Un nuevo estudio revela que los cerebros de los conspiranoicos funcionan de forma distinta al procesar información, activando zonas ligadas a la incertidumbre y la valoración emocional.

Las teorías de la conspiración son narrativas que explican eventos complejos o inquietantes atribuyéndolos a acciones ocultas y maliciosas de grupos poderosos. Estas creencias, lejos de ser simples malentendidos, activan procesos cerebrales específicos.

Creer en teorías de la conspiración no es solo una cuestión de personalidad o educación; también tiene una base neurológica, según un nuevo estudio publicado en Scientific Reports. La investigación, liderada por el Dr. Shuguang Zhao del Centro de Investigación en Periodismo y Desarrollo Social de la Universidad Renmin de China, demuestra que las personas con alta propensión a creer en conspiraciones procesan la información de manera diferente a nivel cerebral.

“Nuestra motivación para este estudio surgió de una laguna evidente en la literatura”, explicó Zhao. “Aunque las teorías de la conspiración influyen profundamente en la sociedad —desde la política hasta las decisiones sanitarias—, aún sabemos muy poco sobre cómo las procesa el cerebro.”

Según Zhao, la pandemia de COVID-19 fue un catalizador: “Durante esta crisis global, teorías como que el virus fue creado en un laboratorio o que las vacunas escondían agendas secretas se propagaron rápidamente. Eso resaltó la necesidad de entender no solo qué cree la gente, sino cómo evalúan esas creencias cuando se enfrentan a información amenazante o ambigua.”

El equipo reclutó a 388 personas de habla china para completar encuestas que miden la creencia conspirativa mediante escalas validadas, como la Generic Conspiracist Beliefs Scale. A partir de esos resultados, seleccionaron al 10% con puntuaciones más altas y al 10% con puntuaciones más bajas. De ellos, 31 participaron en la parte neurocientífica del estudio: 19 con alta creencia conspirativa y 12 con baja. Todos eran jóvenes adultos diestros, sin trastornos neurológicos ni psiquiátricos.

Durante el experimento, los participantes fueron colocados en un escáner de resonancia magnética funcional. Allí leyeron y escucharon 72 publicaciones similares a las que se ven en la red social Weibo. La mitad contenía afirmaciones conspirativas, y la otra mitad, hechos contrastados procedentes de medios oficiales. Después de cada una, debían calificar en qué medida creían esa información.

Ambos grupos tendían a creer más en afirmaciones fácticas que en conspirativas. Sin embargo, quienes tenían una fuerte inclinación conspirativa mostraron una mayor tendencia a creer en contenidos conspirativos, en comparación con el grupo de baja creencia. En cambio, no se encontraron diferencias significativas entre los grupos en la evaluación de información factual, lo que sugiere que la diferencia se limita específicamente al contenido conspirativo.

“Fue sorprendente ver que los individuos con alta creencia en conspiraciones no eran más crédulos en general”, señaló Zhao. “Su sesgo aparecía solo ante contenidos conspirativos, lo que indica que no se trata de una credulidad generalizada, sino de un estilo selectivo de procesamiento de la información.”

En cuanto a la actividad cerebral, las diferencias fueron claras. Al evaluar información conspirativa, los participantes con alta creencia mostraron mayor activación en la corteza prefrontal ventromedial y dorsomedial. Estas zonas están implicadas en asignar valor emocional a la información y manejar la incertidumbre. En particular, la ventromedial ayuda a determinar qué tan valiosa es una información en función de creencias previas, mientras que la dorsomedial se activa cuando hay que mantener creencias estables en situaciones ambiguas.

Por el contrario, los participantes con baja creencia conspirativa activaron más el hipocampo y el precúneo al procesar afirmaciones conspirativas. Estas áreas están relacionadas con la memoria y la referencia autobiográfica. El hipocampo permite integrar información nueva con conocimientos previos, y el precúneo está implicado en recordar experiencias pasadas e imaginar escenarios futuros. Esta diferencia sugiere que quienes rechazan conspiraciones tienden a evaluar lo que leen comparándolo con experiencias y conocimientos previos.

Curiosamente, las diferencias en la actividad cerebral aparecieron solo ante contenido conspirativo. Ante información fáctica, ambos grupos mostraron patrones similares de activación cerebral. Esto refuerza la idea de que la creencia conspirativa no refleja un estilo cognitivo general, sino un procesamiento específico del contenido conspirativo.

“El hallazgo más importante es que las creencias conspirativas no son simplemente una señal de menor inteligencia o mayor ingenuidad”, recalcó Zhao. “Nuestros resultados muestran que estas personas utilizan rutas neuronales diferentes para procesar ciertos tipos de información.”

“Conductualmente, vimos que quienes creen en conspiraciones tienden a aceptar más afirmaciones conspirativas, pero procesan información factual con la misma precisión que los demás. A nivel neural, observamos una divergencia clara: mientras que los creyentes activaban zonas relacionadas con juicios de valor y manejo de incertidumbre, los no creyentes recurrían a estructuras asociadas a la memoria y la experiencia personal.”

Esto, concluye el equipo, podría explicar por qué las teorías de la conspiración son tan resistentes a la evidencia contraria: no se trata solo de lo que las personas creen, sino de cómo procesan y sostienen esa información en su cerebro.

El estudio, no obstante, tiene sus limitaciones. El tamaño de la muestra fue reducido y todos los participantes eran hablantes nativos de chino, reclutados en un entorno universitario. Además, el uso de publicaciones tipo Weibo puede no extrapolarse a otros contextos culturales o plataformas digitales diferentes.

Como próximo paso, Zhao y su equipo planean ampliar el estudio al campo de la desinformación generada por inteligencia artificial. “Con el avance de la IA, es urgente entender cómo la información plausible pero falsa afecta la confianza, el razonamiento y la toma de decisiones”, afirmó. “Nuestro objetivo a largo plazo es identificar los mecanismos cognitivos y neuronales que hacen a las personas vulnerables a la desinformación, y encontrar formas efectivas de mitigar esos riesgos”.

REFERENCIA

Neural correlates of conspiracy beliefs during information evaluation