Un gusano en el cerebro de una mujer, que es un parásito de la serpiente pitón, descolocó a los médicos durante meses hasta que lo encontraron
El Secretario de Salud de Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump es Robert F. Kennedy Jr., un señor que además de ser antivacunas, declaró bajo juramento en 2012 que tenía un gusano en el cerebro que le provocaba pérdida de memoria y confusión mental.
Pero si esto suena a fantasía delirante, ahora se convierte en realidad para una mujer en Australia. Los parásitos suelen jugar a lo suyo en silencio, y cuando dan la cara, casi siempre siguen un guion conocido: entran, se instalan donde “toca” y provocan síntomas relativamente previsibles. Por eso, cuando un caso se sale del libreto, el diagnóstico se convierte en una partida de Cluedo biológico en la que faltan cartas y sobran sospechosos.
El gusano en el cerebro que empezó provocando diarrea
Todo empezó en Nueva Gales del Sur, Australia, con una mujer de 64 años que llegó al hospital tras tres semanas de dolor abdominal y diarrea. Además, arrastraba una tos seca persistente y sudores nocturnos. Una tomografía computarizada mostró zonas opacas en los pulmones, señales de que el tejido se había engrosado, probablemente por inflamación o infección, y también aparecieron lesiones en el hígado y el bazo.
Los médicos extrajeron líquido de los pulmones y se encontraron con un dato llamativo: una proporción inusualmente alta de eosinófilos, un tipo de glóbulo blanco que suele dispararse en alergias y, muy a menudo, en infecciones parasitarias. Con esa pista, diagnosticaron una neumonía eosinofílica, una enfermedad poco frecuente, y recetaron prednisolona, un corticoide. La medicación alivió parte de los síntomas, pero la causa de fondo seguía sin nombre y apellidos.
Tres semanas después, la paciente volvió con fiebre y tos, a pesar de seguir con el tratamiento, y las lesiones en los órganos no mejoraban. Las pruebas se acumularon y las respuestas no llegaban. Los cultivos de tejido no mostraron bacterias ni hongos, y los análisis de sangre no detectaron anticuerpos frente a varios parásitos planos conocidos, como los esquistosomas o las duelas hepáticas. Las muestras de heces tampoco dieron pistas.
De los pulmones al cerebro
Como la mujer había viajado a países donde los parásitos intestinales son más comunes, los médicos añadieron ivermectina, un fármaco antiparasitario, y le recomendaron continuar con la prednisolona. Pero la tos no se fue y, cada vez que intentaba bajar la dosis del corticoide, los síntomas empeoraban. Así pasó un tiempo largo, con un cuadro que se mantenía, incómodo y desconcertante.
Aproximadamente un año después de aquella primera visita, el caso dio otro giro. La mujer empezó a mostrar signos de depresión y episodios de olvidos. Una resonancia magnética reveló una lesión en el lóbulo frontal derecho del cerebro, y los médicos decidieron hacer una biopsia abierta para ver qué estaba ocurriendo allí dentro.
Entonces apareció la sorpresa literal: dentro de la lesión había “una estructura con forma de cuerda”. Era un helminto vivo, un gusano parásito, de color rojo brillante. Medía unos 8 centímetros de largo y apenas 1 milímetro de grosor, suficiente para causar estragos y, al mismo tiempo, esconderse en la maraña de síntomas.
El equipo identificó el animal como una larva de tercer estadio de Ophidascaris robertsi, un nematodo nativo de Australia. En su versión adulta, este parásito se reproduce en el interior de pitones alfombra (Morelia spilota), serpientes frecuentes cerca de la casa de la paciente, junto a un lago. Ella no recordaba haber tocado serpientes, pero sí recolectaba a menudo plantas silvestres para cocinar, y la hipótesis más probable es sencilla y desagradable: las hojas o hierbas estaban contaminadas con huevos del parásito, quizá por contacto con heces de pitón.
Tras eclosionar, las larvas pueden migrar por el cuerpo y alcanzar distintos órganos. Que la infección larvaria dure mucho tiempo no es raro en animales de laboratorio, pero en humanos no se había documentado un caso así con este parásito. Y, más aún, nadie había descrito antes una larva de O. robertsi en el cerebro de su huésped.
Los médicos retiraron el gusano del lóbulo frontal y no encontraron más parásitos en el tejido cercano. Después, trataron a la paciente con ivermectina durante dos días y añadieron albendazol durante cuatro semanas, un antiparasitario de amplio espectro que llega al sistema nervioso central con más rapidez. Para evitar inflamación adicional, también recibió dexametasona durante diez semanas.
Seis meses después de la cirugía, y tres meses tras terminar la dexametasona, las lesiones en pulmones e hígado habían desaparecido. El recuento de glóbulos blancos se normalizó, y los síntomas neuropsiquiátricos mejoraron, como si el cerebro, por fin, hubiera recuperado el silencio.
REFERENCIA
Human Neural Larva Migrans Caused by Ophidascaris robertsi Ascarid