Nuevos estudios constatan que conservadores y extremistas muestran más resistencia para cambiar sus creencias ante nuevas pruebas, pero las diferencias son minúsculas
Un nuevo par de estudios a gran escala en Estados Unidos indica que, aunque los conservadores y los extremistas muestran una menor tendencia a actualizar creencias ante nueva evidencia, los efectos son muy pequeños. La investigación, publicada en la revista Political Psychology, cuestiona las afirmaciones tajantes sobre un vínculo fuerte entre ideología política y rigidez cognitiva.
El trabajo se planteó como una colaboración adversaria, un enfoque donde investigadores con visiones opuestas se unen para diseñar un test que ambas partes aceptan como imparcial. Así se intenta minimizar sesgos que podrían colarse cuando cada equipo configura un estudio a su medida.
“Hay una tradición amplia y antigua en examinar las relaciones entre ideología y rigidez”, explica la autora de correspondencia, Shauna Bowes, profesora asistente en la Universidad de Alabama en Huntsville. “Buena parte de esta literatura ha estado marcada por el debate, y es vasta y compleja. Una colaboración adversaria reúne a estudiosos en desacuerdo para examinar una pregunta de investigación, lo que ofrece la oportunidad de un trabajo más preciso y matizado. Aquí, los adversarios buscaban aportar claridad sobre la naturaleza de estas relaciones, poniendo a prueba tres hipótesis principales”.
Durante décadas, la psicología ha explorado los fundamentos de las creencias políticas. Una idea influyente ha sido la “rigidez de la derecha”. Según este enfoque, el conservadurismo se relaciona con un estilo de pensamiento menos flexible y una mayor necesidad de certeza. La consecuencia esperable es una menor apertura para cambiar de opinión.
Otra perspectiva, el modelo de simetría, ofrece una explicación distinta. Sus defensores sostienen que motivaciones psicológicas como encajar en el grupo y evitar sanciones sociales pueden llevar a pensar de forma rígida en cualquier bando. No habría razones para esperar que un lado sea más flexible que el otro. Las diferencias dependerían del tema concreto.
Una tercera propuesta es la “rigidez de los extremos”. Aquí la inflexibilidad no va de izquierdas o derechas, sino de alejarse del centro. Quienes sostienen posturas muy extremas, ya sea a la izquierda o a la derecha, tenderían a mayor rigidez. Las ideologías radicales suelen ofrecer respuestas claras a problemas complejos, lo que favorece la certeza y la resistencia a considerar alternativas.
Un reto clave ha sido definir y medir “rigidez”. El término se ha usado de muchas maneras y varias medidas populares han recibido críticas por incluir preguntas sesgadas hacia una ideología. Para evitarlo, los equipos colaboradores revisaron decenas de formas de medirla. Tras un proceso de descarte, acordaron de forma unánime una operacionalización válida y neutral: actualización de creencias basada en evidencia. En palabras llanas, medir cuánto cambia alguien su creencia sobre una afirmación después de ver datos que la respaldan. Quien cambia menos, se considera más rígido.
Motivaciones psicológicas como encajar en el grupo y evitar sanciones sociales pueden llevar a pensar de forma rígida en cualquier bando
Antes de los estudios principales, el equipo hizo un pretest con más de 2.000 participantes. Buscaban pares de enunciados políticos ideológicamente equilibrados. Generaron afirmaciones con argumentos favorables tanto a visiones liberales como conservadoras sobre un mismo tema. Por ejemplo, una decía que quienes son liberales en asuntos sociales obtienen puntuaciones más altas en test de inteligencia, y su contraparte afirmaba que quienes son fiscalmente conservadores obtienen puntuaciones más altas. Analizando cómo valoraban estas frases personas con ideologías distintas, seleccionaron pares sin sesgo general. Así aseguraban una prueba equitativa.
En el primer estudio, casi 2.500 participantes en Estados Unidos calificaron su acuerdo con varias afirmaciones políticas. Tras una valoración inicial, vieron un breve texto con información de una fuente creíble, como una universidad, que apoyaba la afirmación. Un ejemplo era “La economía estadounidense rinde mejor con presidentes demócratas que con presidentes republicanos”, seguido de evidencia institucional que respaldaba ese enunciado. Luego, los participantes volvían a valorar la misma afirmación. El cambio entre la primera y la segunda puntuación se convirtió en su índice de actualización de creencias.
Los resultados del primer estudio mostraron una relación débil pero significativa. Quienes se identificaban como conservadores sociales o conservadores en general actualizaban sus creencias ligeramente menos que los liberales. El análisis también encontró que el extremismo político general se asociaba con menor actualización. Sin embargo, el tamaño de los efectos fue muy pequeño.
Para hacerse una idea, un incremento de una desviación estándar en conservadurismo o extremismo se traducía en menos de 1,5 puntos de diferencia en una escala de 200 puntos de actualización. “Me sorprendió lo consistentemente pequeños que fueron los resultados”, comentó Bowes. “Estudios previos quizá confundieron medidas de ideología y de rigidez, lo que puede inflar artificialmente los tamaños de efecto. Como los adversarios diseñaron a propósito una medida neutral respecto a la ideología, los efectos fueron pequeños. Y, desde mi perspectiva, menores de lo que habría supuesto inicialmente”.
El segundo estudio buscó replicar y ampliar el primero. Esta vez reclutaron a más de 3.700 participantes en Estados Unidos, con un esfuerzo especial por incluir personas de los extremos ideológicos. También hicieron la evidencia más atractiva, presentándola con formato de publicación de un instituto de investigación. El procedimiento básico fue el mismo, valorar una afirmación antes y después de ver evidencia.
Los hallazgos del segundo estudio reflejaron los del primero. De nuevo, el conservadurismo general y social se asociaron débilmente con menor actualización de creencias. En esta muestra más grande y con más extremos, todas las medidas de extremismo también se vincularon de forma significativa con menos actualización. Las personas de la extrema derecha tendieron a ser ligeramente más rígidas que las de la extrema izquierda. Pese a la consistencia, los efectos siguieron siendo diminutos y, en términos prácticos, poco relevantes.
Al combinar los datos de ambos estudios, los autores construyeron un conjunto con más de 6.000 participantes. El análisis conjunto confirmó lo anterior. Conservadurismo y extremismo se asociaron con una disposición ligeramente menor a cambiar de opinión ante evidencia. Pero el tamaño de estas relaciones fue sistemáticamente muy pequeño. La ideología política se mostró un predictor muy pobre de cuánto actualiza la gente sus creencias en esta tarea.
Los autores, que representan posiciones enfrentadas en el debate original, llegaron a una conclusión compartida. Los centristas y moderados actualizaron más, es decir, mostraron menor rigidez. Al comparar grupos, las personas de la derecha, en especial las de la extrema derecha, fueron ligeramente más rígidas. Sin embargo, la debilidad e inconsistencia de estos efectos según la medida empleada cuestiona la importancia práctica de este vínculo.
“Las relaciones entre ideología política y rigidez, que en este contexto fue rigidez de creencias, es decir, menor disposición a actualizar tras evidencia, son en general pequeñas, lo que pone en duda la importancia práctica de las diferencias ideológicas en rigidez en este contexto”, explicó Bowes. “Hubo apoyo semicontinuo para la hipótesis de la rigidez de la derecha y para la rigidez de los extremos”. “Dicho esto, los adversarios reconocen que, dado que los resultados son pequeños y solo semicontinuos, se podría interpretar razonablemente que apoyan perspectivas de simetría”. La próxima pregunta, sugieren, no es quién es más rígido en abstracto, sino cuándo y en qué temas aparecen de verdad estas diferencias.
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