La teoría del «rebote adiposo» que llevaba 42 años explicando el aumento del IMC de los niños a partir de los seis años, pero el aumento no se debe a más grasa sino a más masa muscular y ósea.
Durante 42 años, la teoría del «rebote adiposo» ha sido uno de los marcos más influyentes en la medicina pediátrica y en la investigación sobre obesidad infantil. La teoría, propuesta en 1984 por la investigadora francesa Marie-Françoise Rolland-Cachera, observó que el índice de masa corporal (IMC) de los niños sigue una curva característica: sube en los primeros años de vida, cae entre los cuatro y los seis años y luego sube de nuevo de forma sostenida. Ese segundo ascenso del IMC fue denominado «rebote adiposo» y la hipótesis dominante era que representaba un incremento de la adiposidad, es decir, de la proporción de grasa corporal.
Los niños que hacen el rebote más pronto o con mayor intensidad tendrían, según esa teoría, mayor riesgo de obesidad en la adolescencia y la adultez. Una nueva investigación del profesor Andrew Agbaje de la Universidad de Finlandia Oriental, presentada en el Congreso Europeo sobre Obesidad en Estambul y publicada en The Journal of Nutrition, refuta esa hipótesis con datos longitudinales de composición corporal real: el rebote del IMC no refleja acumulación de grasa sino crecimiento muscular.
El problema fundamental del IMC como medida de adiposidad
El problema central de la teoría del rebote adiposo original es que estaba basada en el IMC, una medida que no distingue entre músculo y grasa. El IMC es el cociente entre el peso en kilogramos y el cuadrado de la altura en metros, y es exactamente igual de alto para una persona con mucho músculo y poca grasa que para una con poca masa muscular y mucha grasa, siempre que tengan el mismo peso y la misma altura. En adultos, el IMC es un estimador de adiposidad razonablemente útil a nivel poblacional, aunque imperfecto. En niños, donde la composición corporal cambia de forma muy dinámica durante el crecimiento, es especialmente engañoso.
El equipo de Agbaje usó datos longitudinales de la cohorte ALSPAC (Avon Longitudinal Study of Parents and Children), que ha seguido a miles de niños del suroeste de Inglaterra desde su nacimiento con mediciones periódicas de composición corporal real mediante absorciometría de rayos X de doble energía (DEXA), una técnica que distingue con precisión la masa grasa, la masa muscular y la densidad ósea. Comparando la evolución de la masa grasa y la masa muscular entre los cuatro y los quince años con la evolución del IMC, encontraron que el aumento del IMC a partir de los seis años se asociaba principalmente con aumentos en la masa muscular y ósea, no en la masa grasa. En otras palabras: el «rebote adiposo» no es un rebote adiposo. Es un rebote muscular.
Las consecuencias clínicas y de política sanitaria
Las implicaciones de este hallazgo son potencialmente importantes para la práctica pediátrica y para las políticas de salud pública. Si el aumento del IMC a partir de los seis años refleja principalmente crecimiento muscular sano, entonces usar ese aumento como indicador de riesgo de obesidad futura puede estar clasificando incorrectamente como «en riesgo» a niños que en realidad están ganando masa muscular de forma normal y saludable. Eso puede llevar a intervenciones dietéticas innecesarias o a mensajes que generen ansiedad en niños y padres sobre un proceso de crecimiento que en realidad es fisiológicamente apropiado y deseable.
Las implicaciones para la política de actividad física son igualmente significativas. Si el crecimiento muscular es el principal motor del aumento del IMC en la infancia media, entonces promover el deporte y la actividad física (que desarrolla masa muscular) en niños de seis a doce años producirá aumentos del IMC que en el sistema actual de vigilancia epidemiológica aparecerán como «empeoramiento» del estado ponderal. Eso es un artefacto del uso del IMC como medidor de adiposidad, no una realidad biológica. En España, donde los programas de prevención de la obesidad infantil usan el IMC como indicador principal de seguimiento, este tipo de evidencia debería llevar a una revisión de los protocolos de vigilancia en favor de medidas más directas de composición corporal, aunque eso implique mayor coste y complejidad logística.
REFERENCIA