Un nuevo estudio revela que nuestros propios movimientos oculares determinan la velocidad máxima a la que podemos percibir un objeto en movimiento.

Nuestros ojos se mueven miles de veces al día mediante «sacádicos», movimientos breves y rápidos que permiten cambiar la mirada de un punto a otro. Aunque cada sacádico mueve la imagen de forma abrupta sobre la retina, no somos conscientes de ello gracias a mecanismos cerebrales que ocultan esa transición.

¿A qué velocidad deja de ser visible un objeto que se mueve? Esta pregunta ha intrigado durante mucho tiempo a neurocientíficos y psicólogos de la percepción. Ahora, investigadores del Cluster of Excellence Science of Intelligence de la Universidad Técnica de Berlín, liderados por Martin Rolfs, han encontrado una sorprendente conexión: los objetos se vuelven invisibles para nosotros cuando se mueven a velocidades similares a las de nuestras propias sacádicos oculares. Publicado en la revista Nature Communications, el estudio muestra que esta limitación no es meramente fisiológica, sino que depende de cómo se mueve nuestro propio cuerpo, y en particular nuestros ojos.

Qué son los sacádicos

Los sacádicos, esos pequeños pero veloces saltos de los ojos, ocurren unas tres veces por segundo. A pesar de que durante estos saltos la imagen en la retina cambia de forma abrupta y veloz, el cerebro se encarga de «borrar» la sensación de movimiento para que no nos mareemos ni percibamos el mundo como un constante vaivén. Lo interesante es que esta misma velocidad con la que movemos los ojos determina cuán rápido puede moverse un objeto antes de que nuestra visión lo pierda de vista. En otras palabras, si algo se desplaza tan rápido como lo haría nuestra mirada en un sacádico, simplemente lo dejamos de ver.

Al igual que las ardillas listadas se mueven a gran velocidad, nuestros ojos van de un lugar a otro. Estos movimientos oculares crean un movimiento de alta velocidad que aumenta con la distancia que cubren. El nuevo estudio demuestra que la velocidad de los movimientos oculares predice el límite de velocidad de la percepción.

Al igual que las ardillas listadas se mueven a gran velocidad, nuestros ojos van de un lugar a otro. Estos movimientos oculares crean un movimiento de alta velocidad que aumenta con la distancia que cubren. El nuevo estudio demuestra que la velocidad de los movimientos oculares predice el límite de velocidad de la percepción.
Crédito: Adaptado por Martin Rolfs de https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Eastern_Chipmunk,_Ontario,_Canada.jpg, CC BY-SA 3.0

El estudio sugiere que esta conexión entre percepción y movimiento no es casual. En experimentos, los investigadores mostraron que cuando los participantes mantenían los ojos fijos, cualquier estímulo que imitara el patrón de velocidad y desplazamiento de un sacádico también se volvía invisible. Esto confirma que el sistema visual humano está afinado para tolerar y filtrar movimientos específicos: los que coinciden con nuestros propios movimientos oculares. Así, el cerebro prefiere ignorar ciertas velocidades porque asume que son producto del movimiento interno, no del entorno externo.

Martin Rolfs lo explica así: “Qué partes del mundo físico podemos percibir depende de cuán buenos sean nuestros sensores”. Y añade: “No vemos la luz infrarroja porque nuestros ojos no la captan, ni detectamos el parpadeo de pantallas porque es más rápido que lo que podemos procesar. Pero lo que mostramos en este estudio es que los límites de la visión no dependen solo de esos factores biofísicos, sino también del movimiento de nuestro cuerpo, en este caso los ojos, que influye directamente en qué estímulos entran al sistema sensorial”.

Ahora lo ves, ahora no lo ves

La implicación es que personas con movimientos oculares más rápidos pueden ver objetos que se mueven a mayores velocidades. Es decir, un bateador de béisbol de élite, un gamer profesional o un fotógrafo de fauna rápida podrían tener una ventaja simplemente porque sus ojos se mueven más rápido que los de los demás.

Además, esta investigación ayuda a explicar por qué no vemos un “barrido” borroso cuando movemos los ojos, aunque nuestra retina sí esté recibiendo esa información. Al parecer, el cerebro aplica un tipo de «filtro» consciente que impide que percibamos ese movimiento como externo, un mecanismo de adaptación sorprendentemente eficaz.

“Este es un rasgo inteligente del sistema visual”, dice Rolfs. “Sigue siendo sensible a movimientos rápidos, pero solo hasta la velocidad resultante de los propios sacádicos, y aunque esa información está disponible para el cerebro, no la vemos conscientemente.”

El hallazgo también resalta un problema en la investigación científica: la falta de comunicación entre quienes estudian el control motor y quienes estudian la percepción. “Van a congresos distintos, publican en revistas diferentes, pero deberían estar hablando entre ellos”, lamenta Rolfs.

En conjunto, el estudio refuerza una idea que gana cada vez más peso en neurociencia: no percibimos pasivamente el mundo, sino que lo percibimos en función de cómo lo exploramos con nuestro cuerpo. Y en el caso de la vista, eso significa que los ojos no solo ven, sino que también definen los límites de lo que es posible ver.

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