Un estudio Francés que siguió a más de 500 niños hasta los 8 años ha encontrado que la exposición a pantallas daña más el cerebro al año de edad y alrededor de los 6 años

La recomendación lleva una década siendo la misma en cada consulta pediátrica: limita el tiempo de pantallas. La investigación que la respalda es sólida en lo que afirma: exposición intensa a pantallas se asocia con desarrollo más lento del lenguaje, menor capacidad de atención y rendimiento cognitivo más bajo. Lo que esa investigación no había respondido con precisión es cuándo importa más.

Un nuevo estudio longitudinal con 502 niños seguidos durante ocho años ofrece la respuesta más específica hasta ahora, y los resultados son más sorprendentes de lo que la mayoría de los expertos anticipaba.

El estudio de 502 niños y diez años de seguimiento

El equipo de Inserm y la Universidad Nacional de Singapur utilizó datos de la cohorte GUSTO (Growing Up in Singapore Towards healthy Outcomes), un seguimiento longitudinal representativo de nacimientos en Singapur. Los 502 niños fueron evaluados en seis momentos distintos entre los 12 meses y los 8 años respecto a su exposición a pantallas, y luego se midió su rendimiento académico a los 9 años y su memoria de trabajo a los 10 años y medio, usando baterías de pruebas estandarizadas. El objetivo era identificar qué ventanas de exposición se asociaban con diferencias medibles en esos resultados posteriores.

Un cuidador que hace contacto visual está proporcionando el tipo de input que el cerebro en ese momento puede procesar, una pantalla no puede hacer eso

Lo que el diseño longitudinal aporta sobre los estudios transversales habituales es la capacidad de distinguir patrones temporales: no solo si las pantallas importan, sino en qué momento de la infancia su efecto es mayor.

La mayor vulnerabilidad a los 12 meses de edad

A los 12 meses, el cerebro está en uno de los períodos de crecimiento sináptico más rápidos de toda la vida humana. Las conexiones neuronales se forman a una velocidad extraordinaria, y el motor de esa formación no es la estimulación pasiva sino la interacción recíproca activa con otras personas. Un cuidador que hace contacto visual, responde a un balbuceo, señala un objeto o imita una expresión facial está proporcionando exactamente el tipo de input que el cerebro en ese momento está construido para procesar. Una pantalla no puede hacer eso: se mueve, emite sonidos, cambia, pero no responde.

El estudio encontró que la exposición a pantallas a los 12 meses produjo los tamaños de efecto negativos más grandes de todos los momentos medidos sobre la memoria de trabajo futura y el rendimiento académico. Los niños con mayor tiempo de pantallas en la infancia temprana obtuvieron puntuaciones consistentemente más bajas en las evaluaciones académicas estandarizadas a los 9 años y en las pruebas de memoria de trabajo a los 10 años y medio. «Los tamaños de efecto que vimos a la edad de 1 año fueron los mayores entre todos los momentos examinados», escribieron los autores.

Los 2 y 3 años: el resultado inesperado

Si la historia fuera simplemente que cuanto antes, peor, los resultados a los 2 y 3 años no tendrían sentido. Pero los datos mostraron algo que los propios investigadores describieron como sorprendente: la exposición a pantallas a esas edades no produjo asociaciones estadísticamente significativas con el rendimiento académico ni con la memoria de trabajo medidos años después.

Esto no significa que las pantallas sean inocuas a los 2 o 3 años, y los autores lo subrayan con claridad. El estudio midió resultados específicos (rendimiento académico y memoria de trabajo) y esos resultados concretos no mostraron vínculos significativos con el visionado a esas edades. Otros aspectos del desarrollo, como el lenguaje o las habilidades sociales, pueden seguir siendo vulnerables en esa franja. Pero el hecho de que el efecto desaparezca para esos resultados a los 2-3 años y regrese después apunta a una relación más matizada que una simple curva dosis-respuesta lineal.

A los 6 años reaparece el daño con la entrada al colegio

Lo que el equipo no esperaba era que las asociaciones reaparecieran con tanta claridad en torno a la edad de entrada a la escolarización formal. Los niños con mayor tiempo de pantallas alrededor de los 6 años mostraron también peor rendimiento académico a los 9 y menor memoria de trabajo a los 10 años y medio, replicando casi el patrón observado al año de vida, aunque con tamaños de efecto algo menores.

La hipótesis explicativa que proponen los investigadores es que la escolarización formal impone demandas sobre la memoria de trabajo y la regulación de la atención cualitativamente distintas a las de la primera infancia. Un cerebro condicionado por el consumo intenso de pantallas, donde la estimulación es rápida, pasiva y constantemente variada, puede tener dificultades para adaptarse a las exigencias más lentas y esforzadas de un aula estructurada. «No se trata solo de los primeros años; el uso de pantallas más adelante en la infancia sigue importando», señalaron los autores.

La memoria de trabajo es la clave del efecto

La memoria de trabajo no es simplemente una de las muchas habilidades cognitivas. Es el espacio de trabajo donde ocurre casi todo lo académico. Cuando un niño lee una frase, la memoria de trabajo mantiene el comienzo mientras procesa el final. Cuando resuelve un problema matemático, rastrea los pasos intermedios. Cuando sigue instrucciones de varias partes, la memoria de trabajo evita que pierda el hilo.

Que esta capacidad específica fuera mensurablemente más débil a los 10 años y medio en niños con mayor exposición a pantallas durante las ventanas críticas es un dato con peso clínico directo: la memoria de trabajo es uno de los predictores más sólidos del rendimiento académico en prácticamente todas las materias.

¿Se puede extrapolar lo que ocurre en Singapur?

La muestra de 502 niños es relativamente pequeña para un seguimiento de esta duración y complejidad. La cohorte GUSTO es singapurense, una población con características culturales, educativas y de acceso a tecnología específicas que limitan la generalización directa a otros contextos. La exposición a pantallas fue reportada por los padres, no medida de forma objetiva, lo que introduce un potencial sesgo de memoria o deseabilidad social. Y el estudio no puede separar qué tipo de contenido se consumía (programas educativos, vídeos de entretenimiento, videojuegos) ni en qué dispositivo.

Para los padres, el hallazgo más útil no es la cifra exacta de minutos permitidos sino el patrón temporal: el primer año de vida y la transición a la escolarización formal emergen como los dos momentos en que la exposición a pantallas muestra mayor asociación con resultados cognitivos medidos años después. En los años intermedios, para esos resultados específicos, el efecto fue significativamente menor. Eso no es permiso para ignorar las pantallas entre los 2 y los 5 años, sino una señal de dónde priorizar la atención cuando los recursos de supervisión son limitados.

Referencia

Screen viewing time from age 1 to 8 years and subsequent academic performance and working memory