Un organismo gigante del Devónico desafía toda clasificación moderna. ¿Un linaje extinto sin parientes vivos? La biología resucita uno de sus mayores misterios.
Durante el periodo Devónico temprano, hace más de 400 millones de años, la vida en la Tierra experimentaba una explosión de diversidad. Entre helechos primitivos y primeras plantas vasculares, emergieron formas de vida que hoy nos resultan irreconocibles. Una de ellas es Prototaxites, un fósil que desafía cualquier clasificación conocida. Los científicos han debatido durante décadas si se trataba de un hongo, una planta, un alga o algo completamente distinto. Para comprender el misterio, conviene saber que los eucariotas son organismos cuyas células tienen núcleo y estructuras internas complejas. También hay que conocer compuestos como la quitina, típica de hongos, y la lignina, presente en las plantas. Este vocabulario es esencial para seguir las pistas que nos dejó este fósil gigante.
Un misterio de 165 millones de años
Durante más de 165 años, Prototaxites ha sido un rompecabezas biológico. Con hasta ocho metros de altura, se alzaba sobre el paisaje del Silúrico tardío, pareciendo un tronco sin ramas ni hojas. Descubierto en 1859 por el geólogo canadiense John William Dawson, que lo interpretó como un tronco de conífera en descomposición, el nombre —que significa “primera conífera”— se mantuvo, aunque nunca encajó del todo.
Con el tiempo, la hipótesis de que se trataba de un hongo ganó tracción, especialmente tras los estudios del paleontólogo Francis Hueber en 2001. Hueber argumentó que ciertas estructuras tubulares halladas en el fósil recordaban la anatomía de un hongo gigante. En 2017, otros investigadores incluso creyeron ver cuerpos fructíferos —estructuras reproductivas típicas de los hongos ascomicetos— en los restos fósiles. Pero había un problema: esos supuestos órganos reproductores nunca estaban conectados al cuerpo principal del organismo. ¿Y si eran fragmentos de otro ser?
Ahora, un nuevo estudio liderado por científicos de la Universidad de Edimburgo ha puesto patas arriba todas las teorías anteriores. Al analizar una especie escocesa del fósil, Prototaxites taiti, conservada en la excepcional formación de Rhynie chert, los investigadores han descubierto que el organismo no se parece químicamente ni anatómicamente a ningún hongo conocido.
No es un hongo, ni un animal, ni una planta
La clave fue un fósil etiquetado como NSC.36, una sección transversal que reveló unas enigmáticas manchas oscuras llamadas «manchas medulares», junto con una red compleja de tres tipos de tubos internos. El primero, fino y ramificado. El segundo, más grueso y con paredes dobles lisas. El tercero, el más extraño: tubos gruesos con engrosamientos en forma de anillos, sin equivalente en ningún hongo conocido. Estos tubos se entrelazaban en una estructura densa e intrincada.
A nivel microscópico, la confusión aumentó. Las manchas medulares contenían todos los tipos de tubos, además de filamentos aún más finos de solo un micrómetro de diámetro. El patrón de ramificación era un caos absoluto, sin el orden jerárquico típico de los hongos actuales. En palabras del equipo: “No existen estructuras análogas a las manchas medulares en los hongos actuales”.
Descartada su naturaleza fúngica, el equipo pasó a analizar su composición química usando espectroscopía FTIR, una técnica que identifica moléculas según cómo absorben la luz infrarroja. Compararon P. taiti con hongos, plantas, animales y bacterias del mismo yacimiento. El resultado fue desconcertante: Prototaxites no contenía quitina ni quitósano, componentes clave de las paredes celulares fúngicas. Tampoco presentaba perileno, un marcador químico típico de los ascomicetos.
En lugar de eso, las células del fósil contenían compuestos aromáticos y fenólicos similares a la lignina vegetal, aunque con una química diferente. Parecía lignina, pero no era vegetal. Una rareza total.
Para rematar, el equipo aplicó modelos de aprendizaje automático para comparar las «huellas moleculares» del fósil con las de otros organismos. Los algoritmos, entrenados para distinguir grupos biológicos, identificaron Prototaxites como algo completamente distinto con una precisión superior al 90%.
Prototaxites no era planta, hongo, animal, bacteria, alga, liquen ni oomiceto. No encajaba en ningún grupo conocido. Los investigadores propusieron que se trata de un eucariota extinto, perteneciente a un linaje que no ha dejado descendencia alguna.
Aunque probablemente se alimentaba de materia en descomposición —como hacen los saprótrofos— y vivía anclado al suelo, su biología interna era única. Formaba estructuras verticales gigantescas desde una red subterránea, como si la naturaleza hubiese probado una arquitectura biológica que nunca más volvió a usar.
Prototaxites fue, según los autores, un “experimento perdido de la evolución”. Sin parientes vivos, sin un lugar claro en el árbol de la vida, y sin pistas definitivas sobre su comportamiento o ciclo vital. Solo un fósil gigante que, millones de años después, sigue haciendo que la biología se rasque la cabeza.
Este descubrimiento no solo resucita un misterio paleontológico, sino que recuerda que la historia de la vida en la Tierra está llena de caminos olvidados, linajes que surgieron, prosperaron un tiempo, y luego desaparecieron para siempre. En el caso de Prototaxites, quizá nunca sepamos exactamente qué fue… pero lo que sí sabemos es que no se parece a nada más.
REFERENCIA
Prototaxites was an extinct lineage of multicellular terrestrial eukaryotes