Un escáner láser revela una civilización perdida bajo la selva del Amazonas

Un sondeo con LiDAR en el suroeste de la Amazonía saca a la luz 432 grandes construcciones de tierra, casi todas desconocidas, y apunta a una civilización, la aquiry, que pudo tener millones de habitantes
Solemos imaginar la selva amazónica como el último gran territorio virgen del planeta, un mar de árboles jamás tocado por la mano humana. Esa postal cada vez se sostiene menos. Hace unos 2.000 años, buena parte del suroeste de la Amazonía estaba habitada por una compleja civilización que esculpió el paisaje con enormes figuras geométricas de tierra. Un nuevo rastreo con láser aéreo revela que aquella sociedad fue mucho mayor de lo que se creía, y de paso entierra el mito de la selva intacta. No es la primera vez que aparecen restos de antiguas civilizaciones, pero esta vez parece que es de verdad.

La selva no siempre estuvo vacía
Entre el año 600 antes de nuestra era y el 850 de nuestra era, una civilización a la que los investigadores llaman aquiry transformó esta región. Su rastro más visible son los movimientos de tierra: recintos geométricos delimitados por fosos que llegaban a medir varios metros de profundidad, con altos terraplenes y unidos entre sí por caminos rectos, donde probablemente se celebraban ceremonias y encuentros. Como en la zona no hay piedra, no quedan ruinas de piedra, y esos grandes dibujos en el suelo, los llamados geoglifos amazónicos, son casi el único testimonio que dejaron. No sabemos qué lenguas hablaban ni cómo se llamaban a sí mismos, y el nombre aquiry procede de la palabra indígena para el río Acre.
Ver a través de los árboles
El problema para estudiar todo esto es evidente: la selva ha vuelto a tragarse casi todo. La solución llegó con el LiDAR, una tecnología que dispara pulsos de láser desde una avioneta. Una parte de esos haces se cuela por los huecos del follaje, rebota en el suelo y permite reconstruir el terreno oculto bajo la vegetación sin tocar un solo árbol. El equipo, dirigido por el arqueólogo Martti Pärssinen (Universidad de Helsinki), sobrevoló en diez líneas de barrido unos 4.497 kilómetros cuadrados de selva en los estados brasileños de Acre y Amazonas. El resultado, publicado en la revista Nature, fue apabullante: 432 grandes estructuras de tierra, de las cuales solo 36 se conocían de antes. Casi 400 estaban completamente ocultas.
Una civilización de millones de habitantes
Lo verdaderamente mareante llega al extrapolar esos números. Toda esa abundancia apareció en una franja que representa menos del 3% de la Gran Amazonía, así que, proyectando los resultados junto a estudios previos, los autores calculan que solo esta región pudo albergar entre 24.000 y 30.000 movimientos de tierra, tantos como se estimaban antes para toda la cuenca amazónica entera. La civilización aquiry habría cubierto en su apogeo hasta 183.000 kilómetros cuadrados y sostenido una población de entre 1,25 y tres millones de personas hacia el año 200. Más que un reino o un imperio único, se trataba de una red de comunidades diversas que compartían una misma visión del mundo. Un detalle sorprendió especialmente a los investigadores: gran parte de estos asentamientos se levantaron lejos de los grandes ríos, justo donde no se esperaban poblaciones tan numerosas.

Un bosque cultivado
El paisaje de aquella época se parecía poco a la espesura actual. Alrededor de los recintos geométricos habría grandes casas comunales de madera, campos de maíz, mandioca, calabaza y algodón, y bosques cercanos repletos de árboles frutales y de frutos secos cuidados durante generaciones. La gente vivía, cultivaba y se reunía allí para celebrar fiestas, música, bailes y hasta competiciones atléticas, según describe Pärssinen. Ese manejo del territorio dejó una huella ecológica que perdura: los aquiry favorecieron la expansión de ciertos árboles útiles frente a otras especies, de modo que la propia composición de la selva que hoy admiramos es, en parte, obra suya. La idea de una Amazonía prístina e intocada, concluyen los autores, debería quedar definitivamente aparcada.
Queda la gran incógnita: por qué esta civilización se desvaneció con relativa rapidez hacia el año 850, más o menos cuando al otro lado del continente colapsaba también el mundo maya clásico. La historia, además, tiene un eco muy hispano. Durante siglos se tomó por pura fantasía el relato de la expedición de Francisco de Orellana, el primer europeo que descendió el Amazonas en 1542, cuyo cronista describió riberas densamente pobladas y aldeas populosas que los historiadores despacharon como exageración. Hallazgos como este le van dando la razón, y dibujan una selva mucho más humanizada de lo que creíamos. El propio río que da nombre a los aquiry, el Acre, nace en Perú y Bolivia antes de adentrarse en Brasil, un recordatorio de que aquel mundo perdido se extendía por buena parte de la Sudamérica que hoy habla español.
REFERENCIA
- Over 20,000 precolonial earthworks in the Southwest Amazonia (Pärssinen et al., Nature, 2026. DOI: 10.1038/s41586-026-10835-7)
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