Los científicos estimaron que los incendios provocados por el ataque de este marzo en Teherán, en irán, liberaron toneladas de dióxido de azufre a la atmósfera en apenas dos días

La noche del 7 de marzo de 2026 la ciudad de Teherán, en Irán, se vio sacudida por una serie de explosiones masivas en sus instalaciones de almacenamiento y refinación de petróleo. Una serie de incendios que provocaron un desastre industrial en tierra que se convertiría rápidamente en una amenaza invisible que surcó los cielos. Ante una catástrofe de esta magnitud, la prioridad de las autoridades es saber qué está respirando la población, sin embargo, en muchas regiones del mundo las estaciones de medición ambiental en el suelo son escasas o han quedado destruidas por el propio desastre, como ocurre en Medio Oriente, una región con una de las mayores concentraciones de infraestructura petroquímica del mundo.

Un equipo internacional de científicos, liderado por el profesor Peng Zhang de la Administración Meteorológica de China, acaba de publicar en la revista Advances in Atmospheric Sciences cómo lograron resolver este «vacío de datos» utilizando una red de detectives orbitales: los satélites meteorológicos. El desastre afectó gravemente a los depósitos de Fardis, Shahran y Aghdasieh, así como a la refinería de petróleo de Teherán. El caso de Shahran fue especialmente dramático: el petróleo en llamas inundó el sistema de alcantarillado, convirtiendo las zonas verdes urbanas en focos de humo tóxico. Los residentes locales no tardaron en sentir los efectos, reportando dificultades respiratorias, irritación en la piel y los ojos, e incluso un persistente sabor amargo en la boca.

Sin embargo, uno de los fenómenos más inquietantes fue la aparición de la «lluvia negra», una mezcla corrosiva de gotas de petróleo, hollín y contaminantes que se formó cuando los productos de la combustión se mezclaron con las precipitaciones. Entre estos contaminantes, el dióxido de azufre (SO2) se convirtió en la mayor preocupación de los científicos debido a su capacidad para causar lluvia ácida, así como por su naturaleza irritante.

Satélites para medir el impacto ambiental del desastre de Irán

Para cuantificar el daño ambiental, los investigadores recurrieron a una alianza espacial combinando los datos obtenidos por el instrumento chino OMS-Nadir de satélites chinos como FengYun-3 (FY-3E y FY-3F) y los del sensor TROPOMI de satélites como el europeo Sentinel-5P, instrumentos que cuentan con sensores de ultratransmisión capaces de «ver» y pesar los gases invisibles desde la órbita terrestre.

Esta colaboración internacional permitió cuantificar el daño con gran precisión. Antes del incendio, las concentraciones regionales de SO2, dióxido de azufre, eran de aproximadamente 0.8 Unidades Dobson (DU), una medida de la cantidad de gas en la atmósfera, pero después de las explosiones se dispararon hasta una media de 2.0 DU, alcanzando picos de 10.8 DU en las zonas más críticas, unos niveles extremadamente altos.

El análisis satelital permitió estimar que se liberaron aproximadamente 29,800 toneladas de dióxido de azufre a la atmósfera, fue el equivalente a provocar la erupción de un volcán artificial en mitad de la ciudad.

Además, la nube contaminante no se quedó estática, fue impulsada por los vientos del noreste haciendo que la columna de humo se desplazara más de 2,000 kilómetros, alcanzando incluso el este de Asia en apenas dos días. En total, el área afectada por este breve la mancha tóxica llegó a cubrir una superficie de unos 300,000 kilómetros cuadrados, un área similar a la de todo el territorio de Italia.

Ojos en el cielo para controlar la contaminación

Más allá de las cifras, esta investigación demuestra que la tecnología satelital puede actuar como un sistema de emergencia global. Ahora, un accidente en Oriente Medio puede ser documentado con igual precisión desde Pekín o desde Darmstadt.

El profesor Peng Zhang, autor principal del estudio, destaca que el objetivo final es construir un sistema de monitoreo integrado que utilice satélites en diferentes órbitas para garantizar que, sin importar cuándo ocurra un evento de contaminación repentina, siempre haya un ojo en el cielo registrando los datos.

El objetivo final de los investigadores es integrar estas flotas de satélites en una red de vigilancia de 24 horas, con órbitas de mañana, tarde y noche. De esta forma, si una fábrica o refinería explota en cualquier rincón del planeta, los satélites podrán emitir alertas de salud pública en tiempo real que sirvan para salvar vidas mucho antes de que el aire amargo y la lluvia negra toquen el suelo.

El caso de Teherán, con toda su gravedad, demostró que la tecnología ya existe. Lo que queda es la voluntad de usarla de forma sistemática, antes del próximo incendio, y no después.

REFERENCIA

Analysis of SO2 Emissions and Dispersion from the Fire at the Oil Storage and Refining Plant in Tehran, Iran, in March 2026