Después de 30 años la Estación Espacial Internacional (ISS) se prepara para su final, y la NASA, científicos y sociólogos debaten qué perderemos con ello
La Estación Espacial Internacional nació como una apuesta técnica, científica y política. Desde 1998 ha alojado tripulaciones sin pausa y ha dado lugar a una red global de operaciones, experimentos y datos abiertos. En 2030, según los planes de la NASA, se desorbitará de forma controlada sobre el Pacífico, mientras Estados Unidos intenta dar el salto a estaciones privadas en órbita baja, las llamadas CLD (destinos comerciales en órbita baja). Ese traspaso entusiasma a unos y preocupa a otros, que dudan de que el sector privado preserve las reglas y prioridades de la ciencia pública.
Para la socióloga Paola Castaño Rodríguez, de la Universidad de Exeter, depende de quién mire. Castaño estudia cómo se hace ciencia en la Estación Espacial Internacional, cómo equipos de países distintos cooperan en microgravedad y con qué criterios se valora esa producción. “Cuando hablamos de vuelos espaciales todo el mundo usa la palabra ‘nosotros’, pero cuando eres socióloga lo primero que preguntas es, ¿quiénes son ‘nosotros’?”, dijo en declaraciones a Space.com. “Del mismo modo que hay entusiastas, también hay mucha gente para quien esto es un despilfarro obsceno de dinero”.
Además, está el dinero. Construir y operar la estación ha costado en torno a 150.000 millones de dólares, y la NASA invierte unos 3.000 millones al año en mantenerla. Con ese precio, muchos esperan hallazgos con titulares mayúsculos, como curar el cáncer o detectar materia oscura, promesas que ayudaron a justificar el proyecto en los noventa. La realidad ha sido más discreta que revolucionaria. La propia NASA contabiliza más de 4.000 experimentos en 25 años y 4.400 artículos, valiosos pero pocos momentos “eureka”.
Castaño Rodríguez propone otra vara de medir. Sostiene que nos fijamos demasiado en el resultado final y muy poco en la infraestructura del conocimiento. “Se da por hecho todo el trabajo de infraestructura, de operaciones y de procesos que, para mí, es el resultado clave de la estación, aprender a hacer ciencia en un entorno tan adverso”, afirma. En su investigación y en un libro en preparación, repasa historias como la primera lechuga cultivada en órbita, o el estudio de los gemelos Mark y Scott Kelly y el espectrómetro alfa magnético, que exigen coreografías complejas de ingeniería, logística y tiempo de astronauta.
Las estaciones privadas y sus intereses económicos
Aquí aparece la gran incógnita del relevo comercial. Compañías como Axiom Space, Blue Origin y el consorcio Starlab Space con Northrop Grumman han firmado acuerdos con la NASA para diseñar y construir nuevas estaciones privadas. Pero, ¿cómo decidirán qué experimentos vuelan, cuando pagar por el tiempo de plataforma sea parte del modelo de negocio? En Estados Unidos, las “encuestas decenales” de las Academias Nacionales, paneles que cada diez años fijan prioridades científicas por pares, marcan hoy la agenda del laboratorio orbital. “¿Responderán las empresas a algo como las encuestas decenales?”, se pregunta Castaño. “La implicación es que los científicos se conviertan en clientes de pago y que solo lleguen los experimentos que se puedan costear”.
La estación también ha impulsado la ciencia abierta. Los archivos y catálogos que generan sus instrumentos permiten a equipos de todo el mundo reutilizar y reanalizar datos sin volar al espacio. Esa cultura, dice Castaño, es “un aspecto de infraestructura muy internacional”. Pero para trasladarla a plataformas privadas serán necesarios contratos con cláusulas claras de acceso, propiedad intelectual y publicación.
Mientras tanto, el tiempo corre. La NASA ya ha publicado su informe técnico de desorbitado y ha adjudicado a la industria el futuro vehículo que guiará la reentrada. El plan busca evitar un vacío en la presencia humana en órbita baja, aunque incluso los propios auditores de la agencia han advertido de riesgos de calendario y financiación para que las estaciones privadas lleguen a tiempo. La transición decidirá no solo dónde trabajaremos, sino también cómo entenderemos el valor de la ciencia fuera de la Tierra.
Al final, tal vez la frase que Castaño recoge de un veterano de la Expedición 1 lo resuma todo: “Me miró directamente a los ojos y dijo, ‘la estación es el experimento’”. Los módulos caerán al mar, pero el experimento social y científico seguirá si cuidamos su legado.
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