El olor de la vulva es una señal para el macho de la especie de que la hembra está ovulando y es fértil, ¿por qué los humanos han perdido esta habilidad?
La biología evolutiva ha debatido desde hace tiempo los motivos por los que la la ovulación humana es, supuestamente, invisible. Las hembras de los babuinos, por ejemplo, muestran hinchazones sexuales, aumento de tamaño y cambio de color de su vulva, algo que funciona como un semáforo para avisar a los machos de su estado reproductivo.
Pero, a diferencia de otras especies de primates, las mujeres no muestran señales externas claras cuando son fértiles. Aun así, diversos estudios han planteado que podrían existir indicios sutiles, como cambios en la voz, el comportamiento o el olor corporal. La llamada hipótesis del «indicio filtrado» propone que algunas señales fisiológicas asociadas a la ovulación podrían escaparse sin intención y ser percibidas por los machos.
Un nuevo estudio ha querido poner a prueba esta idea de manera más directa: pidiendo a hombres que huelan muestras de vulvas de mujeres. Para ello, los investigadores pidieron a varias mujeres que recogieran muestras de olor de la zona vulvar en distintas fases de su ciclo menstrual. Posteriormente, un grupo de hombres evaluó cientos de estas muestras, calificando su intensidad y atractivo.
El olor de la vulva no consigue enviar el mensaje
El objetivo consistía en analizar si existían diferencias sistemáticas en la percepción masculina según el momento del ciclo. Es importante subrayar que los participantes no sabían en qué fase se encontraba cada muestra, ni se les pidió que identificaran la ovulación como tal. Solo debían valorar lo que olían.
Los resultados revelaron variaciones estadísticas en las puntuaciones. En promedio, los olores correspondientes a la fase ovulatoria recibieron valoraciones ligeramente distintas respecto a otras fases del ciclo. Sin embargo, el estudio no demuestra que los hombres puedan identificar de manera consciente o fiable cuándo una mujer está ovulando. Tampoco indica que exista una capacidad específica para “detectar” la fertilidad.
Los autores interpretan estos hallazgos como un posible apoyo parcial a la hipótesis del indicio filtrado. Es decir, el cuerpo podría experimentar cambios hormonales que alteran su perfil químico durante la fase fértil. Estos cambios, relacionados sobre todo con variaciones en los niveles de estrógenos, podrían influir en la percepción olfativa. Pero eso no equivale a afirmar que los hombres dispongan de un mecanismo preciso para reconocer la ovulación.
Además, el olor corporal depende de múltiples factores. La dieta, la microbiota cutánea, la higiene, el uso de productos cosméticos y las diferencias individuales en sensibilidad olfativa pueden modificar la percepción. Estas variables complican la extrapolación de los resultados al mundo real.
Otro punto clave es que los efectos observados fueron modestos. En ciencia del comportamiento, una diferencia estadísticamente significativa no siempre implica un impacto fuerte o evidente en la vida cotidiana. Los propios investigadores advierten que las conclusiones deben interpretarse con cautela.
En conjunto, el estudio aporta datos interesantes sobre cómo el ciclo menstrual puede asociarse a variaciones químicas detectables en condiciones controladas. No confirma, sin embargo, que la ovulación humana deje una señal inequívoca ni que los hombres puedan reconocerla con precisión. La fertilidad, si se filtra, lo hace de forma sutil y estadística, no como una alarma biológica evidente.
Esto a su vez reafirma otra hipótesis: el sexo en los humanos no tiene como única finalidad la reproducción, y no se restringe a los días fértiles, sino que actúa como herramienta de cohesión de los grupos, que han dependido de la colaboración para sobrevivir a lo largo de cientos de miles de años.
REFERENCIA