La rabia de perder es mucho más intensa que la alegría de ganar, y eso importa para tu dinero

ganar y perder

Un experimento de la Universidad Penn State con ruletas y dinero real muestra que el miedo a perder y el arrepentimiento actúan a la vez en cada decisión, y que el segundo solo aparece cuando vemos lo que habríamos ganado.

Piensa en la última vez que vendiste algo justo antes de que subiera, o que rechazaste un plan y luego te enteraste de lo bien que lo pasaron los demás. Ese pellizco en el estómago tiene nombre y, según un nuevo trabajo, no viene de una sola emoción, sino de dos que tiran de nosotros al mismo tiempo cada vez que arriesgamos algo. Entenderlas ayuda a explicar por qué tomamos decisiones con el dinero que, sobre el papel, no tienen ningún sentido.

Índice
  1. Perder duele el doble (esto ya lo sabíamos)
  2. El experimento de las ruletas
  3. El giro: ver el camino que no elegiste
  4. Dos fuerzas actuando a la vez
  5. REFERENCIA

Perder duele el doble (esto ya lo sabíamos)

Que perder duele más de lo que agrada ganar no es ninguna novedad. Lo describieron hace casi medio siglo los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky con su teoría prospectiva: perder 50 euros nos amarga aproximadamente el doble de lo que nos alegra ganarlos. Es la famosa aversión a la pérdida, y está tan asumida que ya casi forma parte del sentido común. La verdadera aportación del nuevo estudio no es esa, sino haber pillado con las manos en la masa a una segunda emoción que se cuela en la misma decisión: el arrepentimiento.

El experimento de las ruletas

Para atraparla, el equipo dirigido por Lisa Posey, de la Escuela de Negocios Smeal de Penn State, montó un juego con dinero de verdad. Más de doscientos participantes se sentaban ante pares de ruletas divididas en secciones de colores, cada una con sus premios y sus probabilidades, y tenían que elegir cuál girar. Una de las ruletas siempre incluía la posibilidad de perder dinero; la otra empezaba siendo igual de arriesgada, pero se iba transformando a lo largo de las rondas hasta ofrecer solo ganancias. Observando en qué momento exacto la gente cambiaba de una a otra, los investigadores medían cuánto pesaba el miedo a perder. Y el resultado fue claro: los participantes se aferraban a la ruleta arriesgada mucho más de lo que aconsejaría la lógica pura, solo porque la alternativa todavía tenía un mínimo tufillo a pérdida posible.

El giro: ver el camino que no elegiste

La parte más ingeniosa del estudio en el Journal of Risk and Uncertainty vino al cambiar la información que recibía cada persona. En un grupo, tras elegir, no se le mostraba nada de lo que ocurría. En otro, veía cómo giraba su ruleta y qué le tocaba, pero nunca sabía qué habría pasado con la otra. Y en un tercero, giraban ambas ruletas: el participante veía a la vez lo que había ganado y lo que habría conseguido de elegir la opción rechazada. Ahí estaba la clave. Cuando no había forma de comparar, el comportamiento se explicaba solo con la aversión a la pérdida. Pero en cuanto la gente podía ver el camino que no había tomado, aparecía el arrepentimiento como una fuerza medible, separada del miedo a perder. Dicho de otro modo, el arrepentimiento necesita alimento: si nunca te enteras de lo que te perdiste, no puede hacerte daño.

Dos fuerzas actuando a la vez

Durante décadas, los economistas trataron la aversión a la pérdida y la aversión al arrepentimiento como teorías rivales: elegías una para tu modelo y descartabas la otra. Este trabajo sugiere que ese enfoque estaba equivocado, porque las dos operan en la misma decisión y en el mismo instante, aunque el miedo a perder siga pesando algo más que el arrepentimiento. La distinción importa fuera del laboratorio. Como resume la propia Universidad Penn State, estas dos fuerzas asoman en decisiones tan cotidianas como comprar un seguro, aguantar una acción que no para de caer o incluso buscar pareja en una aplicación de citas: valoramos más el lado malo que el bueno y, además, intentamos no tener que arrepentirnos. Es también parte de por qué las pruebas gratuitas funcionan tan bien; una vez que tienes algo, la idea de perderlo pesa más que la de no haberlo tenido nunca.

Conviene, como siempre, no estirar las conclusiones más de la cuenta. Es un experimento de laboratorio, con cantidades modestas y una muestra de universitarios bastante jóvenes. Los autores también observaron algunas diferencias por sexo (las mujeres tendían a mostrar más aversión al arrepentimiento y a la pérdida), pero el propio equipo advierte de que el sexo no era el objeto del estudio y de que conviene tomarse ese dato como una pista para futuras investigaciones, no como una verdad sobre cómo gestionan el dinero hombres y mujeres.

Aun con esas cautelas, el mensaje resulta útil. No somos las máquinas frías de calcular probabilidades que imaginaban los viejos modelos económicos: cargamos con la memoria de lo que perdimos y repasamos una y otra vez las decisiones que no tomamos. La próxima vez que te sorprendas aguantando una mala inversión demasiado tiempo, o evitando una elección solo para no descubrir nunca qué te perdiste, quizá reconozcas a las dos fuerzas tirando de los hilos. Y reconocerlas, dicen los investigadores, es el primer paso para decidir con un poco menos de miedo y un poco más de claridad.

REFERENCIA

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