La procrastinación no es pereza, así influyen tus traumas de infancia

La procrastinación no es pereza

Un estudio con resonancia magnética en más de mil jóvenes asocia haber sufrido adversidad en la infancia con una mayor tendencia a posponer tareas en la edad adulta. El puente serían una ansiedad de base más alta y un menor autocontrol. La procrastinación no es pereza, sino una conducta relacionada con la gestión de las emociones y el autocontrol. Es una correlación, no una condena.

Casi todos posponemos tareas de vez en cuando, y solemos culpar de ello a la pereza o a una mala gestión del tiempo. Un trabajo reciente apunta, sin embargo, a que las raíces de la procrastinación crónica pueden hundirse mucho más hondo, hasta la infancia y hasta la forma en que se conectan ciertas redes del cerebro. Conviene decir de entrada que se trata de una asociación estadística, y que ni el pasado marca un destino ni todo el que aplaza arrastra una herida.

Índice
  1. Aplazar no es pereza
  2. Mil cerebros bajo el escáner
  3. La huella en las redes cerebrales
  4. Una correlación, no una sentencia
  5. REFERENCIA

Aplazar no es pereza

La psicología dejó hace tiempo de ver la procrastinación crónica como simple vagancia. La entiende más bien como un problema de autocontrol y de gestión de las emociones, resumido en la llamada teoría de la reparación emocional a corto plazo. Según esta idea, cuando una tarea nos resulta estresante o desagradable, aplazarla nos alivia de inmediato ese malestar, aunque a la larga saboteemos nuestros propios objetivos. Ese alivio momentáneo es la trampa. Con ese marco en mente, un equipo de la Universidad del Suroeste, en China, quiso averiguar si los cambios cerebrales asociados a la adversidad temprana podían explicar la manía de dejarlo todo para después.

Mil cerebros bajo el escáner

Para comprobarlo reclutaron a estudiantes universitarios sanos, sin antecedentes psiquiátricos, en un grupo principal de 760 personas y otro de validación de 429. Todos respondieron a cuestionarios estandarizados sobre su historia de maltrato o abandono en la infancia, su tendencia a procrastinar, su nivel general de ansiedad y su autocontrol, y después pasaron por una resonancia magnética funcional que midió la actividad del cerebro en reposo. El análisis, publicado en la revista NeuroImage, encontró que quienes puntuaban más alto en trauma infantil tendían a procrastinar más. Lo más interesante fue el mecanismo, ya que esa relación no era directa: la adversidad se asociaba a una mayor ansiedad de base y a un menor autocontrol, y eran esos dos estados los que, a su vez, alimentaban las ganas de posponer.

La huella en las redes cerebrales

La parte de neuroimagen añadió una capa más. A partir de las conexiones entre 268 regiones del cerebro, los investigadores identificaron un patrón de conectividad capaz de predecir la puntuación de trauma de cada persona, y lo confirmaron después en el grupo de validación. Ese patrón afectaba sobre todo a dos grandes sistemas: mostraba conexiones más débiles en las zonas de control cognitivo de arriba abajo, como la corteza prefrontal, encargada de mantener el rumbo hacia las metas a largo plazo, y conexiones más fuertes entre las áreas que detectan lo emocionalmente relevante y las que procesan las señales de amenaza. Encaja con el llamado modelo de triple red de la procrastinación, según el cual aplazar surge de un desequilibrio entre las redes que gestionan el autocontrol, las emociones y la planificación del futuro. Dicho de forma sencilla, un sistema de alarma demasiado sensible dispara la ansiedad, mientras que un freno prefrontal más flojo dificulta resistirse a la tentación de dejarlo para mañana.

Una correlación, no una sentencia

Toca ahora poner las cosas en su sitio, porque el estudio tiene límites importantes. Su diseño es transversal, es decir, una única fotografía en el tiempo, de modo que no puede demostrar que el trauma cause los cambios cerebrales ni la procrastinación, y ni siquiera aclara en qué dirección van las flechas. Los efectos observados, además, fueron modestos, algo habitual en este tipo de investigación, y la historia de trauma se midió con cuestionarios, sujetos a fallos de memoria. La muestra, formada solo por estudiantes chinos sanos, tampoco permite generalizar sin más. El hallazgo dibuja, por tanto, una posible vía entre muchas, no un veredicto. La mayoría de las veces que posponemos algo no tiene nada que ver con ninguna herida, y la adversidad temprana no equivale a un futuro escrito.

Con esas cautelas, queda una lectura valiosa y bastante compasiva. Entender la procrastinación como algo enredado con la ansiedad y la regulación de las emociones, en lugar de como un defecto de carácter, invita a abordarla con más comprensión y con herramientas concretas para manejar el malestar, sin caer tampoco en convertir cada rato de pereza en un síntoma. El cerebro, conviene recordarlo, sigue siendo moldeable a lo largo de toda la vida, y la conducta la esculpen muchísimos más factores que lo que ocurrió al principio. Dejar de culparse es, casi siempre, un primer paso mejor que fustigarse.

REFERENCIA

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