El efecto Batman se observa en un experimento en el metro de Milán que muestra al entrar un hombre vestido de superhéroe la gente empezó a ser más cívica
No todos los días sale Batman en la prestigiosa revista científica Nature, pero es por un buen motivo. Ayudar a otros, lo que la psicología llama conducta prosocial, sostiene la vida en común. Sin embargo, en espacios abarrotados manda el “efecto espectador”, esa tendencia a esperar que otro intervenga. Desde hace años se discute si ciertos símbolos pueden “activar” la ayuda de forma automática, como proponían los estudios de priming social. Muchos de esos efectos no se replicaron bien y quedaron bajo sospecha. Un nuevo trabajo aporta una explicación distinta y más pegada a la calle. Cambiar la rutina, aunque sea con algo tan absurdo como un Batman en hora punta, puede bastar para que miremos alrededor y detectemos a quien necesita un asiento.
El estudio se realizó en el metro de Milán con un diseño sencillo y ecológico. En el vagón de control subía una investigadora con una barriga protésica de embarazo y un observador que registraba lo ocurrido. En el vagón experimental se repetía la escena, salvo por un detalle. Un colaborador vestido de Batman entraba por otra puerta y se colocaba a unos tres metros, sin interactuar con nadie. No pedía que cedieran el asiento y no miraba a la “embarazada”. Por motivos éticos, prescindía de la máscara completa, pero llevaba capa, logo y orejas puntiagudas. Cada observación duraba una parada, entre dos y cuatro minutos, con todas las plazas sentadas ocupadas y como máximo cinco personas de pie entre los asientos. Así se aseguraba que la escena fuera visible para cualquiera.
Los números fueron claros. En 138 trayectos observados, con Batman alguien cedió el asiento en el 67,21% de los casos. Sin Batman, en el 37,66%. El modelo de regresión arrojó una «odds ratio», o razón de probabilidades, de 3,393. Esto quiere decir que la presencia del superhéroe triplicó la probabilidad de que alguien se levantara. La mayoría de quienes ayudaron fueron mujeres, cerca de dos tercios en ambos escenarios, con una edad media estimada en torno a los 41 o 42 años.
El efecto Batman en el metro
Lo más desconcertante llegó al preguntar por qué habían cedido el sitio. Nadie en el vagón con Batman dijo que lo hiciera “por Batman”. Y un 44% aseguró no haber visto siquiera al hombre disfrazado. “Vi que estaba embarazada”, “es educación”, “por seguridad”. Esas fueron las razones más citadas. La interpretación de los autores no recurre a un “poder mágico” del símbolo heroico. Proponen algo más prosaico. Un suceso inesperado quiebra el guion mental del viajero, ese piloto automático de mirar el móvil y desaparecer. Al romperse la rutina, aumenta la atención al presente y, con ella, la probabilidad de detectar una necesidad evidente. Esa mayor atención podría, además, propagarse socialmente. Cambia la postura de algunos, se mueven miradas, se contagia la alerta y termina por actuar incluso quien no identificó el origen del cambio.
El trabajo no pretende cerrar el debate. Reconoce límites importantes. Solo midió un comportamiento, ceder el asiento, en una red concreta de metro y con una figura cargada de connotaciones positivas. Un personaje neutro o un disfraz inquietante quizá producirían efectos distintos. La edad y el sexo se estimaron a ojo, lo que añade ruido a esos datos. Y no sabemos si el efecto se extiende a abrir puertas, dar indicaciones o donar dinero. También es posible que haya una contribución de priming, aunque la literatura reciente aconseja cautela con esa explicación.
Aun así, la implicación práctica es atractiva. No hace falta entrenar la personalidad de toda una ciudad para promover la amabilidad. Diseñar “microinterrupciones” no amenazantes, desde arte público cambiante hasta intervenciones teatrales puntuales, podría bastar para despertar la atención compartida. Cuando levantamos la vista, también levantamos a otra persona del asiento.
REFERENCIA