Creer que el racismo nace de un trastorno mental es cómodo, pero la evidencia es en la a otra dirección, si eres racista, tienes más probabilidades de sufrir ansiedad y depresión

Durante años se ha repetido que la mala salud mental empuja a las personas hacia posiciones extremas y prejuiciosas. Esa explicación, útil tras los recientes episodios de violencia, ha calado en la conversación pública y en la conversación sobre las fuerzas de seguridad. Sin embargo, un equipo liderado por la psicóloga social Tegan Cruwys, de la Universidad Nacional de Australia, pone a prueba la idea y encuentra que el patrón es al contrario: las creencias racistas preceden al malestar, no al revés. Además, la conexión social aparece como escudo frente a ambas cosas.

Australia es un país de inmigrantes, pero persisten muchas actitudes racistas hacia la población aborigen. El trabajo analizó datos de tres estudios longitudinales, es decir, con seguimiento de las mismas personas en varios momentos. El primero se realizó en 2020, en los inicios de la pandemia de COVID-19, con 2 361 adultos. Midió racismo con una escala de preferencia de distancia social y un “termómetro de calidez” hacia distintos grupos étnicos. La angustia psicológica se evaluó con un instrumento clínico habitual para síntomas de ansiedad y depresión. También se midió conexión social con preguntas sobre soledad y sensación de estar excluido.

Si eres racista, tienes más riesgo de problemas mentales

El segundo estudio, con 3.860 participantes, se llevó a cabo en 2023, en los meses previos al referéndum australiano de la “Voz Indígena”. Aquí se consideró indicio de prejuicio la creencia de que los pueblos aborígenes y de las Islas del Estrecho de Torres reciben “trato especial”. La conexión social se midió como confianza en instituciones como el gobierno, la policía o la ciencia. La angustia se midió con una escala breve de cinco ítems, usada como cribado poblacional.

El tercer estudio, con 2.424 australianos no indígenas también durante el período del referéndum, empleó una escala específica de actitudes hacia los indígenas. El bienestar psicológico se recogió con cinco ítems procedentes de la Organización Mundial de la Salud, OMS, y la conexión social se definió como la fuerza de identificación con familia, barrio o país.

Vistas de manera transversal, es decir, en una foto fija, las relaciones entre racismo y angustia resultaron débiles e irregulares. Esa fotografía no apoyaba la idea popular de que un trastorno mental conduzca automáticamente a tener actitudes racistas.

Pero el seguimiento temporal contó otra historia. En los tres conjuntos de datos, cuando aumentaban las actitudes racistas en una persona, meses después aumentaba también su malestar psicológico. En el primer estudio, quienes endurecieron sus prejuicios mostraron más ansiedad y depresión con el tiempo. En el tercero, la angustia solo creció de forma marcada entre quienes sostenían niveles más altos de racismo.

El segundo estudio añadió un matiz importante. La angustia psicológica, en promedio, iba a la baja en la población durante ese periodo. No obstante, la mejora fue desigual. Quienes expresaban menos racismo mostraron la caída más pronunciada del malestar, mientras que los más racistas apenas mejoraron. En resumen, el racismo parece arrastrar la salud mental hacia abajo incluso cuando el resto mejora.

El equipo también probó la ruta inversa, si la angustia predecía más adelante un repunte del racismo. La evidencia fue mixta. Dos estudios indicaron alguna asociación, pero no apareció de forma consistente. En el tercero, la angustia inicial no predijo cambios posteriores en actitudes racistas. Esto sugiere que, como mínimo, la flecha principal apunta desde el prejuicio hacia el malestar.

La conexión social desempeñó un papel central. Cuando los investigadores la tuvieron en cuenta, la relación directa entre racismo y angustia se debilitó o incluso desapareció. Sentirse desconectado, excluido o sin pertenencia, parece actuar como causa común que alimenta tanto los prejuicios como los problemas de salud mental. Mejorar la pertenencia y los lazos comunitarios podría servir como intervención doble.

El trabajo se realizó en Australia, con dinámicas sociales propias, por lo que se necesitan réplicas en otros países y con otros tipos de prejuicio, como el sexismo o la homofobia. Aun así, el tamaño muestral, el diseño con tres oleadas en aproximadamente seis meses y la consistencia del patrón refuerzan la conclusión principal.

Más allá de las estadísticas, hay una explicación psicológica plausible. El racismo suele presentar a los “otros” como amenaza para la seguridad, la cultura o los recursos. Vivir en alerta constante, hipervigilante y a la defensiva, desgasta. Ese estado crónico de amenaza erosiona el bienestar con el paso de los meses. La receta que proponen los datos, por paradójica que suene, es simple: menos aislamiento y más pertenencia. Construir vínculos protege tanto la mente como la convivencia.

REFERENCIA

What goes around comes around? Holding racist attitudes predicts increased psychological distress over time (PubMed)

 

 

 

 

Foto: Chad Davis