No, los neandertales no se extinguieron por casarse entre primos

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Un análisis de ADN de restos en Bélgica y Francia descarta la endogamia como motivo principal de la extinción de los neandertales.

La consanguineidad es una mala idea para la supervivencia de una especie. Cuando los individuos se reproducen con parientes cercanos, primos o incluso hermanos, la falta de diversidad genética hace que en unas pocas generaciones empiecen a aparecer enfermedades congénitas en la descendencia. Algo que se conoce muy bien gracias a siglos de bodas entre primos en las familias reales europeas. Pero, ¿fue esta también la causa de la desaparición de los neandertales?

Hace unos 45.000 años, en las cuevas de lo que hoy es el valle del Mosa, entre Bélgica y Francia, vivía un grupo de neandertales que gozaba de buena salud genética. No se emparejaban entre parientes cercanos, no arrastraban el lastre de la consanguinidad y formaban parte de una red de comunidades que intercambiaban genes a lo largo de amplias zonas de Europa occidental. Dos milenios después, esa población había desaparecido para siempre. La paradoja acaba de quedar retratada con un detalle sin precedentes gracias al mayor conjunto de genomas neandertales analizado hasta la fecha.

Índice
  1. Veintisiete genomas para una imagen inédita
  2. Comunidades conectadas más que grupos aislados
  3. Sin rastro de mestizaje reciente con nuestra especie
  4. Qué nos dicen los restos sobre su desaparición
  5. Referencia

Veintisiete genomas para una imagen inédita

Hasta ahora, los científicos disponían de apenas cuatro genomas neandertales de alta calidad, y tres de ellos procedían del extremo oriental de su territorio, en las montañas de Siberia. Con tan pocos datos era muy difícil responder a preguntas básicas sobre cómo se organizaban estos humanos en una región concreta. El equipo liderado por el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, junto a la Universidad de Leiden y la UCLA, ha cambiado el panorama al recuperar material genético de 27 individuos que vivieron hace menos de 52.500 años en diez yacimientos arqueológicos de Bélgica y Francia.

Entre esos restos destaca un genoma de altísima cobertura obtenido de un individuo de Goyet, en Bélgica, conocido como GN1, que vivió hace unos 45.000 años. Recuperar ADN antiguo de neandertales sigue siendo una tarea extraordinariamente delicada (la contaminación con material moderno y la degradación del tejido lo complican todo), por lo que contar con una muestra tan limpia permite repetir los análisis muchas veces y asegurar la fiabilidad de los resultados.

Comunidades conectadas más que grupos aislados

El primer hallazgo sorprendente es que la mayoría de estos individuos estaban más emparentados entre sí que con otros neandertales tardíos de Europa, pero sin señales de endogamia. Es decir, los grupos locales eran lo bastante grandes y estaban lo bastante conectados como para que sus miembros pudieran tener descendencia con parejas que no eran parientes próximos. Algunos individuos incluso portaban ADN de un linaje neandertal anterior a la separación de los neandertales tardíos, lo que apunta a una historia poblacional rica y con múltiples aportaciones.

Esto contrasta de lleno con lo que se había visto en poblaciones más antiguas, como las de las cuevas de Denisova o Chagyrskaya, donde los emparejamientos entre familiares cercanos habían reducido la diversidad genética hasta niveles que hoy vemos en algunas especies en peligro de extinción. Esa pérdida de variabilidad (lo que los genetistas llaman depresión por consanguinidad) favorece la transmisión de genes perjudiciales, dificulta la adaptación a los cambios ambientales y puede empujar a una población hacia su desaparición. La comunidad de Bélgica y Francia no mostraba ninguno de esos síntomas.

Sin rastro de mestizaje reciente con nuestra especie

Los investigadores también buscaron huellas de contacto reciente con Homo sapiens. Se sabe que neandertales y humanos modernos coincidieron en el noroeste de Europa a partir de hace unos 47.000 años, de modo que compartieron el mismo paisaje. Sin embargo, ninguno de los genomas estudiados mostraba señales de cruces recientes con nuestra especie. Los pocos fragmentos que recordaban al genoma humano moderno eran demasiado cortos para indicar un mestizaje próximo en el tiempo, lo que sugiere que la mayor parte del intercambio genético entre ambas especies ocurrió fuera de esta región.

El retrato que emerge es el de unos neandertales que se mantuvieron socialmente conectados y genéticamente sanos casi hasta el final. Ni el aislamiento progresivo ni el declive genético sirven ya como explicación central de su extinción, al menos para estas poblaciones occidentales.

Qué nos dicen los restos sobre su desaparición

Si estos grupos estaban bien y aun así se apagaron en un par de milenios, la ciencia debe mirar hacia otros factores. Los cambios climáticos bruscos del periodo, la competencia por los recursos con las poblaciones de humanos modernos que llegaban o una combinación de presiones ambientales y demográficas vuelven a ganar peso frente a la vieja idea del colapso por consanguinidad. El trabajo demuestra, además, que incluso genomas de baja cobertura pueden aumentar de forma notable la resolución con la que reconstruimos la diversidad neandertal, lo que abre la puerta a estudiar muchas más poblaciones en el futuro.

Lejos de cerrar el debate, esta investigación lo reformula con datos mucho más precisos. La próxima vez que alguien resuma la extinción de los neandertales atribuyéndolo al mal de los Austrias y los Borbones, conviene recordar que sus últimos representantes conocidos en Europa occidental no eran una reliquia agonizante, sino comunidades vivas y diversas cuyo final sigue siendo uno de los grandes enigmas de nuestra prehistoria.

Referencia

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