¿Y si dormir demasiado fuera una señal de alzhéimer?

dormir demasiado

Un estudio con 2.410 adultos halla que quienes acostumbran a dormir demasiado, más de ocho horas y media, tienen niveles más altos en sangre de una proteína ligada al alzhéimer. Los propios autores creen que ese sueño largo es más una señal de cambios cerebrales tempranos que su causa.

El consejo lleva años repitiéndose: duerme lo suficiente para proteger tu cerebro. La idea tiene base, porque durante el sueño el cerebro limpia los residuos que, acumulados, favorecen el alzhéimer. Un estudio reciente añade, sin embargo, un giro inesperado en el otro extremo de la balanza, el de dormir demasiado. Conviene aclarar cuanto antes que se trata de una asociación, y que los investigadores apuntan a que el sueño largo es probablemente una consecuencia de cambios cerebrales incipientes, no su causa.

Índice
  1. La curva que rompe el mensaje simple
  2. Qué es el p-tau181 (y qué no)
  3. Probablemente una consecuencia, no una causa
  4. Qué hacer con esta información (y qué no)
  5. REFERENCIA

La curva que rompe el mensaje simple

Un equipo de UT Health San Antonio analizó los datos de 2.410 adultos mayores, con una edad media de unos 70 años, del Framingham Heart Study, uno de los seguimientos de salud más largos y sólidos de Estados Unidos. En lugar de tratar el sueño como una variable de efecto lineal, aplicaron un modelo estadístico diseñado para detectar curvas y umbrales que las medias planas ocultan. Buscaban la forma de la relación entre las horas de sueño y el p-tau181, una proteína que se ha convertido en uno de los marcadores en sangre más fiables de la biología del alzhéimer. El resultado, publicado en la revista Alzheimer's & Dementia, no encajaba con el relato habitual. Los niveles del marcador eran más bajos en quienes dormían entre siete y ocho horas, empezaban a subir a partir de las ocho horas y media y se disparaban por encima de las diez. Dormir poco, seis horas o menos, no se asociaba con niveles elevados.

Qué es el p-tau181 (y qué no)

Merece la pena entender qué mide esa proteína. La tau es una molécula que en condiciones normales estabiliza el esqueleto interno de las neuronas. En el alzhéimer se altera químicamente, se desprende y se agrega en ovillos que se extienden por el cerebro a medida que avanza el deterioro. Poder medir en un simple análisis de sangre la forma llamada p-tau181 supone disponer de una señal temprana de que esos procesos podrían estar en marcha, a veces años antes de que aparezca ningún síntoma. Un biomarcador, sin embargo, es solo una señal, no un diagnóstico, y tener el p-tau181 algo elevado no significa padecer ni que se vaya a padecer la enfermedad. En este trabajo, además, la relación con el sueño largo se mantuvo tras tener en cuenta la función renal, mientras que la de otros marcadores cerebrales se desvanecía, lo que apunta a algo propio de la biología del alzhéimer.

Probablemente una consecuencia, no una causa

El punto más importante para no malinterpretar el estudio es la dirección de la flecha, que los datos no pueden establecer. Los autores son explícitos al señalar que dormir muchas horas casi con seguridad no provoca alzhéimer. La lectura más plausible va en sentido contrario: la neurodegeneración temprana, silenciosa y previa a cualquier síntoma, podría alterar el sueño y aumentar el tiempo total que se pasa durmiendo, de modo que el sueño largo sería un efecto de esos cambios, no su desencadenante. Encaja con lo ya sabido, ya que en la fase preclínica de la enfermedad es frecuente que la gente duerma más y peor. La conclusión, por tanto, no es que haya que dormir menos para proteger el cerebro, y el propio estudio tampoco afirma que el sueño corto sea inofensivo.

Qué hacer con esta información (y qué no)

El umbral de las ocho horas y media es un patrón estadístico en una población, no una frontera diagnóstica, y las diferencias entre personas son enormes. Nadie que duerma nueve horas debe deducir que está desarrollando alzhéimer, porque ese sueño puede reflejar sin más una recuperación tras una enfermedad o un esfuerzo, o simplemente la propia constitución de cada uno. El consejo que dan los investigadores es mucho más sereno. Como resume la autora principal, Vanessa Young, si alguien se descubre durmiendo de forma habitual nueve o diez horas, sobre todo si supone un cambio inexplicable respecto a su patrón de siempre y ya es mayor, puede merecer la pena comentarlo con el médico como punto de partida para hablar de la calidad del sueño y la salud cerebral. Conviene recordar, por último, los límites del trabajo, ya que es observacional, ofrece una única fotografía en el tiempo y se basa en el sueño autodeclarado, incapaz de distinguir entre las horas en la cama y el sueño realmente reparador.

Nada de esto derriba la vieja recomendación de cuidar el sueño, que sigue en pie, porque el cerebro necesita descansar para hacer su limpieza nocturna. Lo que hace este estudio es afinarla, al mostrar que la relación entre sueño y salud cerebral tiene forma de curva y no de línea recta, y que en la vejez una deriva marcada hacia dormir cada vez más quizá sea una señal digna de atención, en lugar de una costumbre a la que echar la culpa. Observarla con calma, y no con angustia, es la actitud que el propio estudio invita a adoptar.

REFERENCIA

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