La transición de la caza a la agricultura pudo depender más de la competencia y la migración que del clima, como se pensaba hasta ahora.
Durante miles de años, los humanos sobrevivieron gracias a la caza y la recolección. Luego, hace unos 12.000 años, algo cambió: empezaron a cultivar y a asentarse. A este proceso se le llama «revolución neolítica», y durante décadas se creyó que el clima o la geografía fueron los grandes impulsores. Sin embargo, un nuevo estudio desafía esta teoría, sugiriendo que fueron nuestras propias interacciones, migraciones y enfrentamientos entre comunidades lo que realmente provocó el cambio. Para entender mejor este giro, hay que familiarizarse con conceptos como «modelos depredador-presa», usados en ecología para describir cómo interactúan dos poblaciones (como lobos y ciervos) y que ahora se aplican, con ingenio, a humanos cazadores y agricultores.
Un equipo internacional de investigadores de instituciones como la Universidad de Bath, el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, la Universidad de Cambridge y UCL ha publicado un estudio en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) que desafía una de las ideas más arraigadas sobre el origen de la agricultura. Hasta ahora, se pensaba que el paso de la caza y la recolección a la agricultura fue impulsado principalmente por factores externos, como el aumento de las temperaturas tras la última Edad de Hielo, un mayor nivel de precipitaciones o el acceso a fértiles valles fluviales. Sin embargo, este nuevo trabajo pone el foco en algo mucho más humano: nuestras propias relaciones sociales y demográficas.
Según los investigadores, el nacimiento de la agricultura no fue simplemente una respuesta pasiva al entorno. Al contrario, los humanos desempeñaron un papel activo y dinámico en este proceso. Utilizando un modelo matemático inspirado en los estudios de interacción entre depredadores y presas —comúnmente usados en biología para entender cómo coexisten especies como lobos y ciervos—, el equipo exploró cómo los primeros agricultores y los cazadores-recolectores influyeron mutuamente en su desarrollo.
Así forzaron los agricultores a los cazadores-recolectores
Los resultados muestran que la transición hacia la agricultura estuvo marcada por la migración, la competencia territorial y el intercambio cultural. En lugar de imaginar a los primeros agricultores estableciéndose tranquilamente en tierras fértiles, este modelo sugiere un panorama más turbulento: el auge de las poblaciones agrícolas afectó directamente a las comunidades cazadoras-recolectoras, empujándolas a adaptarse, mezclarse o desplazarse.
El Dr. Javier Rivas, del Departamento de Economía de la Universidad de Bath, explicó: «Nuestro estudio ofrece una nueva perspectiva sobre las sociedades prehistóricas. Al ajustar estadísticamente nuestro modelo teórico de depredador-presa a las dinámicas de población inferidas mediante dataciones por radiocarbono, analizamos cómo el crecimiento poblacional moldeó la historia y descubrimos patrones interesantes, como la manera en que la expansión de la agricultura —por tierra o mar— afectó las interacciones entre distintos grupos. Más importante aún, nuestro modelo también destaca el papel de la migración y la mezcla cultural en el auge de la agricultura».
Esto significa que el origen de la agricultura no puede entenderse simplemente observando los factores medioambientales; hay que considerar también los vínculos sociales, las tensiones entre grupos humanos y cómo el crecimiento poblacional fue empujando a las comunidades a transformarse.
El estudio también muestra que este proceso de transición fue complejo y no se produjo de forma homogénea en todo el planeta. En algunas regiones, como el Creciente Fértil en Oriente Medio, los primeros agricultores probablemente expandieron sus territorios, entrando en contacto —y en competencia— con poblaciones cazadoras locales. En otros lugares, pudo haber una convivencia más larga o una adaptación gradual a las nuevas prácticas agrícolas.
Además, el modelo revela que el proceso pudo haberse acelerado no solo por la ventaja demográfica de los agricultores —capaces de alimentar a más personas con menos terreno—, sino también por las dinámicas de interacción social, como el mestizaje cultural y la adopción de nuevas tecnologías por parte de los cazadores.
El equipo de investigación planea seguir perfeccionando el modelo, añadiendo más datos y aplicándolo a regiones más amplias para observar si se repiten los mismos patrones históricos. La ambición a largo plazo es que esta herramienta matemática se convierta en un estándar para estudiar cómo interactuaron las poblaciones humanas en otros momentos clave de la historia, más allá del paso a la agricultura.
El Dr. Rivas concluye: “Esperamos que los métodos que hemos desarrollado lleguen a ser una herramienta estándar para comprender cómo interactuaron las poblaciones en el pasado, ofreciendo nuevas perspectivas sobre otros momentos clave de la historia, no solo sobre el surgimiento de la agricultura”.
Este nuevo enfoque no solo cambia la narrativa sobre nuestros orígenes agrícolas, sino que también nos recuerda una lección importante: la historia de la humanidad no siempre la escribe el clima, muchas veces la escribimos nosotros mismos.
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