Por qué quitar el móvil a los niños no basta, y hay que mirar a la familia

niño con móvil

Un estudio en Escocia descarta el daño emocional de las pantallas en la infancia, la causa principal está en la familia

Cuando los pequeños participantes de la cohorte Growing Up in Scotland (GUS) tenían cinco años, sus padres apuntaban cuántas horas pasaban frente a una pantalla. Era 2010, y los smartphones empezaban apenas a instalarse en los hogares. Diez años más tarde, esos mismos jóvenes tenían 15 y ellos mismos respondían el cuestionario.

El resultado de ese seguimiento, publicado en agosto de 2026 en JAMA Network Open por investigadores de la Universidad de Edimburgo y el Imperial College de Londres, contradice buena parte del pánico moral que rodea a las pantallas: en la mayoría de edades y tipos de uso, no se encontró ninguna relación consistente con problemas emocionales, conductuales o sociales.

Índice
  1. Seguimiento desde los diez meses de edad
  2. La asociación con el tiempo de pantalla no existe
  3. La excepción de los videojuegos en exceso
  4. Por qué el debate no está cerrado
  5. REFERENCIA

Seguimiento desde los diez meses de edad

La cohorte GUS, financiada por el Gobierno escocés, reclutó a los participantes cuando tenían diez meses, en 2005 y 2006. Los investigadores recogieron datos en tres momentos clave del desarrollo: a los cinco años (2010), a los 10 (2015) y a los 15 (2019-2020). En 2017 se incorporaron también 502 adolescentes adicionales para mejorar la representación de zonas desfavorecidas, que solo participaron en la fase de los 15 años.

La muestra analizada fue de 3.786 niños a los cinco años, 3.126 a los 10 y 2.598 a los 15. El tiempo de pantalla fuera del horario escolar lo informaban los padres en las dos primeras evaluaciones y los propios jóvenes en la última. A los 15, no fue posible calcular un total de pantalla, porque televisión, videojuegos y redes sociales se midieron por separado. Para evaluar el desarrollo emocional y conductual, los padres rellenaron en todos los casos el Cuestionario de Capacidades y Dificultades (SDQ), una herramienta validada internacionalmente. Una puntuación de dificultades igual o superior a 14 se consideró clínicamente relevante.

La asociación con el tiempo de pantalla no existe

El hallazgo central del estudio es su moderación. A los cinco y a los 10 años, los análisis ajustados por factores familiares, socioeconómicos y de funcionamiento parental no revelaron ninguna asociación significativa entre el tiempo de pantalla y las puntuaciones de dificultades. El tiempo de pantalla mediano pasó de dos horas diarias a los cinco años a tres horas a los 10, y los resultados de desarrollo no variaron en función de esas cifras.

Los propios autores reconocen que "la relación entre el uso de pantallas y el desarrollo psicosocial no es sencilla". El profesor Pete Etchells, catedrático de Psicología y Comunicación Científica, considera que el trabajo "refuerza un hallazgo habitual en la literatura científica". El profesor Adam Guastella, titular de la cátedra Michael Crouch de Salud Mental Infantil y Juvenil en la Universidad de Sídney, va más lejos: las afirmaciones de que la tecnología causa impactos serios en la salud mental de los niños son, a su juicio, "prematuras".

A los cinco años se detectó una señal: los niños con entre tres y cuatro horas diarias de pantalla presentaban un 32% más de probabilidad de obtener una puntuación prosocial por debajo de la media. Los análisis de sensibilidad, en cambio, no reprodujeron esta asociación de forma consistente, lo que limita las conclusiones que pueden extraerse de ella.

La excepción de los videojuegos en exceso

A los 15 años el panorama se matiza. El único uso de pantallas que se asoció con mayor probabilidad de superar el umbral clínico de dificultades fue el uso intensivo de videojuegos: quienes jugaban cinco o más horas al día multiplicaban por 2,6 la probabilidad de presentar una puntuación elevada. El resto de usos, incluidas las redes sociales y las aplicaciones de mensajería, no mostró asociaciones negativas robustas tras corregir los análisis por comparaciones múltiples.

Un resultado llamó la atención de los investigadores: usar redes sociales o mensajería entre una y dos horas al día a los 15 años se asoció con una probabilidad un 43% menor de tener dificultades elevadas. Los propios autores advierten de que esto no debe interpretarse como un efecto protector, ya que podría deberse a que los adolescentes con mejor funcionamiento social tienden a usar más estas plataformas (y no al revés).

Por qué el debate no está cerrado

El estudio tiene limitaciones que sus propios autores reconocen con claridad. Los datos más recientes corresponden a 2019-2020, antes de la pandemia de COVID-19 y de la expansión masiva de TikTok, plataformas de streaming y nuevas formas de uso digital. El profesor Andrew Whitehouse, del Kids Research Institute de Australia, lo resume con precisión: "El artículo describe una infancia que ya no existe".

La cohorte también es predominantemente blanca y subrepresenta los hogares con mayor desventaja socioeconómica, a pesar del ajuste estadístico aplicado. El estudio no analizó el contenido ni el contexto del uso de pantallas (si el niño juega solo o acompañado, si el contenido es educativo, si hay supervisión parental), factores que investigaciones posteriores consideran fundamentales para entender el impacto real.

Lo que el trabajo sí aporta es un argumento empírico sólido contra las políticas de restricción de pantallas basadas únicamente en el tiempo total. Las guías que fijan límites de horas sin atender a qué se hace con ellas ni en qué contexto, concluyen los autores, "puede que no reflejen con precisión la compleja relación entre el tiempo de pantalla y el desarrollo psicosocial".

REFERENCIA

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