Ötzi no estaba tan muerto: su cuerpo aún alberga microbios

Ötzi

Investigadores del instituto Eurac han separado los microorganismos que vivían en Ötzi antes de morir de los que colonizaron su cuerpo después, y han hallado levaduras adaptadas al frío que podrían seguir vivas en estado latente.

Ötzi, la momia hallada en 1991 en un glaciar de los Alpes tiroleses, lleva más de tres décadas siendo estudiada de arriba abajo: se ha secuenciado su genoma, se ha reconstruido su aspecto y hasta se conocen los detalles de su muerte violenta. Lo que no se sabía hasta ahora es que su cuerpo sigue siendo, literalmente, un ecosistema activo. Un equipo del Instituto de Estudios sobre Momias de Eurac Research ha demostrado que el Iceman continúa albergando una mezcla singular de microorganismos antiguos y modernos, más de cinco milenios después de su muerte.

Índice
  1. Separar lo antiguo de lo moderno
  2. Levaduras que llegaron con el hielo y siguen ahí
  3. Un efecto secundario de la propia conservación

Separar lo antiguo de lo moderno

El estudio, publicado en la revista Microbiome y liderado por el microbiólogo Mohamed S. Sarhan, combinó múltiples técnicas de muestreo para distinguir qué microorganismos formaban parte del cuerpo de Ötzi en vida de los que llegaron después de su muerte, ya fuera durante su permanencia en el glaciar o a lo largo de más de treinta años de conservación en laboratorio. Los investigadores tomaron muestras de hielo de la superficie de la momia, de agua de deshielo del interior del cuerpo y de decenas de hisopos, además de recuperar datos previos de tejido intestinal y contenido estomacal.

Para rastrear el origen ambiental de algunos microorganismos, el equipo recurrió incluso a una muestra de suelo tomada en el lugar del hallazgo en 1991, que había permanecido congelada desde entonces. El análisis genético permitió identificar restos de la microbiota intestinal original de Ötzi, documentada por primera vez en un estudio de 2019, y que se parece a la de otras poblaciones humanas tempranas: muchas de esas bacterias apenas se encuentran hoy en personas de sociedades industrializadas.

Levaduras que llegaron con el hielo y siguen ahí

El hallazgo más inesperado fueron varias especies de levadura adaptadas al frío, presentes en muestras de piel, agua de deshielo y contenido estomacal. Las pruebas genéticas mostraron que estas levaduras están emparentadas con cepas halladas en lugares extremadamente fríos, incluida la Antártida, lo que respalda la hipótesis de que llegaron desde el glaciar y han permanecido asociadas al cuerpo durante miles de años. "Estas levaduras han acompañado a Ötzi en su largo viaje a través de los milenios", explica Frank Maixner, director del instituto y coautor del estudio.

Los científicos detectaron tanto ADN muy degradado (de origen antiguo) como ADN bien conservado (de origen reciente), una combinación que sugiere que estos microorganismos no son simples restos biológicos del pasado, sino que continúan existiendo, posiblemente en estado latente, bajo las condiciones actuales de conservación: una temperatura constante de seis grados bajo cero y una humedad relativa muy alta. Según Maixner, el resultado demuestra que la momia "no es una reliquia estática, sino un sistema biológico dinámico".

Un efecto secundario de la propia conservación

El estudio reveló además un detalle curioso sobre la propia historia de la conservación de Ötzi: tres de las cuatro especies de levadura identificadas tienen la capacidad genética de descomponer el fenol, una sustancia empleada tras el hallazgo de la momia para eliminar el crecimiento de hongos en su superficie. Es posible que esas levaduras hayan aprovechado el fenol como fuente de alimento, en un ejemplo involuntario de cómo los propios tratamientos de conservación pueden alterar el ecosistema microbiano que intentan controlar.

Elisabeth Vallazza, directora del Museo Arqueológico del Alto Adigio, que custodia la momia, señala que las condiciones de conservación actuales son muy estables gracias a un control microbiológico estrecho, aunque advierte de que "sigue siendo necesaria más investigación para preservarla durante muchas generaciones más". Los autores creen que estos microorganismos adaptados al frío podrían tener aplicaciones prácticas más allá de la arqueología, por ejemplo en procesos industriales de fermentación a bajas temperaturas que requieran menos energía.

 

Referencia

The Iceman's microbiome: unveiling millennia of microbial diversity and continuity (Mohamed S. Sarhan et al., Microbiome, 2026)

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