Las personas altamente sensibles (PAS) no son más sensibles que el resto

personas altamente sensibles

Un estudio de la Universidad de Berna comparó los umbrales de oído, vista, olfato, temperatura y equilibrio de 150 participantes, con un resultado que desmiente a la explicación más difundida de este rasgo

Entras con una de estas personas en un restaurante lleno y en diez minutos están agotadas: el murmullo de las conversaciones, el chirrido de las sillas, el olor de la cocina, la luz que parpadea. A ti, nada de eso parece afectarte. Tu acompañante quizá se hayas identificado alguna vez con la etiqueta de persona altamente sensible y con la explicación más habitual, es decir, que sus sentidos son más finos que los del resto. Un laboratorio suizo acaba de poner esa idea a prueba.

Índice
  1. Treinta años y millones de seguidores
  2. Los mismos umbrales que todo el mundo
  3. ¿Dónde está entonces la diferencia? Por supuesto, en la cabeza
  4. Lo que falta por conocer
  5. REFERENCIA

Treinta años y millones de seguidores

El concepto de persona altamente sensible lo introdujo en los años noventa la psicóloga estadounidense Elaine Aron, que lo bautizó como sensibilidad al procesamiento sensorial (SPS, por sus siglas en inglés). Describe una tendencia hereditaria a procesar la información de forma profunda, a captar detalles sutiles del entorno, a reaccionar con intensidad emocional y a saturarse con facilidad. Aron calculó que afecta a entre el 15% y el 20% de la población, y la idea ha tenido un éxito enorme: decenas de libros, consultas especializadas y comunidades enteras en Internet. En la base de esa identidad yace una premisa muy concreta, la de que la persona altamente sensible percibe literalmente más información que las demás.

Este rasgo se caracteriza por la experiencia subjetiva del estímulo más que por una mayor agudeza sensorial

Para comprobarlo, el equipo dirigido por Danièle Gubler, de la Universidad de Berna, reclutó a 150 mujeres de unos 23 años de media. Todas rellenaron dos cuestionarios validados de alta sensibilidad, además de medidas de neuroticismo y extraversión, y pasaron después por una batería de pruebas en cinco dominios: audición, visión, temperatura, olfato y equilibrio. En cada uno se midieron dos umbrales. El de detección marca la intensidad mínima a la que alguien percibe un estímulo de forma fiable: hasta qué volumen se oye un tono antes de desaparecer, cuánto debe atenuarse una luz para dejar de verse. El de dolor o molestia señala el punto en que ese estímulo pasa de neutro a incómodo. Ambos son medidas objetivas, ajenas a lo que la persona crea sobre sí misma. Al terminar, las participantes puntuaron también cómo de sensibles se consideraban en cada sentido, lo que permitió comparar tres capas: el rendimiento real, la puntuación del cuestionario y la percepción propia.

Los mismos umbrales que todo el mundo

El patrón, publicado en el Journal of Research in Personality, resultó consistente en los cinco dominios. Las participantes con puntuaciones altas en alta sensibilidad detectaron sonidos al mismo volumen mínimo que las demás, luces a la misma intensidad mínima, cambios de temperatura igual de leves y olores igual de tenues. Sus umbrales de equilibrio tampoco se distinguieron. La coincidencia se mantuvo en los umbrales de dolor. Si el rasgo implicara una agudeza sensorial superior, la señal más nítida tendría que haber aparecido justo ahí, en la detección, donde no apareció.

El trabajo deja además otro hallazgo: la agudeza de un sentido apenas predice la de los demás, así que no existe ningún factor único de "sensibilidad general" que los unifique.

¿Dónde está entonces la diferencia? Por supuesto, en la cabeza

Las respuestas subjetivas explican todo. Las participantes con puntuaciones altas se describieron a sí mismas como más sensibles en todos los dominios y declararon umbrales de dolor más bajos. La experiencia de sentirse desbordado por los estímulos existe, y el estudio no la discute en ningún momento. Lo que cambia es el eslabón de la cadena donde ocurre: los mismos datos entran por los oídos y por los ojos, mientras la diferencia aparece después, en cómo se interpretan y se evalúan. Los autores lo resumen señalando que este rasgo se caracteriza por la experiencia subjetiva del estímulo más que por una mayor agudeza sensorial.

El resultado más delicado llegó al descontar dos rasgos de personalidad, el neuroticismo y la extraversión: muchas de las asociaciones entre la puntuación de alta sensibilidad y la sensibilidad autopercibida se debilitaron de forma notable. Conviene aclarar que el neuroticismo es una de las cinco grandes dimensiones de la personalidad y describe la tendencia a experimentar emociones negativas con más intensidad, sin que eso suponga un trastorno ni un defecto de carácter. Lo que sugiere el estudio es que parte de lo que miden los cuestionarios de alta sensibilidad podría estar captando ese rasgo, con un sistema nervioso que asigna más peso emocional al estímulo recibido.

Lo que falta por conocer

Toca leer la letra pequeña, que aquí es abundante. La muestra estaba formada por 150 mujeres jóvenes (los autores excluyeron a los hombres para evitar el ruido asociado al sexo en este tipo de mediciones), así que los resultados no se pueden extender sin más al resto de la población. Cada participante fue evaluada una sola vez, lo que impide saber si esos umbrales varían con el estrés, el cansancio o la enfermedad. La limitación más importante tiene que ver con el escenario: un laboratorio silencioso que presenta un tono aislado se parece muy poco a un restaurante abarrotado donde compiten a la vez el ruido, las conversaciones, las luces y los olores. Las dificultades que describen estas personas se dan precisamente en esos entornos complejos, y el diseño empleado no puede descartar que ahí exista alguna ventaja para detectar patrones sutiles.

Para quien se identifica con la etiqueta, la distinción puede sonar a matiz académico, ya que sentirse arrasado por un estímulo que los demás sortean sin esfuerzo resulta igual de real sepamos o no en qué eslabón se produce. Para la investigación y la práctica clínica, en cambio, saber dónde vive esa sensibilidad cambia bastante las cosas: las herramientas útiles para alguien con un oído extraordinariamente fino serían distintas de las que ayudan a quien interpreta de forma subjetiva lo que oye como si tuviera más intensidad.

REFERENCIA

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