

A class of benzofuranoindoline-bearing heptacyclic fungal RiPPs with anticancer activities