El médico que salvó miles de vidas y sus colegas encerraron en un manicomio
Ignaz Semmelweis redujo la mortalidad materna de una clínica vienesa casi al instante solo con lavarse las manos con una solución de cloro, pero sus colegas lo hundieron
En el Hospital General de Viena de 1847 había dos clínicas de maternidad prácticamente idénticas en todo salvo en quién atendía los partos. En la primera, atendida por médicos y estudiantes de medicina, morían de fiebre puerperal (tras el parto) hasta una de cada diez parturientas. En la segunda, atendida por comadronas, la cifra apenas llegaba a una de cada cincuenta. Las propias mujeres lo sabían: algunas suplicaban que las trasladaran a la clínica de las comadronas, o directamente preferían dar a luz en la calle antes que entrar en la de los médicos. El problema eran los médicos.
Un detalle que nadie más había atado
Ignaz Semmelweis, un joven obstetra húngaro que trabajaba en la clínica de los médicos, se obsesionó con esa diferencia. La pista definitiva llegó cuando un colega suyo, el patólogo Jakob Kolletschka, murió tras cortarse accidentalmente con un bisturí durante la autopsia de una mujer fallecida por fiebre puerperal. Los síntomas de Kolletschka antes de morir eran clavados a los que sufrían las parturientas.
Semmelweis unió las piezas: los médicos y estudiantes pasaban directamente de hacer autopsias a cadáveres en la sala de disección a examinar a las mujeres de parto, sin lavarse las manos entre una cosa y otra. Las comadronas, que no hacían autopsias, no arrastraban consigo lo que él llamó "partículas cadavéricas".
La solución que propuso fue radical para la época: obligar a todo el personal a lavarse las manos con una solución de cal clorada antes de tocar a cualquier paciente. En cuanto se implantó el protocolo, la mortalidad de la clínica de los médicos cayó de forma abrupta, hasta niveles comparables a los de la clínica de las comadronas. El propio Semmelweis lo documentó con meticulosidad, mes a mes, en sus propios registros.
Una idea correcta, cuarenta años antes de su tiempo
El problema de Semmelweis no fue la falta de datos, sino el momento histórico en el que le tocó vivir. Faltaban décadas para que Louis Pasteur formulara la teoría de los gérmenes y para que Joseph Lister aplicara la antisepsia en cirugía. Sin una explicación biológica aceptada que sustentara sus cifras, buena parte de la comunidad médica vienesa interpretó su propuesta como una acusación personal (que los propios médicos eran, sin saberlo, quienes mataban a sus pacientes) y la rechazó de plano. Semmelweis, lejos de suavizar el mensaje, se volvió cada vez más agresivo en sus cartas públicas contra los colegas que se negaban a lavarse las manos, lo que terminó de aislarlo profesionalmente.
Su historia acabó de forma trágica. En 1875 fue ingresado, presuntamente en contra de su voluntad, en un asilo psiquiátrico de Viena, donde murió apenas dos semanas después. La causa, según el análisis histórico de este episodio, fue una infección generalizada a partir de una herida (posiblemente consecuencia de una paliza sufrida durante su ingreso), la misma clase de infección que él había pasado años tratando de prevenir en otros.
La explicación de Semmelweis, centrada solo en las "partículas cadavéricas" de las autopsias, pasaba por alto que cualquier materia orgánica en descomposición (no solo la de un cadáver) podía transmitir la infección, algo que él mismo llegó a intuir en sus últimos escritos sin desarrollarlo del todo. Si hoy nos lavamos las manos, y los médicos lo hacen escrupulosamente, salvando millones de vidas, es en parte gracias a su obstinación y sacrificio.
REFERENCIAS
- Noakes, T.D., Borresen, J., Hew-Butler, T., Lambert, M.I., Jordaan, E. "Semmelweis and the aetiology of puerperal sepsis 160 years on: an historical review". Epidemiology and Infection, vol. 136, n.º 1, pp. 1-9 (2008). DOI: 10.1017/S0950268807008746.
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