La agonía del Golfo de México años después del desastre petrolero de Deepwater Horizon
Un seguimiento realizado durante trece años en el golfo de México detectó una caída persistente de peces, crustáceos y cefalópodos tras el desastre de 2010. En España, las investigaciones sobre el Prestige también muestran que las consecuencias de una marea negra pueden durar mucho más que las manchas visibles.
En abril de 2010 cuando la plataforma Deepwater Horizon estalló, murieron 11 trabajadores y se liberaron cinco millones de barriles de crudo en las profundidades del Golfo de México. Para intentar reducir las consecuencias los equipos de emergencia tomaron una decisión sin precedentes. Enviaron vehículos submarinos hasta los puntos de fuga a unos 1.500 metros de profundidad para inyectar dispersantes químicos y tratar de disolver la inmensa columna de hidrocarburos en pequeñas gotas.
La estrategia buscaba diluir la marea negra antes de que formara grandes balsas de crudo en la superficie como ocurrió en las costas gallegas durante la catástrofe del Prestige. La maniobra salvó a innumerables aves marinas, tortugas y peces de aguas superficiales, pero desencadenó una catástrofe invisible en uno de los mayores ecosistemas del planeta: la zona pelágica profunda.
Seguimiento buscando la recuperación
La zona pelágica o piélago es toda la masa de agua en mar abierto que no está en contacto con el fondo marino. Se divide según la profundidad en varias capas con características únicas de luz, temperatura y presión, abarcando la mayor parte de la biosfera del planeta.
El seguimiento comenzó en febrero de 201, un equipo coordinado por Tracey Sutton un oceanografo biologico de la Universidad Nova Southeastern comenzó a rastrear el ecosistema profundo apenas diez meses después del accidente. A bordo de buques de investigación equipados con sonares y redes de arrastre peinaron 46 localizaciones diferentes bajando hasta más de un kilómetro de profundidad. En aquel primer censo de 2011 catalogaron cerca de 1200 especies de peces y crustáceos.
Cuatro años más tarde regresaron con la esperanza de documentar la recuperación del entorno. Lo que encontraron fue un ecosistema al borde del colapso. Los investigadores, descubrieron que, durante ese periodo, las poblaciones de peces de aguas profundas cayeron un 63,5%. Los macrocrustáceos, como el krill, sufrieron un descenso del 62,0%, mientras que los cefalópodos disminuyeron un 59,7%. Descartaron factores ambientales naturales como alteraciones en la temperatura, el oxígeno o la disponibilidad de alimento, apuntando al vertido de petróleo y a los dispersantes como la causa más razonable de esta devastación. Los investigadores carecen de registros previos a la explosión, pero sospechan que la devastación real es todavía más elevada de lo que reflejan sus datos.
Un problema que viaja con la comida
Años después del desastre la oceanógrafa química Isabel Romero de la Universidad de Carolina del Sur detectó hidrocarburos aromáticos policíclicos en los huevos y los tejidos de los peces de aguas profundas. Este componente altamente tóxico y cancerígeno del petróleo se había infiltrado en las bases de la cadena alimentaria.
Uno de los grupos más afectados fue el de los peces linterna (Diaphus dumerilii / Ceratoscopelus warmingii), una pequeña criatura de grandes ojos y parches luminosos azules y verdes. Estos peces migran hacia la superficie por la noche para alimentarse de zooplancton y a su vez sirven de alimento para atunes y ballenas.
La desaparición de estos animales base en la red trófica ha provocado un efecto dominó aterrador. Especies de cetáceos que se alimentan en las profundidades han experimentado declives drásticos tras el vertido: la población de zifios de Gervais (Mesoplodon europaeus), una especie de cetáceo odontoceto de la familia Ziphidae cayó un 83,4%, la de zifios de Cuvier (Ziphius cavirostris) un 49% y la de cachalotes un 31%. Al desaparecer las densas agrupaciones de presas en el océano profundo, estos gigantes marinos simplemente no encuentran alimento suficiente para sobrevivir.
El estudio también cuestiona la idea de que la vida profunda está protegida por su distancia de la superficie, los resultados deben tenerse en cuenta al valorar el uso de dispersantes y los riesgos de otras actividades, como la minería submarina. Hasta 2023, las poblaciones estudiadas no habían mostrado la recuperación esperada.
La huella del Prestige
La fragilidad y la lenta recuperación de los ecosistemas marinos frente a catástrofes con hidrocarburos es una lección que en España aprendimos de la forma más amarga. En noviembre de 2002 el hundimiento del petrolero Prestige frente a las costas gallegas derramó unas 63.000 toneladas de espeso fueloil provocando la mayor catástrofe medioambiental de la historia del país.
La costa gallega sufrió un impacto toxico que asoló a decenas de miles de aves marinas como el arao común o el frailecillo atlántico y sobre todo a las comunidades bentónicas, ancladas a las rocas y al lecho marino, que sufrieron daños masivos al no poder huir del "chapapote", y todo a pesar de la inmensa movilización ciudadana que bajo el lema "Nunca máis" logró limpiar la superficie y las costas, aunque hoy en día las secuelas siguen perdurando.
Tanto la tragedia del golfo de México como la del Prestige rompen el mito extendido por las industrias mineras de que el océano profundo es inmune a las amenazas humanas, obligando a replantear la forma en que interactuamos con el océano ya que como podemos ver la vida marina es extraordinariamente frágil.
Referencias
Erik Stokstad. The 2010 Deepwater Horizon oil spill devastated deep-sea life—and it hasn’t recovered. Science, 19 de octubre de 2026. Actualizado el 20 de octubre de 2026.
Sutton, T. T., et al. (2026). "Immense but not immutable: A sudden and sustained decline in deep-pelagic life in a large oceanic ecosystem". Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), 123 (43), e2616554123.
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