En el Kia Sportage la juventud es una actitud. Así es cómo se renueva un coche y las causas que le llevan a hacerlo.

Hay coches que envejecen con dignidad, y otros que se reinventan antes de que el espejo les devuelva una arruga. El Kia Sportage pertenece al segundo grupo. Desde que debutó en los 90, este SUV ha sabido mantenerse, y su última renovación confirma que el truco no está en cambiarlo todo, sino solo lo necesario. Y eso es lo que ha hecho este superventas europeo —más de siete millones de unidades vendidas en todo el mundo— sometiéndose a una cirugía estética medida, casi quirúrgica: nueva iluminación, interiores de inspiración premium, una digitalización propia de sus hermanos mayores y una parrilla Tiger Nose (nariz de tigre) más tensa típica de la casa.

El origen de este diseño de Kia se remonta al año 2006, cuando Peter Schreyer se unió a la compañía como director de diseño. Schreyer, reconocido por su trabajo en Audi, tenía la misión de revitalizar la imagen de Kia y crear una identidad propia para la marca. Y lo hizo inspirándose en la fuerza del tigre, un animal simbólico en Corea, porque al fin y al cabo sus nuevos jefes eran coreanos. Y esa identidad se mantiene actualizada en el nuevo Kia Sportage. No hay rupturas, solo evolución. Y en el mercado actual, eso es casi una declaración de principios.

El arte del retoque

En la industria del automóvil, un facelift es el equivalente a un corte de pelo estratégico: no cambia tu ADN, pero te devuelve el protagonismo. ¿Cuándo se realiza? El ciclo de vida de un coche ronda los seis o siete años, y hacia la mitad de ese recorrido, los diseñadores preparan sus lápices para actualizar la estética.

Abres la puerta y lo primero que piensas es que alguien se ha equivocado al ubicar al Kia Sportage en el segmento C

El nuevo Kia Sportage, fabricado en Žilina (Eslovaquia), llega justo en ese punto de madurez. No necesitaba un cambio radical: ya era un SUV equilibrado. Pero Kia ha aprendido que el público se enamora con la mirada, y que las miradas necesitan estímulos nuevos que en este caso se centran en los nuevos faros y una parrilla, más marcada. No hay estridencias: solo coherencia.

Este Kia Sportage no es lo que parece

Kia lleva años construyendo su propio lenguaje visual, llamado “Opposites United”, que podría traducirse como la armonía entre los opuestos. O lo que es lo mismo, que el Kia Sportage aspira a ser tanto urbano como aventurero. No intenta parecer un todoterreno —esa era una tentación de los 2000—, sino un coche que sirva para todo.

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Abres la puerta y lo primero que piensas es que alguien se ha equivocado al ubicar este coche en el segmento C, o sea, el de los coches compactos. Lo primero que ves son dos pantallas curvas de 12,3 pulgadas, un volante de dos radios que parece sacado de un concept car y un salpicadero minimalista en el mejor sentido de la palabra. La interfaz, el Head-Up Display y la conectividad —con Apple CarPlay y Android Auto inalámbricos— son el tipo de detalles que uno espera encontrar en marcas premium. Y, como consecuencia de esas clinic que sondean a los usuarios para ver qué se puede mejorar, el Kia Sportage ha abandonado los acabados negro piano, muy efectistas visualmente pero imposibles de limpiar a la hora de eliminar las huellas dactilares.

Reconciliación con el diésel

El Kia Sportage tiene versiones de combustión con motor de gasolina (de 150 y 180 CV) más otra full hybrid de 239 CV. La gama se completa con una versión microhíbrida diésel de 136 CV acoplada a motor eléctrico de 48 V que interviene en determinados momentos y deja el consumo en un rango de entre 5,1 y 5,4 litros a los 100. Esta opción, más que interesante, se ve favorecida por la introducción en el mercado de los e-fuel, un combustible que se obtiene de la biomasa en lugar del petróleo y que aleja las reticencias de los consumidores al diésel. Aún no está muy extendido y es algo más caro, pero es un camino a tener muy en cuenta en materia medioambiental.

El Kia Sportage está disponible a partir de 28.760 euros.