Una investigación en EE. UU. revela que incluso las formas más indirectas de acoso online pueden generar síntomas de estrés postraumático en jóvenes.

El ciberacoso es una forma de violencia digital que abarca desde insultos y amenazas hasta comportamientos más sutiles como excluir a alguien de un grupo de chat o difundir rumores. Este tipo de agresión, que ocurre en entornos virtuales como redes sociales o mensajería instantánea, se ha convertido en una amenaza creciente para la salud mental de los adolescentes. Entre sus posibles consecuencias se encuentran trastornos emocionales severos como el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), una afección que puede surgir tras vivir experiencias intensamente estresantes o traumáticas.

Un nuevo estudio nacional liderado por la Florida Atlantic University (FAU), en colaboración con la Universidad de Wisconsin-Eau Claire, concluye que cualquier forma de ciberacoso —incluso las más indirectas— puede causar síntomas significativos de trastorno de estrés postraumático (TEPT) en adolescentes. Los resultados, publicados en la revista BMC Public Health, respaldan la idea de que el acoso digital debe ser considerado una experiencia adversa en la infancia (ACE, por sus siglas en inglés), un tipo de trauma con posibles efectos a largo plazo sobre la salud emocional, psicológica y física.

A pesar de que muchas personas asumen que solo el acoso más extremo —como las amenazas directas o los ataques basados en la identidad— tiene consecuencias serias, la investigación muestra una realidad más inquietante: incluso el ciberacoso menos visible puede ser igual de dañino. Según el estudio, lo que más influyó en los síntomas traumáticos fue la cantidad total de acoso sufrido, independientemente del tipo. Es decir, cuanto más frecuente era el acoso, mayores eran los síntomas de trauma.

El equipo analizó los testimonios de 2.697 estudiantes de secundaria y bachillerato, de entre 13 y 17 años, en una muestra representativa a nivel nacional en Estados Unidos. Investigaron 18 tipos diferentes de ciberacoso, entre ellos la exclusión (por ejemplo, ser dejado fuera de un chat grupal), la suplantación de identidad (crear cuentas falsas en nombre de otra persona) y el acoso persistente (seguir controlando a alguien a pesar de que ya se ha pedido que se detenga).

Una de las conclusiones más destacadas es que las formas de acoso consideradas “leves” —como la exclusión o los comentarios crueles— fueron tan traumáticas como las amenazas físicas. Incluso el ser blanco de rumores o burlas tuvo un impacto emocional similar al acoso por motivos de raza o religión. “Nuestro estudio demuestra con claridad que el ciberacoso, sea cual sea su forma, puede provocar traumas importantes en la juventud”, afirmó Sameer Hinduja, doctor en criminología y autor principal del estudio. “Nos sorprendió descubrir que ningún tipo específico de ciberacoso causaba más daño que otro; todos implicaban un riesgo similar de consecuencias traumáticas. Esto significa que no podemos permitirnos trivializar ciertos comportamientos o considerarlos ‘menos graves’”.

La investigación también mostró que más del 50% de los estudiantes encuestados había sido víctima de comentarios hirientes o rumores en línea, y una proporción similar había sido excluida deliberadamente de grupos de chat. De hecho, el 87% había sufrido al menos una de las 18 formas de victimización digital identificadas. Esto pone de manifiesto lo común que se ha vuelto esta forma de violencia, normalizada en muchas interacciones juveniles por internet.

En cuanto a los efectos demográficos, las chicas y los adolescentes más jóvenes mostraron niveles más altos de síntomas traumáticos. Sin embargo, cuando los investigadores tuvieron en cuenta la cantidad de acoso que había sufrido cada estudiante, las diferencias por edad y género perdieron importancia. “Lo que realmente marcaba la diferencia era la cantidad total de ciberacoso recibido”, señaló Hinduja. “De hecho, el ciberacoso por sí solo explicó el 32% de las variaciones en los niveles de trauma entre los estudiantes”.

El estudio subraya la importancia de investigar los factores que podrían proteger a los jóvenes, como el apoyo familiar, las amistades cercanas o la resiliencia emocional. También plantea preguntas importantes sobre si estos efectos traumáticos disminuyen con el tiempo o persisten hasta la edad adulta. Los investigadores abogan por un enfoque educativo informado por el trauma, que priorice la seguridad emocional y psicológica de los estudiantes, incluya planes de intervención en crisis y prepare a educadores y profesionales para identificar y abordar señales de trauma de forma empática.

“Proteger realmente a los jóvenes requiere crear entornos seguros, donde se tomen en serio incluso las formas más sutiles de acoso, porque pueden tener consecuencias graves para el bienestar emocional de los adolescentes”, concluyó Hinduja.

Este estudio refuerza una advertencia clara: no hay forma “inofensiva” de ciberacoso. Si queremos cuidar la salud mental de la próxima generación, debemos mirar más allá de los insultos visibles y empezar a intervenir desde el primer rumor.

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