La pérdida de gravedad al viajar al espacio afecta profundamente el funcionamiento de nuestro cerebro
Hay cosas tan constantes en nuestra vida que se vuelven invisibles, el sonido del frigorífico, el color del cielo al amanecer, el peso del propio cuerpo. La gravedad es la más invisible de todas, está ahí desde que nacemos, tirando de nosotros sin descanso, tan discreta que ni siquiera la sentimos, hasta que desaparece. Eso es lo que les ocurre a los astronautas en el espacio, y lo que experimenta su mente está resultando ser mucho más profundo de lo que nadie imaginaba.
Durante años, los astronautas han descrito sensaciones difíciles de explicar: sentirse “desanclados”, “expandidos”, “conectados con todo” o, directamente, como si su identidad se hubiera disuelto por un instante. Casos emblemáticos, como el de Edgar Mitchell en el Apolo 14, sugieren que ver la Tierra desde el espacio provoca un cambio de perspectiva profundo, casi espiritual, haciendo que los conflictos mundiales parezcan insignificantes.
Comparación de la organización de la red cerebral y la fuerza del superprior de 1G en gravedad terrestre, microgravedad y estados alterados farmacológicamente. Fuente: Frontiers in Psychology
Un nuevo estudio, publicado en Frontiers in Psychology por las investigadoras Annahita Nezami y Elisa Raffaella Ferrè, revela que este fenómeno no es solo poesía, es una recalibración neurocognitiva fundamental. Al flotar en la microgravedad, los astronautas pierden el ancla más antigua y profunda de la conciencia humana: la gravedad de la Tierra.
La gravedad como referencia
Desde siempre, la humanidad ha evolucionado bajo el tirón constante de la fuerza de gravedad terrestre (1G). Según los investigadores nuestro cerebro utiliza la gravedad como un “super-prior”, un anclaje invisible que estabiliza nuestra percepción y nos indica constantemente qué es arriba, qué es abajo y dónde termina nuestro propio cuerpo.
Los sensores de nuestro oído interno, el sistema vestibular, envían señales continuas a la cabeza para darnos estabilidad formando una estructura invisible sobre la que se construye toda nuestra percepción de la realidad.
En la Tierra, este sistema nos sirve para predecir movimientos y mantener el equilibrio, sin embargo, en el espacio, este anclaje desaparece. El cerebro se encuentra de repente en un territorio desconocido, lo que desencadena una serie de errores de predicción masivos. Sin la atracción gravitatoria el cerebro se ve privado de las señales vestibulares habituales, y la mente se ve obligada a reescribir sus suposiciones básicas desde cero.
Esto provoca efectos físicos como desorientación y mareo, pero las investigadoras van mucho más allá al explorar las consecuencias emocionales y existenciales de estar «desanclados». Muchos astronautas han descrito una extraña disolución de las fronteras entre el «yo» y el mundo exterior. Sienten que su ubicación corporal se vuelve inestable y experimentan una profunda transformación en su forma de percibir la vida. Este fenómeno psicológico es la raíz del famoso Efecto Perspectiva (Overview Effect), una sensación sobrecogedora de asombro, unidad y conexión global que sienten al contemplar la fragilidad de la Tierra desde la órbita.
Viajar al espacio: un psicodélico natural
La ciencia está empezando a documentar cambios físicos reales. Los escaneos cerebrales de astronautas muestran que los fluidos se redistribuyen hacia la cabeza, los ventrículos se agrandan y la materia gris se remodela en algunas regiones. También se han documentado cambios funcionales, la Red de Modo Predeterminado (Default Mode Netwrork), asociada con la autoconciencia y el ego, se debilita temporalmente, y los ritmos alfa del cerebro caen, un signo que revela un mayor estado alerta y la reducción de la inhibición. Los astronautas describen sentirse “expandidos” o “desconectados”, con una pérdida de las fronteras normales entre ellos y el mundo.
El estudio compara la firma neuronal de la microgravedad con lo que los científicos ven bajo los efectos de psicodélicos como el LSD o la psilocibina. Al igual que estas sustancias “aplanan” la jerarquía cerebral para que diferentes áreas se conecten más libremente, la falta de gravedad parece relajar las restricciones habituales de la mente. El espacio actúa como un psicodélico natural para el cerebro, potenciando la neuroplasticidad y abriendo vías a experiencias conscientes que suelen estar fuera de nuestro alcance en la Tierra.
Este descubrimiento abre las puertas a una línea de investigación revolucionaria. Las autoras sugieren que el espacio exterior podría funcionar como un laboratorio para estudiar cómo se reorganiza la conciencia humana cuando se libera de sus ataduras más rígidas.
En el futuro, entender estos estados mentales podría inspirar terapias terrestres de simulación de gravedad alterada para ayudar a personas con rigidez cognitiva, como quienes sufren de depresión o trastorno de estrés postraumático.
Lo que está claro es que viajar al espacio no solo cambia dónde estás, sino cómo piensas. Al liberarnos de la fuerza que nos ata al suelo, podemos comprender los misterios ocultos de nuestra propia mente y su estructura misma desde otro punto de vista.
REFERENCIA
Space Oddity: microgravity as a neurocognitive catalyst for transformative consciousness experiences