Un ensayo con mujeres sugiere que unos ejercicios guiados de respiración diafragmática reducen la depresión y mejoran la función sexual, el deseo y los orgasmos en la menopausia en solo 12 semanas
La menopausia no solo cambia el cuerpo, también afecta al estado de ánimo y la vida sexual. Los sofocos y el insomnio son los síntomas más conocidos, pero la depresión y la disfunción sexual aparecen a menudo en esta etapa y se retroalimentan. Varios trabajos ya apuntaban que entrenar la respiración activa el sistema nervioso parasimpático, baja las hormonas del estrés como el cortisol y ayuda a regular las emociones, pero faltaban ensayos que midieran a la vez salud mental, sexualidad y capacidad física en mujeres posmenopáusicas.
Ahora, un equipo liderado por Saher Lotfy Elgayar ha probado si unos ejercicios de respiración, supervisados y centrados en el diafragma, pueden sumar algo real al tratamiento habitual. Reclutaron a 64 mujeres posmenopáusicas, casadas, de 48 a 60 años, con depresión leve o moderada y disfunción sexual, y las repartieron al azar en dos grupos. Un grupo hizo ejercicios de respiración y el otro no hizo ejercicio, aunque ambas ramas siguieron con su medicación antidepresiva y con lubricantes vaginales adaptados a cada caso.
Menos depresión, más deseo, mejores orgasmos en la menopausia
Los investigadores midieron tres cosas al inicio y a las 12 semanas. Para la depresión usaron el Inventario de Depresión de Beck II, un cuestionario de 21 ítems que da una puntuación total y permite clasificar la gravedad. Para la función sexual utilizaron el Índice de Función Sexual Femenina, con 19 preguntas que exploran deseo, excitación, lubricación, orgasmo, satisfacción y dolor. Para la capacidad de ejercicio eligieron la prueba de los seis minutos, que mide cuántos metros caminas en un pasillo a buen ritmo durante ese tiempo.
El programa respiratorio fue muy concreto y, sí, muy poco glamuroso, pero ahí está su encanto. Tres veces por semana, durante 12 semanas, las participantes acudieron por la mañana a sesiones en grupos de ocho, con dos fisioterapeutas experimentados. Se tumbaban boca arriba con las rodillas flexionadas, relajaban los hombros y seguían un patrón: inhalar por la nariz durante tres segundos, mantener tres segundos y exhalar lentamente por la boca con labios fruncidos durante seis segundos. Con el tiempo, progresaron hasta hacer entre 3 y 5 series de 5 a 10 repeticiones, con dos minutos de descanso entre series, y los supervisores registraron la calidad de la técnica en cada sesión.
Los resultados favorecieron a la respiración en dos frentes. El grupo que entrenó la respiración bajó más su puntuación de depresión que el grupo control, con una diferencia media entre grupos de −4,22 puntos, y esa mejora superó el umbral considerado clínicamente relevante para esa escala. En sexualidad, también ganó la respiración, con una mejora media adicional de 5,01 puntos en el cuestionario global, otra vez por encima del cambio mínimo clínicamente importante. Dicho de forma menos académica, no fue un “me siento un pelín mejor”, fue un cambio que el propio instrumento considera significativo para la vida real.
En cambio, la capacidad de caminar en seis minutos no mejoró de forma clara frente al control. El grupo de respiración caminó más metros al final, pero la diferencia entre grupos se quedó rozando la significación estadística. Los autores sugieren que quizá faltó potencia estadística para detectar ese efecto, porque diseñaron el tamaño muestral pensando sobre todo en la depresión.
El trabajo apunta a una idea muy atractiva: respirar con técnica y constancia puede funcionar como complemento no farmacológico para la depresión y la disfunción sexual en mujeres posmenopáusicas, con un coste bajo y sin efectos adversos reportados.
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